Fernando Cabanillas

Tribuna Invitada

Por Fernando Cabanillas
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Una cabeza de ajo para espantar el cáncer

Mi más remoto recuerdo del ajo se remonta a mi niñez. Fue antes que Kennedy comenzara a escalar la guerra de Vietnam y justo cuando Fidel Castro hizo su entrada en La Habana. Mi padre nos llevaba a comer salmorejo y arroz con jueyes al ya desaparecido restaurante Cecilia’s Place, en Isla Verde. Antes del plato principal servían un exquisito pan con ajo. Quedé para siempre prendado por el delicioso y exótico gusto de ese condimento. Pero la historia del ajo y sus aplicaciones médicas son mucho más interesantes.

Los registros arqueológicos ya hablaban del ajo hace más de 8,000 años. Según la Biblia, Moisés sacó a los esclavos hebreos fuera de Egipto y durante 40 años vagaron por el desierto. Nos cuenta el Viejo Testamento que constantemente extrañaban las cosas buenas de la vida, especialmente el sabor del ajo. De hecho, los egipcios consideraban el ajo como un fruto sagrado que solo los dioses se merecían. 

Pero mi interés en el ajo va más allá de su importancia histórica.

Durante la Primera Guerra Mundial, el ajo se aplicaba directamente a las heridas infectadas. Después de esa guerra, en 1928, se descubrió la penicilina, que sustituyó el ajo. No obstante, durante la Segunda Guerra Mundial el ajo volvió a usarse como antibiótico, debido a la abrumadora demanda por penicilina y a la capacidad limitada para fabricarla. Los médicos soviéticos le llamaban al ajo la "penicilina rusa".

Hace años que estoy escuchando que el ajo es eficaz para tratar la hipertensión arterial…y no es un mito. El ajo ha comprobado ser capaz de bajarle la presión a los pacientes hipertensos. Pero los enfermos con presión arterial muy alta no deben depender totalmente del ajo para controlar su problema. Para eso existen medicamentos mucho más eficaces.

Por otra parte, hay que recordar que el ajo es parte esencial de la dieta mediterránea, la cual recomiendo enérgicamente, y que ya he comentado antes en mis columnas. La eficacia de esta dieta en disminuir el riesgo de cáncer y de enfermedad coronaria, las dos causas más comunes de mortalidad, se ha comprobado científicamente. La dieta mediterránea incluye el vino tinto moderadamente, aceite de oliva, las nueces, frutas, vegetales, pescado de aguas frías y naturalmente el ajo. ¿Pero cuál de estos ingredientes es el más importante? No sabemos, es posible que todos contribuyan. Sí sabemos que el ajo tiene propiedades anticancerígenas en animales de laboratorio, al igual que en humanos.

La hermana del ajo es la cebolla, y ambos comparten unos compuestos llamados flavonoides, que pertenecen al grupo de los llamados polifenoles vegetales. En los últimos años hemos visto un interés ascendente en los polifenoles, debido a su confirmada actividad antiinflamatoria y sobre todo anticancerígena. Se ha determinado científicamente que los polifenoles son mayormente responsables de los beneficios que nos provee la dieta mediterránea. 

En casi todos los estudios, el ajo hademostrado su capacidad para prevenir algunos tipos de cáncer, pero en una investigación la cebolla sorprendentemente le ganó por mucho. En ese trabajo, hecho en Italia, la cebolla se asoció con una reducción mayor en el cáncer de colon, de esófago y de laringe, entre otros. 

Los beneficios comienzan a verse cuando se consume, al menos, un diente de ajo crudo por semana. El ajo y la cebolla cocidos pierden algunas propiedades (aunque no todas), pues se degradan al exponerse a altas temperaturas.  

Consistentemente el ajo se ha asociado con una reducción promedio de un 59% del riesgo de desarrollar cáncer de estómago. En un estudio realizado en Irán, la reducción alcanzó el 72%. En otro estudio llevado a cabo en Francia, se observó una reducción impresionante de un 70% en el riesgo de desarrollar cáncer de mama en mujeres que consumían ya sea ajo o cebolla al menos siete ocasiones por semana. 

¿Cuál será el mecanismo por el cual el ajo nos protege del cáncer? Hay varias hipótesis, todas con datos para respaldarlas. Probablemente el mecanismo no es uno solo, sino una combinación. Primero, se ha comprobado que el ajo protege nuestras células del daño inducido por cancerígenos capaces de averiar el ADN. De esta forma, protege el ADN de mutaciones que es lo que usualmente causa el cáncer. En un estudio se reclutó a 17 voluntarios a los que les administraron una comida con un diente de ajo, y les sacaron sangre antes y después de esa comida. Se determinó visiblemente la activación de cinco genes del sistema inmune que pueden protegernos del cáncer. Y la flora intestinal de nuevo se asoma al panorama, ya que el ajo también ha demostrado una gran capacidad para modificarla favorablemente. Finalmente, el ajo es capaz de inhibir la bacteria H. pylori que causa cáncer de estómago. Todos estos hallazgos pueden explicar las propiedades anticancerígenas del ajo, un producto muy complejo y versátil… pero recuerden que todos estos datos se relacionan con la prevención, no con el tratamiento del cáncer. Nadie debe intentar tratar el cáncer con ajo ni cebolla.

Muchos alegan que el ajo espanta los vampiros. Por esa razón en algunos países la gente cuelga una cabeza de ajo en la puerta de entrada. En Puerto Rico no tenemos problemas de vampiros. Sin embargo, tenemos una deidad femenina llamada Juracán. De acuerdo con la mitología caribeña, cuando los habitantes de Borikén, Quisqueya, Cuba o Xaymaca nos comportamos mal, esta diosa sale con toda su furia y envía a su ayudante, Guatuabá, a anunciar con relámpagos y truenos la llegada de Juracán. 

Pues invito a todos los boricuas a participar este año de un estudio científico muy importante. La hipótesis es que el ajo es capaz de repeler a Juracán. Por favor, cuelguen una cabeza de ajo en la entrada a su casa, y al final de esta temporada de huracanes, luego de comparar los resultados con el resto de las islas, podremos comprobar o rechazar esa hipótesis. Anhelamos celebrar otro éxito del ajo.


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