Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Turbulencia en Hacienda

Algún día, uno de nuestros economistas hará un análisis de la correlación entre nuestra crisis económica y la inestabilidad en la silla del Departamento de Hacienda.  En ese medio siglo pasado, es decir de 1969 hasta ahora, han pasado por esa silla, sin contar a uno que otro interino, 22 secretarios (o 23 cuando llenen la vacante).  En cambio, el medio siglo que corrió desde 1917 hasta 1968, solo ocuparon la silla 11 secretarios.

No hay organización y menos un departamento de gobierno que sobreviva ese grado de turbulencia en su liderato.  No hay plan de trabajo, cambio estructural o reforma contributiva que pueda llevarse a cabo sin algo tan elemental como la continuidad.

Aquí no estamos hablando de cualquier departamento o secretaria.  La secretaría de Hacienda es miembro de lo que llamamos el Gabinete Constitucional, el cual por su importancia podríamos llamar el Gabinete Esencial, todo lo demás viniendo por añadidura.  Ese departamento, contrario a otros de igual rango constitucional, tiene una importancia  y relevancia que va más allá de sus paredes.

Además de ser el responsable de la implantación de la política contributiva y la administración de las leyes fiscales, este departamento es fundamental en el proceso de elaboración de un presupuesto que incide sobre la operación del gobierno central.  Es fundamental también, en la preparación del estimado de ingresos y las proyecciones que se utilizan para tomar prestado en los mercados internacionales.  

Otra faceta de nuestro gobierno la cual se ve severamente afectada por estos acontecimientos, es nuestra credibilidad en el manejo de los cientos de millones de fondos federales asignados pero que todavía no llegan a nuestras arcas.  Se imaginan ustedes un congresista con esta carta  debidamente traducida en una mano y en la otra un reclamo del Gobierno local para que se flexibilicen los controles sobre los fondos federales reclamando que no hay razón para desconfiar.

Para colmo de males, y por si la renuncia ya de por si no tuviera un efecto negativo en estos procesos, la carta de la renunciante secretaria siembra mil dudas sobre el manejo de las finanzas por parte de esta administración.

No  importan los intentos de los emisarios de minimizar las palabras tan pesadas de esta carta tan sucinta;  la verdad es que  cortan como cuchillo filoso las esperanzas ya diezmadas de que por lo menos en lo que queda de cuatrienio domine la buena y sana administración.

Aquí no se trata de diferencias de política pública, esas siempre existen y como secretario, al aceptar la encomienda uno acepta seguir directrices con las cuales uno no está de acuerdo del todo.  De eso sabe la secretaria saliente, ya que como yo, fue socia en una empresa internacional donde las directrices venían de Nueva York o de Chicago, sin importar las particularidades de Puerto Rico. Ahora bien, eso es una cosa y otra aparenta ser lo que se dice en la entrelínea, o mejor dicho en la línea clara de esta carta.  

Parece que no era un “issue” de política pública, ni de política partidista porque ella comparte el mismo ideal con el gobernador.  El olfato me dirige a otras controversias relacionadas con la política chiquita, la de los favores que algunos facturan y que se tienen que pagar porque si no la maquinaria no funciona.

Cuando estas situaciones le surgen a un secretario es cuando uno sabe si realmente cuenta con el apoyo del gobernador.  Una cosa son las promesas para reclutar a un secretario y otra es someterlo a presiones políticas en las que su reputación está en juego.  Ahí es donde uno realmente sabe si el gobernador apoya a uno, o está dispuesto a sacrificarlo por conseguir otros objetivos mayores. 

La reputación internacional de nuestro gobierno ha sufrido golpes irreparables en los pasados dos años y este último no hace otra cosa que “llover sobre mojado”.  La reputación toma décadas construirla pero minutos destruirla.  El daño es profundo viene en el peor momento de nuestra historia económica.

Parte fundamental de gobernar y más aún hacerlo en tiempos de crisis en los que se piden tantos sacrificios, es inspirar confianza y tener credibilidad.  En nuestro caso, ambas cosas escasean, lo que hace aún más empinado el camino a la recuperación.  Queda tiempo para corregir el rumbo, la pregunta es si existe la voluntad.

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