Sandra Villerrael

Tribuna Invitada

Por Sandra Villerrael
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Transformar el mundo desde la paz

Las noticias que llegan desde distintas partes tienen a más de uno con la mente extenuada, al borde de la desesperanza. Pero hay esperanza.

Veamos. Washington y Pyongyang amenazan con hundir más al mundo en el caos y la destrucción; en Virginia, un grupo de supremacistas con igual afán de control que los líderes de Estados Unidos y Corea del Norte reabrieron angustiosas heridas en la memoria colectiva; en la Isla, un político ataca a su vencedora, mujer, con una retórica que recicla la violencia machista.

La historia muestra que grandes progresos atraen nuevos retrocesos. Cómo se enfrentan esos reveses constituye la diferencia entre subir en la espiral o quedar atrapados en un círculo vicioso.

El valioso sacrificio del activismo en las calles ha logrado importantes avances. Ha costado también innumerables vidas. La más reciente, la de Heather Heyer en Charlottesville.

Con la indignación ante la intolerancia y la intransigencia, laten las preguntas: ¿Es luchar en las calles la única salida? ¿Pelear hasta que se imponga el que sobreviva? ¿Qué vía de acción tiene mejor potencial de crear armonía duradera?

En este ecosistema que es el mundo, una acción afecta la evolución. Aportarle salud o causarle enfermedad a este gran organismo Tierra, depende de la conciencia de pertenencia.

Los protagonistas de las noticias recientes adolecen de esa conciencia de que afectan al mismo organismo vivo del que son interdependientes. Cada uno limita su sentido de identidad social a su pequeño mundo inmediato como si fuese aislado. Como si el corazón pudiera funcionar por su cuenta. Su interrelación con el resto del sistema determina la vida o la muerte del cuerpo.

La virulencia que tiene al mundo en vilo se cultiva en ese sentido de separación, en el desencuentro. Se nutre de la prepotencia, que justifica la inequidad, que excluye y oprime. Se aviva con furia, violencia, prejuicio y resentimiento.

Las respuestas a esta escalada agresiva surgirán en lo opuesto. A la pregunta de cuál vía de acción tiene el mejor potencial subversivo, Jesús, Mandela y Ghandi mostraron un camino que, por difícil, es menos frecuentado. Desde el silencio, trascendieron iras, juicios y miedos. Desde ese estado crearon nuevas realidades.

Las dinámicas de odio que reseñan los medios no son ajenas a nuestros campos de acción. No se convencerá a los que lideran hoy, pero se puede evitar que inspiren a nuestros jóvenes. Se les resta poder cuando se practica la solidaridad; cuando se inculca desde la niñez. En el silencio y en la conciencia de que cada acción individual trasciende los pequeños mundos, habitan respuestas transformadoras con potencial de impedir más desgracias. Desde allí, la ira transmuta en proyectos creativos que conciencian y sensibilizan. En modelos de integración y colaboración. En ellos hay esperanza.

Ante el odio y la violencia, Jesús, Mandela y Ghandi optaron por la ruta más empinada. Abrieron puentes y modelaron encuentros. Practicaron, enseñaron y revolucionaron desde la paz.

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