Mayra Montero

Diario del huracán

Por Mayra Montero
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Una casita de “marshmallow”

La Comisión Estatal de Elecciones (CEE) es una casita de “marshmallow”. Por lo tanto, tiene los conflictos propios de ese material esponjoso, que nunca deja de embarrar narices.

Ahora ha estrenado un presidente que vive en Aguadilla. Y dentro de ese estreno, surge el gran dilema: ¿debe el chofer del nuevo ejecutivo viajar dos veces al día entre San Juan y ese pueblo (o sea, dos idas y dos vueltas), la primera para recoger al funcionario y traerlo a la sede de la Comisión, y la segunda para devolverlo por la tarde, y regresar sin pasajero?

Claro que no. Eso es inconcebible en un país en ruinas.

Por lo tanto, Rafael Ramos Sáez, que es el presidente recién nombrado, buscó la solución “perfecta” al dilema.

Nadie piense que se ha propuesto llegar a San Juan por sus medios desde Aguadilla, manejando su propio vehículo. Él dirá que si el gobernador lo nombró, obviando la circunstancia de que vive lejos y no tiene la menor intención de mudarse a San Juan, allá el gobernador que se las arregle y lo explique.

De modo que la solución “mágica” que encontró Ramos Sáez ha sido contratar a un chofer residente en Aguadilla, que duerme en ese pueblo, y que lo lleva hasta la sede de la CEE todas las mañanitas. Por la tarde se hace la misma operación: carro y chofer emprenden el regreso al otro extremo de la Isla, llevando su preciosa carga, y el vehículo duerme por allá.

Para atajar los reproches y las acusaciones que puedan surgir respecto a que se estarían infringiendo leyes de ética gubernamental (porque un carro oficial no debe dormir en la casa del funcionario que lo usa), al carrazo del presidente de la CEE le han buscado un “huequito” en un cuartel de la Policía en Aguadilla.

Por la mañana va el chofer, coge el carro que duerme junto a las patrullas, se dirige a la casa de Ramos Sáez, hacen el largo trayecto hacia Hato Rey, y allí el chofer espera a la caída de la tarde, momento en que deberá llevar a Ramos Sáez hasta su casa en Aguadilla, y luego completar la última parada de la noche en el cuartel.

La pregunta crucial de este inaudito pastelón: ¿cómo va el chofer desde su casa hasta el cuartel de la Policía, y viceversa? Sí, ya sé que mis lectores estarán pensando que lo más probable es que el chofer deje su propio vehículo en el mismo cuartel durante todo el día. Por las mañanas lo estaciona y se va en el de la CEE, y por las tardes, al dejar el de la CEE, vuelve a recoger el suyo.

Es redundante, pero no es mi culpa, sino la realidad de un país que no tiene donde caerse muerto, y que todavía sigue costeando lujos; el absurdo de un gobierno de engreídos; la sinrazón de la petulancia partidista.

Los únicos vehículos oficiales por los que deberíamos pagar son las ambulancias, los carros de bomberos (que por cierto, están dañados y no aparece el dinero para repararlos), los de la Policía, y en general losque sirven para dar servicios directos a la población. Los jefes de agencia y los burócratas, que se vayan en sus propios carros, o en bicicleta, si les parece bien.

Alguien tiene que cortar ese cordón umbilical con el derroche y la fatuidad. ¿No se publica hoy que el Congreso puede exigir más controles y rendición de cuentas al gobierno?

Pues que se los exija y bien. Si en el proceso se derrite el “marshmallow”, simplemente ellos se lo han buscado.

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