Carmen Dolores Hernández

Punto de vista

Por Carmen Dolores Hernández
💬 0

Uatermelon con kiucumber en Puerto Rico

Había una vez —nunca pensé añorarla— en que hijos, nietos, conocidos, dependientes de tiendas, burócratas y medio mundo más decía disparates. “¿Te estoy disturbando?”, me preguntaron en una tienda. “¿Quiere helado de estroberi?” indagaban insistentemente en las heladerías. “¡Tengo que salvar mi trabajo antes de que se vaya la luz!”, gritó —urgentemente— una nieta, preocupada por la salud y seguridad de un texto a punto de ahogarse en las aguas misteriosas de la red. “Soy cansado”, me dijo otro, impresionándome con la madurez de esa autorreflexión de índole ontológica (¡un Descartes en la familia!), pero se refería a un estado transitorio. Cuando en un comivete me preguntaron “¿Desea jugo de uatermelon con kiucumber?”, monté cortésmente en cátedra para informarles que “watermelon” equivale a “sandía” en español y “cucumber” a pepino. Me mató, sin embargo, que una nietecita, excitada, señalara al cielo nocturno exclamando: “¡Abuela, la muna llena!”

Durante años corregí, instruí, expliqué (con paciencia variable), que el español es una lengua milenaria, poseedora de un vasto vocabulario rico y expresivo, capaz de nombrar cualquier persona, animal, cosa o circunstancia existente en la Tierra…y, presumiblemente, en el cielo. Ya no. ¿Adquirieron vocabulario los niños? ¿Aprecian mejor la dulce lengua que de sus padres (o por lo menos de sus abuelos) aprendieron? ¿Se tragaron un diccionario todos los dependientes de tiendas y los mozos de restaurantes que en el mundo han sido?

No. Ahora todos hablan, todo el tiempo, en inglés.

Escuchen bien cuando estén entre aquellos que aún no han dejado por detrás el divino tesoro que añoraba Darío. ¿Su saludo? “Hey, what’s up?” ¿Sus muestras de aprecio? “Awesome!”; “Cool!”; “Super-cool!”, “Good form!”. (¿Dónde quedó el humilde ‘chévere’ o el aún más expresivo ‘chuchin’, acompañado por un junte de dedos sobre la mejilla?) Las conversaciones juveniles transcurren ahora en “el difícil”. Y no solo las de los alumnos de colegios privados (algún día estos tendrán que responder por el rol que han jugado en el enajenamiento cultural del país). Ahora son todos. En la casa, en la escuela, en el cine, en los “malls” (urgidos como están los jóvenes de tiempo que dedicarles a las redes sociales, decir “mall” es más ‘eficiente’ que decir “centro comercial”: se ahorra medio segundo), en todas partes se impone la lengua de Shakespeare (¿o la de “Game of Thrones”?).

Sería injusto (“¿uncool?”) cogerla solo con los muchachos. En cualquier reunión de encumbrados hombres de negocios, ejecutivos importantes o burócratas ambiciosos vuelan las palabrejas: “charts”, “investments”, “returns”, “averages”, “ranges”, “retention rate”, “goals”. Nadie dice “tablas”, “gráficas”, “inversiones”, “rendimiento”, “promedios”, “alcances”, “promedios de retención” o “metas”. No son parte de su discurso. ¿Se sentirán más importantes hablando inglés o no sabrán decirlo en español?

¿Qué ha pasado? En mis indagaciones, no por informales menos insistentes, me topo con las mismas respuestas: “Abuela”, me explican los continuamente encuestados, “es que el inglés es más fácil”. ¿Más fácil decir “strawberry” que fresa? ¿”cucumber” que pepino?, ¿”pineapple” que piña? ¿soy sentada que estoy sentada? Todo lo que consumimos, ciertamente, proviene de un solo lugar, y este angloparlante. Y, ciertamente, el inglés se ha convertido en la lengua universal (conviene, por tanto, aprenderlo). Pero ¿cuándo y cómo empezamos a perder el español? ¿Cómo contrarrestan los educadores esa tendencia? Llegará el día en que, si queremos conversar fluidamente en la segunda lengua con más hablantes nativos del mundo después del mandarín (el inglés tiene más, pero no todos son nativos), tendremos que recurrir a programas educativos de inmersión total en español.

“¡Ay madre melancolía”, dijo el poeta, “¡si ya no somos nosotros!” Tampoco, sin embargo, somos ‘lo otro’.

Otras columnas de Carmen Dolores Hernández

lunes, 7 de octubre de 2019

¿Lo mejor de dos mundos?

Algunos puertorriqueños aún esperan que les caiga el maná del cielo, que los “amos benévolos” nos saquen del aprieto argumenta la escritora Carmen Dolores Hernández

lunes, 2 de septiembre de 2019

Malas y buenas palabras

Al degradar la “normalidad” de la vida física, sexual, social o religiosa, las “malas” palabras se convierten en disfemismos (lo contrario de eufemismos), según Carmen Dolores Hernández

💬Ver 0 comentarios