Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Trump: el poder y su extrañeza

La elección de Donald Trump representó una quiebra fundamental en lo que la cultura política norteamericana considera “normal.” No hablo de una persona con un oceánico desconocimiento de historia, política pública o datos básicos.  Y menos de un empobrecimiento lingüístico, reflejo de palabras asfixiadas en breves siglas dirigidas a interlocutores ya diestros en descifrar la nueva taquigrafía.  Se trata de un momento donde la transparencia es también ocultamiento y las expresiones públicas son un cabaret donde lo burlesco tropieza con lo siniestro

Dentro de esa extrañeza sobresale aquella primera fantasía sobre la inauguración más concurrida en la historia de las inauguraciones presidenciales seguida por la otra sobre la administración con “más logros” en sus primeros cien días; y eso de que las cumbres con Corea del Norte han sido fructíferas; que la guerra tarifaria no socavaba las ganancias de los agricultores; y que hay avances en las negociaciones con China.

Trump es como Beelzebú:  casi no hay verdad en él. 

En la percepción relampagueante del presidente, donde los hechos son centellazos destinados a la evaporación instantánea tan pronto tocan sus sentidos auditivos y visuales, él tiene autoridad para ordenarle a empresas norteamericanas que salgan, de inmediato, de China. 

La guerra tarifaria era “fácil de ganar”, según Trump.  Tan fácil que ya ha representado pagos de 28 billones a los agricultores victimizados.  Dicho de otra forma:  el partido del “libre mercado” y “libre comercio” impone tarifas y entonces utiliza el dinero público para subsidiar a las víctimas de sus políticas, pero solo si tales víctimas son votantes republicanos. De acuerdo al Environmental Working Group, el subsidio federal ha beneficiado, en su gran mayoría, a los agricultores ricos y blancos. 

En transparencia, Trump no quiere imposición de nuevas tarifas en octubre porque, en concesión a la realidad, habría aumentos de precios durante la época navideña. 

El cabaret continúa y Trump se adentra en las sutilezas meteorológicas para asegurar que el huracán Dorian era un peligro para Alabama.  Los meteorólogos de verdad lo refutan.  En la próxima escena, aparece Trump con un mapa de huracanes, visiblemente alterado a mano, para cambiar la trayectoria de Dorian y dirigirlo hacia Alabama.  Y nada menos que Mick Mulvaney, el “acting” jefe de personal de la Casa Blanca, “acting” porque no hay nadie en propiedad, llama al Secretario de Comercio, Wilbur Ross, para que a su vez se comunique con NOAA, y obligue a los científicos a validar a Cantinflas. Lo cual Ross hizo y un oficial de NOAA obedeció las órdenes. 

También ocurre que Mike Pence visita a Irlanda y se aloja en uno de los hoteles del presidente, localizado a 180 millas de sus reuniones en Dublin.  En la lógica de Pence, esto nada tiene que ver con el enriquecimiento de su jefe.

Cabaret, burlesco, y transparencia:  todo esto ocurre ante las cámaras.

Y lo transparentemente siniestro:  una corte tiene que ordenarle a Trump y a sus adláteres la entrega de dentífrico y jabón a los niños que su administración tiene enjaulados en la frontera. 

Y lo uncanny:  la pasada secretaria de Homeland Security, Kirsten Nielsen, no quiso contestar si Noruega, el país de donde Trump explícitamente desea inmigrantes, tiene una población mayoritariamente blanca.  A la pregunta del senador demócrata por Vermont, Patrick Leahy, 

“Norway is a predominantly white country, isn’t it?”, ella contestó

“I actually do not know that, sir, but I imagine that is the case.”

Algo todavía más extraño: ¿qué puede explicar que un funcionario cubra el nombre John McCain en un buque de guerra que lleva su nombre para evitar que a Trump le entrara un sulfuro?  

Y esa dimensión donde la extrañeza actúa como agente de Beelzebú y revoca un programa que permitía a inmigrantes recibir tratamiento médico en Estados Unidos.

Es el poder que transparenta su holgura en la arbitrariedad, el poder que busca paralizar construyendo un universo alterno y repetirlo hasta que los de afuera, cuya realidad no se ajusta a la descrita por los tuits ni a la propaganda de la primera estación soviética en Estados Unidos, Fox News, sucumban al desconcierto.  Que lo logre, es otra cosa.

Pero ya dije que Trump es casi como Beelzebú, porque en ocasiones pronuncias verdades profundas, como en eso de que la elite política de Puerto Rico es inepta y corrupta.

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