Ana Teresa Toro

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Por Ana Teresa Toro
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Una historia de perros

Para entrar a aquel barrio había que tener primero el permiso de la calle, del jefe de la esquina, del que decide tantas veces quién vive o muere, quién entra o sale, quién puede ser y quién no. Llegué allí con cuerpo de mujer, con curiosidad y con la certeza de que para entender aquel mundo iba a tener que suspender todos mis prejuicios y preconcepciones. No se puede entender un mundo que nos es ajeno, si no nos quitamos los filtros que nos definen la mirada.

Tomó tiempo, pero cuando me dejaron entrar a la barbería del barrio supe que lograría contar esa historia. Fueron muchas entrevistas, horas largas escuchando todo tipo de historias. Algunas, de esas que te revuelcan el estómago, otras de una ternura inesperada. Eran hombres, muchachos, los cheches de la película y del universo entero que existía en aquella esquina de un barrio pobre, en un pueblo del norte de Puerto Rico.

Hacia el final, dos de ellos quisieron mostrarme su espacio más preciado. Era claro que para ellos era un gesto importante, una profunda muestra de confianza. Caminamos un poco y llegamos a una casa vieja y en ruinas. El hedor se sentía desde el balcón, pero entré con una sonrisa, consciente de no mostrar el mínimo gesto de asco. En un instante, sacaron de las habitaciones dos perros pitbull. Los pobres animales estaban llenos de sangre, heridas abiertas y cicatrices. —Son nuestros perros de pelea, me dijeron orgullosos. Yo tragué gordo, mostré asombro, intenté ser neutral, mas los perros me leían la mirada. En aquellos ojos oscurísimos, toda la sombra de esta isla. Sentí culpa por no mostrar indignación, frustración por entender que aquello que a mí me espanta, les enorgullece, sentí el dolor animal y el dolor humano. Pude ver en medio de aquel olor horrible, la raíz más profunda de la violencia: la pobreza. La del estómago, del espíritu, de la falta de educación, la maldita pobreza de haber nacido en la misma isla, pero en un mundo distinto, con otros códigos y otras formas de adjudicar valor. Lo pienso y siento rabia. A veces, hasta ganas de pelear.

Nota: El suceso narrado en esta historia sucedió hace algunos años y fue manejado como corresponde por las autoridades pertinentes.


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