Jorge Rigau

Tribuna Invitada

Por Jorge Rigau
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Tras bastidores con Alicia

Permítaseme recordar. 1978. Estaba entonces encargado del Departamento de Actividades Culturales de la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, cuando la oficina tuvo oportunidad de colaborar con la Fundación del Colegio de Abogados y su presidente entonces, Graciany Miranda Marchand, para auspiciar la presentación en Puerto Rico del Ballet Nacional de Cuba. Venía Alicia Alonso. 

Alicia había bailado en el Teatro de la UPR en la década del 50, previo a la polarización que generó entre cubanos la revolución del 59. Los 70 estaban demasiado cerca de los 60, década en que la Guerra Fría y el miedo al comunismo exacerbaron posturas y acciones. Se temió que la derecha causara problemas.

Para cada función se separaron asientos dispersos; se ubicarían en ellos guardias encubiertos. En época ajena a Ticketron o Ticket Pop, se preparó un cartón con el plano de asientos del teatro. Antes de venderse boletos, se sombrearon las butacas a ocupar la vigilancia. Al abrirse la venta el primer día, el segundo comprador en la fila miró los cartones y preguntó: -“¿Qué son los asientos marcados?” Lo ignoré, pero insistió cínico: -“Sé lo que son… y por qué no me dicen”. Molesto, lo reté: -“A ver, ¿qué son?” Su respuesta me sorprendió y transó el asunto de inmediato: -“Las butacas rotas del teatro”. Para aquel entonces, la sala era famosa por la cantidad de asientos dañados.

Previo a la llegada de la compañía se nos informó que la prima ballerina assoluta bailaría la pieza “Canción para una extraña flor” con música de Alexandr Scriabin. Dicho número se interpretaría junto al pianista en escena, tocando en vivo. Hacía falta contratar a un intérprete del compositor ruso lo antes posible. Irma Isern, pianista puertorriqueña destacada declinó hacerlo y recomendó a Ignacio Ocasio para la tarea. Ocasio aceptó y, como quedaba poco tiempo, se retiró a una casa de campo a ensayar varios días. Tan pronto llegó la compañía, notamos que en el programa no aparecía la extraña flor por ningún lado. La administradora del grupo se limitó a decir: -“Ah, esa pieza no va”. -¡Ugh!,¿cómo decirle esto a Ignacio Ocasio?¿Aceptará la UPR pagarle al pianista por servicios no rendidos? Resolver fue agrio.

El aterrizaje había sido complicado. Estuvimos horas en el aeropuerto sin confirmación alguna de hora o puerta de llegada. Fue emocionante ver, finalmente, descender a la estrella y sus bailarines por la escalerilla del avión… pero también escalofriante voltear la cabeza para distinguir una batería de oficiales de la Policía con armas largas apostados en los techos del terminal aéreo.

Nelson Sambolín diseñó el cartel para el evento; una copia se exhibe en el vestíbulo del Museo de Arte de Puerto Rico. La anticipación era mucha. Los ensayos fluyeron sin mayor novedad. Nos organizamos pensando que a los bailarines interesaría conocer más de Puerto Rico, pero su tiempo libre era poco y muchos prefirieron ir de compras en busca de televisores y mahones. No solo la abundancia propicia el consumismo; también lo hace la escasez.

Las funciones se llenaron. La técnica, precisión y entusiasmo de los bailarines fue objeto de admiración de los asistentes. Quienes disfrutaron del evento recuerdan, en particular, “Tarde en la siesta” y el dueto “Muñecos”, ambas piezas del coreógrafo cubano Alberto Méndez. Alicia bailó “La muerte del cisne”. La música de su compositor, Camille Saint-Saens, se atemperó a la edad de la señora Alonso, pero poco importó. La capacidad interpretrativa de la artista subyugó a todos. Saludó al final, aun habitando su personaje, casi una semidiosa, dilatando su despedida del público, en gesto que se me antoja como metáfora del deseo de Alicia Alonso de eternizar su vida en la danza, algo que logró al fallecer en estos días habiendo vivido casi un siglo.

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