Pedro Ortiz

Punto de vista

Por Pedro Ortiz
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Tres regalos de Puerto Rico para el papa Francisco

Cada vez que recuerdo el encuentro con Papa Francisco es, parafraseando a Sylvia Rexach, abrazar un recuerdo, evocar de nuevo un instante que tuvo algo de eterno. 

Desde aquel momento, camino sin sentir la tierra bajo mi pisada, como si anduviera por el aire.

Estaba yo en la capilla de Santa Marta y, como hiciera una pregunta sobre lo que podía esperar, un funcionario me dijo, con dulzura, “Padre, usted está aquí porque el Papa lo invitó”. 

Casi de inmediato, comenzó la Santa Misa y la homilía en la que Francisco nos instruyó en que el amor de Cristo “no es un amor de telenovela” y que, aunque llega hasta las lágrimas, es de solidaridad hasta el sufrimiento, es de entrega total al prójimo, de pasión por los necesitados.

Después ocurrió la entrevista, a la que asistí con mi amigo y hermano, el trabajador social comunitario Nelson Cotto. 

Le llevamos tres regalos. El primero fue el informe sobre Puerto Rico, que incluyó no sólo una evaluación de la situación del país y reflexión teológica, sino del trabajo que realizamos por las comunidades en la Parroquia Santo Cristo de la Salud de Comerío, donde intentamos poner en práctica su llamado a una iglesia sinodal en el marco de la Doctrina Social de la Iglesia.  Francisco recibió aquel documento con gran interés y especial gesto de cariño. El segundo fue una réplica en miniatura del enorme cuadro que está en nuestra parroquia y que representa a Nuestra Señora del Alba, basado en un poema de Juan Antonio Corretjer y realizado por la pintora Nora Rodríguez Vallés. El Papa miró de arriba abajo el cuadro, leyó el poema y volvió a mirarlo con sonrisa de satisfacción. Después le entregamos un ejemplar del libro “Lenguaje, Género e Historia” del periodista puertorriqueño Jesús Dávila, cuyas páginas el Papa ojeó con sumo interés.

Además, le entregamos una carta privada, de puño y letra del periodista Dávila.

Papa Francisco quería saber de dónde éramos, pero no de cuestionamiento o de duda, sino con gesto familiar, como cuando un amigo le pregunta a otro, detalles familiares. No tenía prisa por terminar, quería escuchar, quería que le contáramos, siempre con la mirada y la sonrisa que parecía decir hermano estoy contigo, me importas.

Así fue el encuentro, el pasado 31 de octubre, en Ciudad del Vaticano. Después ocurrieron más cosas, tanto en Roma como en Puerto Rico, pero de ellas tal vez haya ocasión de contar en otro momento.

Compartir con Papa Francisco nos dio una lección sobre la Iglesia nueva que le propone a la humanidad. Mirar su rostro es como mirar el rostro de una Iglesia nueva.  Refleja y vive lo que nos predica.  Es una Iglesia solidaria, comprometida con el ser humano hasta el tuétano, que privilegia el amor a los pobres, a los necesitados, a los marginados. 

El Papa Francisco es amigo de Puerto Rico, es amigo de los indios aimaras de Bolivia, es amigo de los del Amazonas, es amigo de judíos y musulmanes, es amigo de la humanidad.

En los tiempos turbulentos que vivimos, es bueno saber, es bueno recordar el tesoro que tiene la humanidad en este Papa, que se desvive por todos.

De verdad, siento que fue un instante, que tuvo algo de eterno.

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