Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Una lógica perversa

Eso pusieron en práctica muchos de los gobernantes y políticos de los últimos treinta años en Puerto Rico: una lógica perversa. Deseosos de cambiar el ‘status quo’ y convencidos de que, al hacerlo, los unos lograrían el ansiado sueño de la estadidad y los otros el de la independencia, se dedicaron todos a destruir lo que había en aras de lo que querían. Pero los sueños -dijo Calderón- sueños son y consisten -afirmó Quevedo- “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”. El tiro les salió por la culata. Lo malo es que lo sufrimos todos.

El PNP quería destruir el ELA, dejarlo sin sus fundamentos económicos y políticos, quitarle sus privilegios. Así nos pareceríamos más a Estados Unidos y se facilitaría el paso a la estadidad. En el proceso quebraron al país y conculcaron el radio de acción que tenía su gobierno, un espacio de maniobras limitado, pero existente. La desarticulación de un régimen sin tener seguridad alguna de poderlo sustituir por otro (como la estadidad), nos ha llevado al caos. ¿Cómo pudieron pensar que sus desatinos nos allanarían el camino de la incorporación a Estados Unidos? Eso no está en nuestras manos: son ellos quienes deciden. La ironía es que, debido a la quiebra política y económica resultante de sus medidas destructivas -eliminación temprana de las 936, desarticulación del sistema de salud, obras faraónicas- la estadidad está más lejos que nunca. Lo dijo recientemente un funcionario estadounidense: Puerto Rico tiene que recuperarse si quiere ser estado. ¿Quién querría incorporar un estado quebrado?

Los independentistas se unieron a los estadistas, diz que para descolonizar -un fin deseable que no pasa necesariamente por la destrucción previa. En vez de estructurar un plan económico, comercial, político y social para viabilizar la nación puertorriqueña, situándola en condiciones competitivas con otras de la región, optaron por acabar con lo que había para luego bregar con las ruinas. Ese juego riesgoso nos ha puesto en peligro. Lo que había distaba de ser perfecto, pero nos mantenía en pie. Hubiera podido reformarse y desarrollarse, ensanchando progresivamente sus limitaciones. No se hizo.

Los del centro -los populares- no están exentos de culpa. Su debilidad propició el estado actual de las cosas. En vez de instalar directrices dinámicas, creativas, que sentaran bases más firmes desde las cuales maniobrar de cara a Estados Unidos, en vez de idear maneras de fortalecer las capacidades del país, prefirieron la inmovilidad. Atrincherados en sus posiciones, optaron por una creciente dependencia. Se buscaron lo que tienen. Hubiéramos necesitado reformas y tuvimos gobiernos anquilosados, políticos trasnochados y pendencieros, líderes miopes y corrupción. Quien no se mueve se queda atrás.

Esta isla, afortunada en su hermosura natural y en la bondad sencilla de sus gentes, carece absolutamente de líderes con visón política. Unos y otros-todos – son incapaces de establecer alianzas, de cooperar, de pensar en el bienestar común más allá de unas fórmulas preconcebidas que apenas han cambiado en los últimos 120 años. Teníamos poco espacio para maniobrar, cierto; ahora tenemos menos. Teníamos una medida limitada de auto gobierno, evidente; la hemos perdido. Nuestra conducta política y económica ha sido funesta. Prácticamente invitamos que sucediera lo que sucedió: un retroceso hacia el colonialismo más burdo, la falta de representación más crasa, la falta de respeto más hiriente.

Nadie pensó en el país, en mejorar la situación interna para que mejorara la externa. Nadie tuvo una visión abarcadora de futuro. Los partidos tomaron precedencia sobre el país.

Por eso estamos donde estamos y por eso no parece haber en el horizonte sino más de lo mismo.

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