Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Trump: colapso institucional

Todo orden constitucional depende, no tanto de las instituciones y las normas que lo apuntalan, sino de una ciudadanía vigilante, una prensa que se adentra y descubre los espacios vedados por el poder en todo intento de evadir la rendición de cuentas, y los funcionarios que honran la ética resumida en un principio fundacional:  todo poder tiene que ser amurallado y vigilado.   Institutions are not self-sustaining.  La inercia y el hábito no son suficientes para preservarlas.

La norma principal es respetar los limites establecidos por la Constitución y obedecer las leyes que, como cristalización de acuerdos y valores de generaciones pasadas, son brújula para orientar una conducta, muy humana que, se sabe de antemano, no debe dejarse a la incertidumbre de sus inclinaciones, también muy humanas.

Esa ética de respetar leyes hoy naufraga en la ciénaga de Trump y sus confederados. Hay un trasfondo inmediato para tal naufragio y se pueden resumir algunos de los fracasos institucionales que explican lo que hoy ocurre.

El primero fue la decisión del entonces director del FBI, James Comey, quien se pensó querubín con acceso especial a un reino de pureza racional y, en violación a las normas éticas institucionales, decidió anunciar una investigación contra Clinton menos de dos semanas antes de la cita con las urnas.  Fue un acto sin precedentes en la historia electoral de Estados Unidos. Según Five Thirty Eight, el portal especializado en análisis estadísticos:  At a minimum, [Comey’s letter’s] impact might have been only a percentage point or so. Still, because Clinton lost Michigan, Pennsylvania and Wisconsin by less than 1 point, the letter was probably enough to change the outcome of the Electoral College.

El segundo, el peor de todos, fue cuando el fiscal especial Robert Mueller, en una minuciosa investigación demostró múltiples momentos de obstrucción de la justicia por parte de Trump.  Pero satisfecho con las entrañas que, supurantes ante su bisturí de fiscal, extrajo de sus oscuridades para lanzarlas al público, se negó a lo imprescindible:  no emitió un juicio categórico sobre el delito de obstrucción de justicia cometido con desparpajo por Trump, hecho que su propia investigación había puesto al descubierto. En su evasión, Mueller siguió un “guideline” del Departamento de Justicia, no una norma ética y mucho menos una ley.  De acuerdo a ese “guideline,” puramente prudencial, la presidencia no debe paralizarse con una acusación criminal, no importa cuan graves sean las ejecutorias.  El resultado es aberrante:  el poder ejecutivo delinque criminalmente pero queda eximido, por adelantado, de enfrentar las consecuencias.  Mas de 400 fiscales federales firmaron un escrito insistiendo en las felonías de Trump.

El tercer fracaso tiene nombre:  William Barr, consiglieri de Trump en sustitución de Michael Cohen, ahora en presidio por sus trabajos para el presidente. Fue Barr quien distorsionó el contenido del informe Mueller, distorsión que una prensa crédula, en aquel entonces, no tuvo reparos en difundir como el hallazgo principal.  Pero no era tal cosa.  Barr borraba oraciones y párrafos completos y jugaba con las tortuosas expresiones de un dictamen legal para convertir de ese modo el Departamento de Justicia de los Estados Unidos en el comité de defensa de Donald Trump.

Fue su primer acto, pero no el último.  Ahora se sabe que, en armonía con su jefe, le sugirió a este pedir ayuda al gobierno australiano para “review” el origen de la investigación sobre interferencia rusa y, en lo más reciente, andaba por Italia en la misma faena.  Tom Bossert, el primer asesor de Homeland Security bajo Trump, informó las muchas veces que le refutó su fantasía ucraniana, pero no importa la evidencia, Trump anda convencido que Ucrania entró en las computadoras demócratas en una muy diestra emboscada para culpar a los rusos.  Esta versión, originada en el portal 4chan de la derecha más decadente y perversa, es la que convenció a Trump.  De ese detritus nacieron los viajes de Giuliani a Ucrania y luego la llamada que desencadenó la investigación para un posible residenciamiento.

La trama se enreda.  Ya se descubrió que el secretario de Estado, Mike Pompeo, estuvo presente durante la llamada a Ucrania.  ¿Por qué calló ante un acto transparentemente ilegal?

Y haciéndose eco de un reverendo texano, Trump dice que su residenciamiento provocará una guerra civil.  Ciertamente, the plot thickens.  Y Magoo Trump, a tientas, solo encuentra las teclas para sus tuits al planeta, ecos trepidantes de un poder en delirio.

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