José Gabriel Martínez Borrás

Punto de vista

Por José Gabriel Martínez Borrás
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Trump ante Irán: una distracción de año electoral

Durante la campaña de reelección del expresidente de los Estados Unidos, Barack Obama (2011), el entonces futuro candidato Donald Trump expresó las posibilidades de que el primero iniciase una guerra contra Irán para distraer la atención de los estadounidenses. En su campaña victoriosa del 2016, Trump criticó las políticas de “guerra interminable” que distinguían la política exterior de esa nación.

La ciudadanía estadounidense, cansada de la creciente desigualdad y las políticas de rescate público de las instituciones financieras que colapsaron con el estallido de la burbuja de los bienes raíces (2008), buscaba una alternativa a los políticos tradicionales. Trump se presentó entonces en contra del statu quo, distinguiéndose de la belicista Hillary Clinton, y en contra de las políticas de sus predecesores. Corrió desfavoreciendo las intervenciones estadounidenses en el exterior, siendo su enfoque la economía doméstica y una política exterior de renegociación de los acuerdos de libre comercio, que en la percepción del ciudadano norteamericano llevaron a un deterioro socioeconómico.   

Sin embargo, muchas de sus políticas exteriores, desde las negociaciones sobre el desarme de Corea del Norte, su renegociación del NAFTA con México y Canadá, y su guerra comercial con China, se mantienen inconclusas. Su política hacia América Latina ha resultado en inestabilidad y manifestaciones masivas ante intervenciones no directas en la eliminación de gobiernos “no amistosos”.  

De igual manera se cuestionan los resultados en sus políticas hacia la República Islámica de Irán. Asesorado por los “halcones” neoconservadores, el presidente disolvió el acuerdo nuclear de su predecesor. Este prevenía que Irán desarrollase armas nucleares y reconocía su derecho a la energía nuclear pacífica a cambio de un régimen de inspecciones riguroso. Trump disolvió el acuerdo e impuso nuevas sanciones económicas que resultarían en agravios a la población iraní.        

Su más reciente movida en política exterior conllevó una orden de asesinato a Qassem Soleimani, un líder histórico iraní, que a pesar de las divisiones internas políticas, gozaba de respeto en su país. Este fue veterano de la guerra entre Irak e Irán en los años ochenta, general en las fuerzas armadas y en la estrategia regional de seguridad de la República Islámica. Inclusive, a pesar de no tener relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, Soleimani colaboró con los estadounidenses en el derrocamiento del Talibán (2001) y en años recientes contra el “Estado Islámico”, grupo que ocupó partes de Irak y Siria durante la guerra civil y que ambos países consideran una amenaza.

Por un lado, si el propósito de Trump era buscar apoyo entre las facciones reformistas iraníes, parece haber amalgamado a la población de ese país en condena del asesinato. No se espera una respuestadirecta de Irán, pero sí puede llevar a una guerra subsidiaria regional. 

Por otro lado, la decisión de iniciar tal movida belicista fue hecha sin consultar al Congreso. Ello implica que el presidente no tenía autorización previa para llevar a cabo tal acción, llevando a Trump a enfrentarse con el Congreso, precisamente ante la posibilidad de un juicio político en el Senado. El expresidente Bill Clinton bombardeó a Irak en los noventa ante circunstancias similares. Parece ser que la movida de Trump es una distracción ante un nuevo año electoral.    

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