Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Una deuda perdonable

Durante los 20 meses en que fungió como coordinador de Revitalización de la Junta de Supervisión Fiscal, Noel Zamot, quien tenía un sueldo anual de $325,000, se echó al bolsillo la nada desdeñable cifra de $541,666. El hombre ganaba unos $27,000 mensuales, que es más de los $19,775 del ingreso familiar promedio en Puerto Rico durante todo un año. Su salario era de $1,354 por cada día laborable, un poco menos de lo que gana un maestro en un todo un mes batallando con 20, 30, a veces hasta 40 niños en un caluroso salón de clases, por no mencionar la guerra contra la burocracia y la indiferencia.

El salario de Zamot también equivalía a $169 la hora, casi 25 veces más del salario mínimo que ganan el 67% de los jóvenes de 25 años que tienen empleo, según la Oficina del Censo de Estados Unidos.

Considerando, entonces, el tajo grande que Zamot le daba a nuestro presupuesto, no eran descabelladas las estratosféricas expectativas que muchos tenían de su desempeño.

Su misión era identificar “proyectos críticos” de infraestructura, mayormente enfocados en generación de energía, de los que se pensara que podían revitalizar la agonizante economía puertorriqueña. Debía, también, lograr su aprobación expedita, librándolos de los viscosos procesos burocráticos a los que están sujetos los proyectos “no críticos”.

No obstante el más de medio millón de dólares en salario, durante sus veinte meses en el cargo, Zamot solo pudo sacar adelante un muy modesto proyecto de vivienda en San Juan, a un costo de $25 millones. Olvidemos, por un momento, que el problema de Puerto Rico no es falta de vivienda; por el contrario, es de exceso casas deshabitadas. Concentrémonos, en cambio, en que un discreto proyecto de vivienda no se parece en nada a los megaproyectos que los apologistas de la Junta (cada día son menos, dicho sea de paso) imaginaron que podría traer un superzar de infraestructura que no estaría constreñido por los enredos burocráticos y telarañas de permisos que aplican a todos los demás mortales que quieran echar a andar hasta un puesto de verduras en nuestra bola de hilo de país.

Por eso es que, cuando a mediados de febrero se anunció que Zamot renunciaba, muchos, pensando en su salario, exclamaron: “chavos botaos”.

El hombre se habría ahogado discretamente en las fauces de la historia junto a otros personajes de perfil similar que alguna vez nos vendieron con etiqueta de redentores (Lisa Donahue, Walter Higgins, por mencionar solo dos) si no fuera porque, como quien habla con su psicoanalista, se le zafó la lengua hace un par de semanas en una conferencia con inversionistas. Allí, soltó un par de bombazos que, al trascender esta semana, estremecieron el debate público.

Dijo, entre otras cosas, que funcionarios del gobierno de Ricardo Rosselló querían repartir contratos antes de que los proyectos fueran aprobados, que compartían información privilegiada de los propuestas con amigos suyos y que gente de la administración se le quejó de que “estaba desplegando capital privado (en Puerto Rico) y nosotros (el gobierno) no estamos controlándolo”.

En otra ocasión, según Zamot, del gobierno le manifestaron no estar interesados en un proyecto que había sido objeto de unas 50 reuniones, pero dos semanas después publicaron una solicitud de propuestas para una iniciativa similar. Además, en otro momento, le manifestaron no tener interés en un proyecto específico que les había sido mostrado, pero que después decidieron desarrollar uno idéntico “con un consorcio”.

Zamot dijo que trabajando con el gobierno de Puerto Rico se sintió como Sísifo, el personaje de la mitología griega condenado a subir una piedra hasta el tope de una loma, solo para verla rodar cuesta abajo apenas terminaba y pasarse la eternidad volviendo a subirla. Según su estimado, las actuaciones de los funcionarios de Rosselló le costaron al país durante su incumbencia unos $3,000 millones en inversión privada.

Fueron expresiones de una tremenda gravedad. No se sabe si Zamot, ingeniero graduado de MIT y quien pasó 20 años en la Fuerza Aérea de Estados Unidos, de la que se retiró con rango de coronel, tiene conciencia de la magnitud de lo que dijo. Pero estaba básicamente describiendo actos por los que a más de uno le ha tocado vestir el anaranjado con el que el gobierno de Estados Unidos le gusta vestir a sus reos.

El gobernador Ricardo Rosselló y su representante ante la Junta, Christian Sobrino, reaccionaron furibundos.

Los dos dijeron que Zamot había sido despedido por incompetente. Ambos fueron desmentidos por la directora de la Junta, Natalie Jaresko, quien mostró la carta de renuncia de Zamot. Sobrino dijo que Zamot quería impulsar proyectos sin subasta y que hizo “expresiones falsas”.

El gobernador, más de una vez, lo invitó a que hiciera sus denuncias en los foros pertinentes. De Zamot no se volvió a saber en toda la semana.

Pero lo que dijo no se puede quedar en el aire. Recordemos, entre otras cosas, que a año y medio del huracán María, Puerto Rico no ha recibido el grueso del dinero de la recuperación, porque en Washington desconfían del gobierno local. El presidente Donald Trump ha mandado a reducir al mínimo el dinero de la asistencia.

Las expresiones de Zamot van a ser usadas como pretexto para seguir dificultando el acceso de Puerto Rico a fondos que nos son indispensables.

Es por eso que hay que buscar la manera de que Zamot dé los detalles que permitan exigirle responsabilidad a quien haya podido hacer tales cosas o que aclare, en cambio, que hablaba desde la amargura de no haber podido hacer mucho y no está imputando delitos a nadie.

El jefe del FBI, Douglas Leff, dijo que básicamente se va a sentar a esperar a que alguien vaya a denunciarle algo. La secretaria de Justicia de Puerto Rico, Wanda Vázquez, de este tema no ha dicho ni esta boca es mía.

La Legislatura de Puerto Rico no tiene autoridad para citar a ningún miembro ni funcionario de la Junta. Pero, sorpresa, desde la medianoche del viernes, Zamot, por haber renunciado, ya no es funcionario de la Junta, por lo cual es posible que no se pueda librar de testificar si es citado.

La Legislatura que ha demostrado en días recientes que no tiene mucha tarea, debería citarlo, a ver si el gas pela y si no es que hay temor de que, en efecto, el gas pele.

Igual, si Zamot se resiste a testificar, incluso si gana un caso en los tribunales para no hacerlo, eso, el no querer abundar en lo que dijo en la conferencia de inversionistas, también enviaría un mensaje, de que se le fue la mano y no se atreve a volver a meterse en aguas tan turbias.

Pero, por otro lado, esta coyuntura crítica que vive Puerto Rico, en este momento doloroso en que ya la confianza del país en sus instituciones no puede ser más baja, en que vivimos con esta sensación de que estamos siendo timados día y noche, alegaciones tan graves no pueden quedarse así flotando en el aire como si nada.

El primero que debería entender eso es el propio Zamot. Con tanto que cobró, a cambio de tan poco, tiene una tremenda deuda con nosotros. Si nos ayuda a salir de la duda, somos capaces de perdonársela y quizás hasta darle un bonito.

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