Jon Borschow

Tribuna Invitada

Por Jon Borschow
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Una narrativa a favor del turismo

Cada vez que viajo, quedo impresionado con la velocidad en que los destinos del mundo evolucionan su oferta turística y cuán integrada está a la estrategia de desarrollo económico del país. Ese es el caso de Irlanda del Norte, sede de un ciclo de violencia sectaria que comenzó en 1969 que paralizó el país y no se resolvió hasta casi cuatro décadas más tarde. Belfast, en particular, fue escenario de bombardeos y asesinatos terribles en los setenta. Veamos cómo se convierte un episodio trágico en una atracción turística.

A causa de los fuertes vientos del Mar del Norte, nuestro crucero, en lugar de otro puerto más pintoresco, atracó de improvisto en el de Belfast. Dicho puerto es un área industrial, hormigón, acero, muelles y grúas… Un gran astillero donde gigantescas turbinas de viento (en piezas) comparten espacio con miles de toneladas de carbón y gravilla. No suena a destino turístico, ¿verdad?

Además, es difícil creer que Belfast con su violenta historia, pudiera visualizarse como tal. Sin embargo, si hay algo en que está de acuerdo este pequeño país tan dividido, es en el reconocimiento de que el progreso depende del desarrollo económico y que para convertirse en un destino para el mundo se necesita visión, compromiso y una buena narrativa.

Sus líderes visionarios, sabiendo que allí se había fabricado el Titanic, decidieron crear un museo de clase mundial, con tecnología espectacular, en los predios del puerto industrial donde se habría de reconstruir esta historia. A este museo, que atrae cerca de 800,000 visitantes anuales, lo han rodeado de un verdadero Distrito Titánico que comprende un área de 75 hectáreas e incluye monumentos históricos, una marina, áreas de vivienda y un parque de ciencias con instalaciones educativas y estudios fílmicos. Como dato curioso, allí se han producido éxitos como “Game of Thrones”, cuyos escenarios de rodaje atraen anualmente cientos de miles de visitas.

Un autobús nos dejó en un moderno centro de visitantes en la plaza central, donde toda la información sobre Belfast y las áreas circundantes que un turista pudiera desear se podía acceder en quioscos digitales audiovisuales. Estos ofrecían distintas experiencias para atender diversas preferencias de los visitantes, tales como: historia, naturaleza, deportes, cultura, etc. En la parte posterior había estaciones con asesores que podían diseñarle al visitante un itinerario personalizado e incluso hacer las reservas.

Casi nos habíamos olvidado de que esta ciudad era un campo armado, cuando nos cruzamos con un vehículo de la policía que parecía un camión blindado —vestigio de un pasado aún cercano y un futuro todavía precario. En las ciudades de Belfast y Derry, que también visitamos, pudimos ver las murallas que hasta el presente separan los barrios Protestantes de los Católicos, solo que ahora tienen aperturas para que se pueda cruzar entreellos y están adornadas con murales, convirtiéndose en otra atracción para los visitantes.

La lección de todo esto es que mucho se puede lograr con visión y compromiso. Miremos con detenimiento las maravillosas narrativas que podemos ofrecer como país, desde las leyendas alucinantes hasta las historias reales y atraigamos el ojo del visitante curioso, deseoso de vivir plenamente. Contémosle cómo un huracán puede traer a nuestras costas refugiados vecinos que escapan la muerte y encuentran a nuestra gente deseosa de poder ayudarles. Mostrémosle las paredes de un Santurce que proclama el arte como ley, aun cuando haya crisis acechando la esquina. Narrémosle cómo la vida se halla en esta parte del mundo. No tenemos que inventar la rueda, solo visibilizar los activos que tenemos en Puerto Rico para lograr nuestra meta. Establezcamos cuál es el norte, y con visión compartida mejoremos la experiencia del visitante. Si lo hizo Belfast, ¡lo haremos nosotros!

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