Manuel Martínez Maldonado

Tribuna Invitada

Por Manuel Martínez Maldonado
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Transformarnos en usadores de la naturaleza

Richard Engel, jefe de los corresponsales que cubren el extranjero para NBC, relató hace poco en televisión cómo, durante una reciente visita a un glaciar en Islandia, este se derretía bajo sus pies. Un estudio publicado en Science, el 25 de julio pasado, encontró que la parte submarina de los glaciares de marea, aquellos que flotan en el agua, aunque tienen alguna de sus partes apoyadas en la Tierra, se están derritiendo más ligero que lo predicho por teorías. El agua de estos glaciares aumenta mares causa que sus niveles suban globalmente. Aunque pensemos que estamos lejos de Groenlandia, Antártica y Alaska, eso ha de trastocar nuestras costas. De hecho, imágenes en este periódico sobre la desaparición de la playa en partes de Ocean Park ha causado consternación. Lo mismo, y muy real, ha sucedido en Isla Verde y en muchas de nuestras playas.  Científicos nuestros han calculado que se pierden hasta dos metros por año en algunos sitios.

Pero no es eso solo. Más volumen de agua afecta la circulación de los océanos, influye en el balance de sus ecosistemas, y regula su sedimento. No debe de sorprender que el derretimiento sube en verano. Lo que sí nos debe de poner en alerta y asustarnos es que las medidas tomadas indican que la parte submarina en los glaciares se está volviendo agua a una velocidad que es cien veces más que lo que las teorías indicaban.

Los científicos pensaban que si la temperatura global subía dos grados Celsius sobre los niveles pre industrialización no había problema. Ese número lo introdujo un economista, William Nordhaus, ganador del premio Nobel, basándose en cálculos de cómo se podían adaptar los mercados (no hablo de la bolsa, sino de agricultura, manufactura, etc.) a cambios de la temperatura ambiental. Recuerden que hubo una época en que los rebaños eran movidos de acuerdo a las estaciones y, obvio, a donde había comida para los animales. Ahora sabemos que esta cifra es calamitosa, pues muchos que viven cerca del Ecuador morirían de hambre (por sequías y falta de agua potable) y de la contaminación del ambiente por bióxido de carbono, que es causa parcial del aumento en temperatura. Antes de la industrialización la concentración de bióxido de carbono era 280 partes por millón: ¡ahora es 410!   

No debemos sorprendernos de que el dinero sea un arma a favor y en contra de controlar las emisiones de bióxido de carbón por el uso de combustible que proviene del petróleo. Después de todo el crecimiento económico que comenzó en el siglo XVIII, como ha dicho el periodista David Wallace-Wells, del New York Magazine, se debió principalmente al uso de esa fuente de energía.

Puerto Rico está bendecido con Sol y viento. También está endeudado, en parte por el costo del petróleo que usa. Transformarnos en usadores de la naturaleza, para defenderla, como han hecho muchos países, debiera ser algo que exigimos de nuestros gobernantes.


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