Carlos E. Díaz Olivo

Punto de vista

Por Carlos E. Díaz Olivo
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Trump vuelve a ganar

Según se anticipaba, el Senado de los Estados Unidos exoneró a Donald Trump de los cargos por abuso del poder (48 a favor de su expulsión y 52 en contra) y obstrucción al Congreso (47 a favor de y 53 en contra), en el proceso de residenciamiento desarrollado en su contra. 

Durante todo este proceso, muchos sectores calificaron de inaceptable y antijurídico el comportamiento del presidente, al condicionar la prestación de ayuda económica a Ucrania a que se investigara al hijo del senador Joseph Biden, con la intención de sacar provecho en las elecciones de 2020.  El problema es que el proceso de residenciamiento conlleva, además de consideraciones jurídicas, consideraciones de política electoral que complican el panorama. 

La Constitución federal requiere para la separación del presidente el voto afirmativo de 2/3 partes de los miembros del Senado. Esto significa que es necesario contar con 67 votos, lo cual, a su vez, implicaba que era necesario contar con 20 senadores republicanos para lograr la expulsión.  Desde el principio se sabía que ese número no habría de alcanzarse. Aun así, la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes optó por seguir con el proceso.

Según los demócratas, lo correcto es actuar pensando en lo que se considera correcto independientemente de cuál sea el resultado que finalmente se obtenga. Lo importante, según este parecer, es defender la pureza e integridad del sistema democrático. Sin embargo, el seguir adelante con el proceso en tales circunstancias generaba la impresión de que el residenciamiento se desarrollaba por consideraciones políticas partidistas.  

El propio liderato demócrata en la Cámara ayudó a cimentar tal apreciación, cuando no citó como testigo al pasado asesor sobre seguridad nacional, John Bolton y pretendió que la citación la hiciera el Senado. Pero, antes de referir el asunto al Senado, la presidenta de la Cámara Nancy Pelosi detuvo por varias semanas el referido, sin razón aparente. Esto avivó los señalamientos de que el proceso se desarrollaba por consideraciones estrictamente partidistas y electorales. 

Una vez se refiere la formulación de cargos a la consideración del Senado, la defensa del presidente planteó que era a la Cámara de Representantes a quien correspondía citar los testigos que consideraba importantes y referir tal prueba al Senado, cuya función es la de servir de jurado, no de fiscal. También se insistió que no había nada impropio en que el presidente, al ejercer sus funciones, tuviera presente consideraciones políticas, pues un político inevitablemente siempre las tiene y porque, además, en la esfera de negociación internacional había que reconocer la facultad del presidente de negociar y condicionar cierta actuación al cumplimiento de condiciones que considera razonables. Se insistió que si los cargos no identificaban una conducta identificada por la ley comocriminal, tampoco tal ofensa constituía razón válida para un residenciamiento.

Los demócratas replicaron, haciendo referencia a los dos procesos previos de residenciamiento contra Andrew Johnson y Bill Clinton, en los cuales el Senado sí se había tomado la iniciativa de citar testigos adicionales.  Se indicó que en estos procesos tampoco se requirió que la conducta para la expulsión tenía que estar tipificada como delito. Así, los demócratas insistieron y siguieron adelante con el residenciamiento.

Finalmente ocurrió lo que todos sabían que había de ocurrir, el presidente fue exonerado cómodamente por el Senado. El rechazo por este cuerpo de los argumentos de la Cámara para procesar a Trump constituye ahora precedentes desafortunados que podrán invocarse en el futuro, lo que hará aún más difícil la expulsión en otras instancias.  Pero lo más irónico, para los opositores del presidente, es que luego de este resultado, Trump lejos de quedar debilitado quede fortalecido.  

Un triunfo es un triunfo y siempre luce mejor que una derrota. Esto ocurre al día siguiente de un mensaje de Estado por parte de Trump, muy efectivo para consolidar detrás de sí a su base política y a la clase trabajadora, la cual ha sido en tiempos recientes aliada del Partido Demócrata. Así también coincide con el fiasco del Partido Demócrata en el caucus celebrado en Iowa, en donde esa colectividad denotó falta de organización.  

Para colmo de males, los demócratas no logran identificar una figura con fuerza y aceptabilidad suficiente para derrotar a Trump. Esto a su vez fomenta las posibilidades de que Michael Bloomberg pueda, con sus recursos inmensos, apoderarse de esa candidatura. Si ese llega a ser el caso, será una gran ironía que en momentos que se plantea que la sociedad estadounidense está dominada por una clase reducida pero poderosa, que desposee de participación y trato justo a la mayoría de la población, sean dos empresarios multimillonarios quienes se disputen la presidencia de la nación. Como diría el difunto Don King: Only in America.

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