José Julián Álvarez González

Tribuna Invitada

Por José Julián Álvarez González
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Una decisión sabia, jurídica y valiente

Cuando estaba pendiente ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos la decisión en Brown v. Board of Education, que acabó unánimemente con la segregación racial en las escuelas públicas de ese país, al menos como cuestión formal de Derecho, se produjo la muerte del juez Vinson. Según fuentes que nunca han sido desmentidas, ese juez había votado preliminarmente para sostener la validez constitucional del apartheid que no se inventaron los surafricanos, sino los estadounidenses. Según las mismas fuentes, ante el deceso de Vinson, su compañero de estrado, el juez Frankfurter, judío no practicante, aseveró: “Esta es la primera señal que tengo de la existencia de Dios”.

He tenido, aún tengo y sospecho que continuaré teniendo discrepancias con el Tribunal Supremo de Puerto Rico: en cuanto a algunos de sus métodos interpretativos, el lenguaje que a veces usan algunos de sus jueces, su ocasional desdén por la jurisprudencia previa, ciertos usos cuestionables de esa jurisprudencia, su reciente apego a la jurisprudencia federal más conservadora para interpretar nuestra Constitución y algunos resultados de difícil justificación jurídica a los que ha llegado, especialmente en asuntos de Derecho constitucional. Pero, en esta ocasión, en una poco común decisión unánime, triunfó la mejor versión del Derecho. O, como dijo otro puertorriqueño, la razón convenció.

La decisión del Tribunal Supremo fue una actuación valiente, en medio de presiones de muy diversa índole. Debemos reconocer, agradecer y felicitarnos de que en esta ocasión la “rama menos peligrosa” fue la más sabia y seria. Y la más fuerte. 

Como sostuve en una columna el pasado domingo, cualquier decisión que favoreciera la legitimidad de la ocupación permanente del cargo de gobernador por el licenciado Pierluisi habría significado que un gobernador podía, antes de renunciar y huir del país, nombrar como su sucesor a quien le diera la real gana, sin oportunidad razonable de obtener el aval juicioso y ponderado de los representantes electos por el pueblo.

Ahora, en palabras del refranero popular, hay que hacer las cosas “como Dios manda”. Pero, cuidado. No es solo la divinidad la que podría vigilar. Los cientos de miles de puertorriqueños que, como nunca antes, nos tiramos a la calle, aquí y en los lugares más recónditos del planeta, de seguro vigilaremos, con razón. 

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