Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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Última hora: descubren el gen del alcoholismo

¿Qué hace un oncólogo hablando de alcoholismo sin ser alcohólico ni psiquiatra?

María Eugenia, una de mis hijas, que es médico, trajo a mi atención un artículo que acaba de publicarse en la renombrada revista Science. Ella se dedica al cáncer de tiroides, que nada tiene que ver con el alcoholismo, pero encontró el articulo tan fascinante que me lo envió inmediatamente, y a mí también me entusiasmó. Ya se habrán percatado de que dicho escrito contiene hallazgos excepcionales y muy novedosos.

Solo un 15% de las personas que prueban el alcohol se convierte en alcohólicos. ¿Qué es lo que distingue este 15% del 85% que no desarrollan adicción al alcohol?  Sabemos que el alcoholismo tiene unas bases orgánicas. Esto lo que significa es que uno no se convierte en alcohólico porque le gusta el sabor del alcohol, ni por un trauma psicológico o por un trastorno puramente emocional, sino por una enfermedad con robustas bases físicas. Recuerdo vívidamente cuando, en una conferencia, uno de mis profesores en la Escuela de Medicina de la UPR, el psiquiatra Carlos Avilés Roig, nos hablaba de que usualmente la gente mezcla el alcohol para disimular su sabor, que no es muy agradable. Planteaba él que la gente bebe alcohol por sus efectos, y no por su sabor… aunque tengo que añadir que el vino puede ser una excepción a esa regla.

La gente tampoco bebe alcohol en exceso porque sus padres no los criaron bien, ni por un déficit de religión. Uno de los datos que hace tiempo conocemos acerca del alcohol, es que hasta el 60% de los alcohólicos tienen un pariente cercano con problemas de dependencia de sustancias, incluyendo alcohol, drogas ilícitas o nicotina.

No hay que ser un genio para entender que, si el alcoholismo es un problema genético, debe tener una explicación en los genes, y los genes son estructuras químicas. Como bien nos decía el bioquímico español Severo Ochoa, premio Nobel en Medicina, “La vida es explicable casi, si no en su totalidad, en términos químicos. El amor es física y química”. Si hasta el amor es física y química, ¿cómo no va a serlo también el alcoholismo? En cierto sentido las enfermedades emocionales seguramente tienen también una base química.

Hace años se está buscando frenéticamente cuál es el gen o genes causantes del alcoholismo. Las bases químicas de esta enfermedad habían sido sumamente difíciles de comprobar, hasta que el joven investigador sueco Eric Augier publicó su estudio reciente.

Utilizando ratas de laboratorio, Augier las alimentó con una dieta de alcohol por 10 semanas. Luego de estas 10 semanas, les dio a escoger entre seguir tomando alcohol o cambiar a una dieta consistente de una bebida con un sabor más atractivo y sin alcohol. Solo un 15% de las ratas escogieron el alcohol en vez de la bebida sin alcohol. Curiosamente es el mismo porcentaje de humanos que son adictos al alcohol.

Entrenar a un animal no esdifícil. O le das una recompensa para que siga haciendo algo deseable, o le das un castigo para que no repita el comportamiento indeseable. Por esta razón, los resultados del próximo paso en el experimento fueron sumamente sorprendentes. Augier intentó disuadir a las ratas alcohólicas de seguir consumiendo alcohol. Cada vez que tomaban alcohol les administraba un choque eléctrico y hasta les cambió el sabor del alcohol añadiéndole una sustancia amarga, pero a pesar de eso seguían ingiriendo alcohol. Cualquier parecido con el comportamiento de los alcohólicos humanos no es mera coincidencia.

El próximo paso fue estudiar el cerebro de estas ratas. Examinaron seis regiones y todas, excepto una, eran normales. La única anormal que identificaron en las ratas alcohólicas fue la llamada "amígdala" que nada tiene que ver con la garganta. Es una región bien profunda en el cerebro que controla algunas emociones como, por ejemplo, el estrés y el miedo. Y aquí fue que se toparon con una sorpresa la mar de interesante. Identificaron en la amígdala de estos ratones alcohólicos una deficiencia de la molécula cerebral llamada GAT3. Esta molécula tiene un rol muy importante en el funcionamiento correcto de la amígdala.  Los ratones con deficiencia de GAT3 padecen constantemente de ansiedad, miedo y estrés.  El alcohol es una forma muy efectiva de combatir esos síntomas, provocando así una dependencia y eventualmente una adicción a esta sustancia. 

No queda duda que la deficiencia de GAT3 tiene un rol en causar alcoholismo en las ratas. ¿Cómo sabemos que es así?  Porque en otro experimento los mismos investigadores cogieron las ratas que no eran alcohólicas y les redujeron la cantidad de GAT3 en el cerebro, y ¿qué sucedió? Se convirtieron en ratas alcohólicas. Con ese experimento lograron comprobar causa y efecto.

Muy bien, pues ya hemos logrado entender las bases moleculares del alcoholismo en ratones, pero el alcoholismo de los ratones no representa un problema para la sociedad. Al contrario, los ratones borrachos podrían ser una bendición para los humanos. Lo que pretendemos es entender el alcoholismo en humanos para así poder desarrollar una cura. Con ese propósito, Augier decidió ir un paso más allá: examinó cerebros de individuos alcohólicos que habían decidido que a su muerte se usaran sus cabezas para investigación médica. Al igual que en las ratas, no encontraron nada inusual en cinco de las seis regiones del cerebro. Pero en la amígdala encontraron bajos niveles de GAT3. ¡Touché! ¡Caso cerrado!

Los alcohólicos son víctimas de sus propios genes... y a ellos nunca se les brindó la oportunidad de seleccionarlos. Cierto que pueden elegir ser o no alcohólicos, pero la naturaleza les ha jugado un truco que les hace extremadamente difícil esa decisión. En fin, estos hallazgos deben motivarnos a ver al alcohólico de la misma forma que al diabético tipo 1. Este último es deficiente en insulina mientras que el alcohólico es deficiente en GAT3.

Este experimento eventualmente debe redundar en una terapia efectiva para el alcoholismo. El próximo paso será buscar como aumentar GAT3 en el cerebro humano.  Piensen en todos los beneficios que esto acarrearía para la humanidad. Para empezar, descenso en accidentes automovilísticos, menos divorcios y desempleados.

Y una cosa más… si a los ratones logramos disminuirles el GAT3, los gatos se los almorzarían más rápido.

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