Maricelly Santiago Ortiz

Tribuna Invitada

Por Maricelly Santiago Ortiz
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Tu historia: acto de compasión en la enfermedad

Todos somos recolectores de historia, y es en esta donde hemos decido salvarnos o salvar a otros. Desde muy joven me ha apasionado el servicio y llevar sonrisas a rostros desalentados. En muchas ocasiones me sorprendía haciéndome preguntas como, ¿acaso mi historia será la voz de un paciente oncológico? ¿Será mi historia una colección de eventos o un baúl de experiencias? Jamás hubiese esperado que la vida me contestara de la manera que lo ha hecho. 

A través de mi carrera he podido conocer e intimar emocionalmente con pacientes y sobrevivientes de cáncer. Esto cambió mi vida. Basta con decir que me considero una testigo bendecida porque los pacientes y sus familiares me comparten un baúl de historias como si yo fuera parte de su familia. Por esta razón he decidido vivir, madurar y retribuir como científica oncológica en Puerto Rico. 

De mis años de entrenamiento recuerdo las veces que mis profesores recalcaban la importancia de salvar vidas a través de nuevos tratamientos, e identificando nuevos mecanismos de acción para inhibir el comportamiento de un gen que pudiera causar cáncer. Desde que era estudiante tuve presente, gracias a mis profesores, los efectos secundarios que comprometerían al paciente en sus esferas físicas, psicológicas, emocionales y sociales. 

El conocimiento ligado a la experiencia personal fue la combinación perfecta para conocer a una paciente colectora de sus historias. Me hizo entender que el espíritu necesitaba transcender para sanar las heridas invisibles que deposita el cáncer en la vida de una persona. Ahora la vida me permite trascender del umbral científico al deber comunitario. Mi reto no es solo construir un puente, sino salvaguardar mi conocimiento científico pero retribuyendo en servicio, educación y misericordia. Escuchar sus historias me obligó a disciplinar mi espíritu y a crear un nicho de compasión para tocar y salvar vidas. 

El conocimiento científico ayuda grandemente a entender el curso de la enfermedad. Pero el intercambio de historias colectadas atempera mucho más las necesidades y los servicios que necesitan nuestras comunidades oncológicas puertorriqueñas. Ya he perdido el número de pacientes que he atendido, pero sus caras, consejos y buenas vibras me las llevo a donde quiera que voy. Sus historias colectadas se vuelven perfiles únicos.

Todos somos colectores de historias. Saquemos nuestro lápiz y una pequeña libreta; nunca sabemos cuándo nuestras lecciones de vida puedan engrandecer un alma y espíritu en pleno crecimiento. Un lápiz, un papel y un corazón contrito pueden fomentar el amor y la misericordia cuya ausencia a diario observamos en nuestra sociedad. Tu historia puede devolverle la vida a un extraño o impactar su vida para siempre. Por eso, tomemos el primer paso, no seamos extraños, seamos misericordiosos, no juzguemos una historia sin conocer cómo inició y abramos la puerta de nuestro corazón. Algún día, alguien querrá conocer nuestra historia. 

Hoy entiendo que mi sitial con los pacientes oncológicos está en una mezcla de mi necesidad innata de brindar bienestar, y la necesidad de los pacientes de retribuir sus historias y servir de ejemplos vivos para otros que acaban de empezar a escribir la suya. Sigamos colectando historias y sintonicemos las mismas con nuestro espíritu. No tengamos miedo de pedir dirección de cómo ser colectores de historias. Dios siempre contesta a tiempo. 

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