Darwin J. Marrero Carrer

Tribuna Invitada

Por Darwin J. Marrero Carrer
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Una isla sin semáforos

Desde que pasó María, los conductores han sido testigos de los estragos del huracán y de las peripecias para lograr transitar en busca de familiares, servicios y ayuda. Dos carriles que normalmente fluían en una sola dirección acomodaron ambas direcciones cuando un lado era intransitable. 

Las calles, llenas de peligro, atestiguaron la paciencia de los que se acercaban lentamente a las intersecciones y permitían el paso de aquellos que habían llegado primero para evitar más  daños a la propiedad y, más importante aún, a la vida de todos. Puerto Rico perdió la electricidad y casi todos los elementos de ordenamiento vial, pero no su civismo.

 Las ráfagas tiraron al suelo  postes de luz, señales de tránsito, nombres de calles, números de salidas, y  letreros con  direcciones y los kilómetros que faltan para llegar. En ocasiones cayeron partes de la misma vía, como los  puentes arrastrados por corrientes de agua. Pero, interesantemente,   los resultados  contradicen toda lógica: a pesar de los semáforos destrozados o  inoperables no ha  reinado el caos.

 La disminución de accidentes de tránsito cuando los semáforos no están operando levanta el cuestionamiento sobre la existencia misma de dicho instrumento. Los semáforos operan para evitar accidentes. La premisa que nutre el diseño del semáforo asume que los automovilistas no poseen el autocontrol necesario para ordenarse sistemáticamente y tomar medidas de protección hacia ellos mismos y los demás.

 Óptimamente, un vehículo debe disminuir la velocidad al aproximarse a una intersección y detenerse para observar si otros la  ocupan y proceder uno a la vez. Este comportamiento ordenado ocurrió y continúa ocurriendo sin necesidad de un aparato electrónico. Indudablemente, la operación está enmarcada en condiciones extraordinarias y es el proceder de ciudadanos que luchan por levantar la isla. No obstante, la capacidad de continuar operando bajo este orden será cuestionada y, como consecuencia, el comportamiento presente es visto como loable y como una excepción a la regla. 

Pero debemos observar más de cerca y enfocarnos en el potencial. Hay que creer que no somos incorregibles y debemos cuestionar la efectividad de la solución aceptada.

 Si las vías de tránsito fueran ininterrumpidas no necesitarían  semáforos. Esta  tecnología es solo un método, entre otros, para evitar las colisiones de vehículos. La  evidencia indica que un cruce de vías de rodaje puede funcionar sin ellos y ser más eficiente para el conductor y peatón. Bien  implementadas, las rotondas y otros diseños que obligan a reducir la velocidad son eficientes disminuyendo el número de accidentes de tránsito significativamente. Reducen el tiempo de espera por el cambio de luz del semáforo y, por ende, el tiempo  perdido transitando hacia un destino. La solución es sencilla: avanzar lentamente pero de manera ininterrumpida es mejor que avanzar a alta velocidad durante tramos cortos y detenerse a esperar continuamente.

 Más que evitar accidentes, los semáforos  detienen al conductor por tiempo excesivo y le impiden  avanzar hacia el trabajo u hogar. El tiempo perdido conduciendo sacrifica el que se debe invertir en la persona y la familia. Debemos aprender de lo que observamos y diseñar para la eliminación del semáforo cuando sea  posible. Aprovechemos la necesaria reconstrucción para eliminar lo que retrasa nuestro progreso y miremos el semáforo como más que una metáfora del estancamiento para continuar al paso que, aunque lento, es seguro. 

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