Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Una fuerza natural

En los pasados 14 meses, los puertorriqueños vivimos dos maravillosos momentos que nos hicieron juntarnos de las manos, olvidar momentáneamente nuestras divisiones y celebrar sin reservas como el pueblo único que somos.

La medalla de oro de Mónica Puig y el desempeño de nuestro equipo en el Clásico Mundial de Béisbol nos hicieron recordar de qué estamos hechos, para todos los que, por tanto tiempo, han querido hacernos creer que somos menos que cualquiera otro y para los que se siente tentados a creerlo.

Los pueblos, como las familias, celebran unidos.

Y cuando hay que llorar, también lo hacemos unidos.

Hoy nos toca llorar. Mucho.

El huracán María, que el miércoles barrió a nuestra venerada isla con sus despiadados vientos y sus tempestuosos aguaceros, destruyendo tanto de tanto valor a nuestro alrededor, nos dio un golpe bien duro.

Mucho de lo que teníamos, de lo que queríamos, fue enredado por María, derribado, hecho añicos, pisoteado, como si no valiera nada, como si alguien nos tuviera mucha saña.

16 personas, confirmadas hasta ayer, murieron por consecuencia directa de la tormenta. Por cada uno de esos 16 fallecidos, hay otra innumerable cantidad de personas que los querían, los conocían, el espacio de sus vidas les significa algo, a los que María les quitó cuanto podía quitarle.

Igual, duelen profundamente las historias de las personas que lo perdieron todo, pues aquí no solo desaparecen casas, ropa, artículos. Se pierden también recuerdos, esfuerzos, años de trabajo, de lucha, de sangre y de sudor.

Estremecen las imágenes de las residencias derribadas, de los negocios destruidos, la infraestructura hecha añicos, las calles anegadas, la gente saliendo de casa solo con lo puesto.

Puede decirse que eso es material para querer significar que, por lo tanto, no es tan importante. Pero es que tras lo material casi siempre está el esfuerzo humano de alguien que trabajó mucho por lo que tiene, que se impuso una meta de, por ejemplo, tener una casa e invirtió horas, fuerza y sudor en eso. En esos espacios florecen familias, vivencias imborrables. Las casas se convierten en parte del alma y la memoria de las personas. No es poco nada de eso.

Ante este cuadro, tientan la desesperanza, la frustración, el encono y la autocompasión.

Es que, de verdad, es fuerte la perspectiva que muchos enfrentan, de empezar desde cero o la idea de que pasaremos muchos meses sin luz, sin agua, sin normalidad.

Tienta, sí. Pero no domina.

Apenas hubieron pasado los vientos, o se esfumaron las lluvias, había gente en la calle limpiando un camino, un techo, ofreciéndole una bolsa de hielo al vecino, viendo cómo estaba el anciano de la casa de la esquina al que casi nunca vemos, preguntándonos todos cómo la pasamos y ofreciendo, sino una botella de agua, un abrazo y una palabra de aliento.

Se oye hoy, a lo largo y ancho del país, el sublime canto, cuya belleza nunca habíamos apreciado, de las sierras, de la maquinaria pesada, limpiando camino, recogiendo escombros, abriendo el paso a nueva vida.

Es que un día le sigue al otro, irremediablemente. La vida continúa. El Sol no deja de salir, la tierra de rotar.

Los puertorriqueños y puertorriqueñas vamos a seguir viviendo, luchando, levantándonos, unidos, como sabemos hacerlo, como lo hemos hecho a lo largo de nuestra historia.

Nuestras mentadas divisiones, cuando las miramos bien, son muy superficiales. Nos dividimos por política, entre católicos y protestantes, entre fanáticos de los Yankees y de Boston.

De ahí no pasamos.

En otros pueblos, trágicamente, hay odios ancestrales, se matan en guerras civiles, se dividen en castas, se tienen recelos que vienen de siglos.

Aquí podemos podemos identificarnos como rojos, azules o verdes, pero el jueves por la mañana, cuando alguien andaba machete en mano por una calle vecinal, no buscaba a alguien de una etnia diferente para matarlo, sino a alguien que necesitara que le ayudaran cortando ramas.

Eso tiene más valor del que jamás hemos sido capaces de entender. Este momento, en que María nos ha puesto a mirarnos cara a cara otra vez, es un buen momento para valorarlo.

Los huracanes son una fuerza natural. Nos preceden a todos, pues desde la época de los Taínos, que le llamaban el dios Juracán, son una realidad de la vida en estas latitudes.

Pero los puertorriqueños precedemos a María. Estábamos aquí antes y vamos a estar después. Somos un pueblo con una historia y experiencias comunes de más de 500 años. Eso no lo derrotan ni cien Marías.

Somos también una fuerza natural. Y eso ya se está viendo.

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