Gustavo Vélez

Tribuna Invitada

Por Gustavo Vélez
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Tugwell, Trump y la isla

En plena Navidad, soplan vientos aún más fuertes que “María” de una tormenta cuyo ojo está en el Congreso Federal. Los hijos y nietos de la “Operación Manos a la Obra” estamos acá viendo cómo cae el último clavo en el ataúd de la vieja y moribunda económica puertorriqueña.

Un poco de historia nos debe ayudar a entender la actual coyuntura, y a delinear acciones hacia el futuro.

El éxito y la caída del “milagro” económico puertorriqueño puede ser analizado alrededor de las figuras de Rexford Tugwell y Donald Trump. Empecemos por el primero. Tugwell, fue un economista formado en la Universidad de Columbia y parte de un grupo de académicos que fueron esenciales en el diseño de las políticas del “Nuevo Trato” implementadas por el presidente Franklin D. Roosevelt.

Esas políticas fueron claves para ayudar a los Estados Unidos a superar la “Gran Depresión” durante la década de 1930. Al ser designado gobernador de Puerto Rico, la figura de Tugwell, fue clave en el diseño institucional de la Isla y sentó las bases para el proyecto de industrialización, lanzado en 1948. Fue rector de la Universidad de Puerto Rico y gestor de la creación de la Junta de Planificación en 1942.

Podemos atribuirle la autoría de toda la visión de desarrollo y modernización que eventualmente Luis Muñoz Marín y el PPD, implementaron al alcanzar el poder en 1948 hasta 1968.

El desarrollismo, a través de la “industrialización por invitación”, como se le conoció a la “Operación Manos a la Obra”, llegó a su punto máximo a mediados de la década de 1970. Por aquellos días, nos golpeó una recesión global, y quedó evidenciada la vulnerabilidad de un modelo altamente dependiente al capital externo.

Otro economista norteamericano de la Universidad de Yale, de nombre James Tobin (premio Nobel en 1981) fue traído y advirtió de las deficiencias estructurales del modelo. Como aún sucede hoy, la inmediatez política ignoró las recomendaciones para introducir cambios estructurales.

Entre 1976 y 1996, nos recostamos de la Sección 936, que fue derogada por el Congreso y más adelante, crearon las condiciones para la actual depresión económica iniciada en 2006.

Puerto Rico hoy paga las consecuencias de un modelo fundamentado en incentivos contributivos y leyes federales que no controlamos. Llevamos dos décadas mendingando otros incentivos federales, como la 956, la 933-A, etc.

La falta de cariño de Trump hacia Puerto Rico:

Hoy, Estados Unidos, el pensamiento en la metrópolis que una vez fue buena con nosotros, no la rigen Roosevelt ni economistas como Tugwell. La nación está regida por fanáticos de la ultraderecha que muy poco les importa Puerto Rico. El fin de la Guerra Fría en 1989 ha devaluado el valor geopolítico que una vez tuvo la isla en Washington.

La falta de interés lo percibí en los pasillos del Congreso mientras impulsaba PROMESA en la capital federal en 2016.

Los Estados Unidos de hoy son muy diferentes a los de la posguerra, cuando Puerto Rico era parte del sistema de defensa nacional y éramos el contrapeso al comunismo que se exportaba desde Cuba a América Latina. Hoy, Trump promueve el proteccionismo y un nacionalismo económico que excluye su antiguo bastión productivo y militar en el Caribe.

La intención de la reforma contributiva federal de imponer un arancel de 20% a las exportaciones de las corporaciones foráneas que operan en la isla, deja ver que cuando Trump habla de hacer “América grande otra vez” no incluye a la isla. No sé que más tienen que hacer Trump y el Congreso para que acá internalicemos que no somos una prioridad.

Los procesos económicos son dinámicos por naturaleza. El cabildeo gubernamental e industrial debe comenzar a transitar hacia planteamientos contundentes que permitan redefinir la relación económica y comercial con Estados Unidos.

Si van a alterar la relación contributiva sobre la cual se ha fundamentado el desarrollo industrial durante décadas, pues es hora de solicitar nuevas herramientas y que nos liberen de estatutos como las leyes de cabotaje. Internamente debemos empezar a disciplinarnos e introducir reformas que nos hagan competitivos en ausencia de los incentivos contributivos federales.

Es momento de comenzar a diseñar una estrategia de desarrollo económico fundamentada en nuestras ventajas competitivas y nuestros propios recursos. Hay una economía global allá afuera esperando a que por fin empecemos a actuar por nuestros propios intereses.

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