José Gabriel Martínez Borrás

Tribuna Invitada

Por José Gabriel Martínez Borrás
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Una nueva configuración del poder en Europa

Las elecciones parlamentarias en la Unión Europa (UE), en agenda la próxima semana, presentan por primera vez en su historia una coyuntura sumamente politizada. Hay una percepción entre la ciudadanía de los estados miembros de que la UE es un mecanismo burocrático con un déficit democrático.

En los debates de política internacional que se suscitaron en la posguerra, el modelo de la UE era aclamado como un hito en los procesos de regionalización. Los estados de Europa Occidental comenzaron el proyecto bajo el contexto geopolítico de la Guerra Fría, procurando unir recursos y cooperación bajo la ayuda norteamericana (el Plan Marshall). De inmediato, los estados miembros de la entonces denominada Comunidad Europea se destacaron por la creación del estado benefactor y la social democracia del período. Sobre todo, para enfrentar a los modelos de economía planificada de los estados del bienestar comunistas, al otro lado del telón de acero.

Según descendía el crecimiento económico de la posguerra en los países occidentales, la ideología neoliberal de los libres mercados influyó en la construcción posterior de la UE. El Tratado de Maastricht (1992) y la adopción del euro (vigente desde el 2002) llevó a la financiarización bancaria y la precarización de los mercados laborales, con gran resistencia de la tradición sindical que distinguió al continente. Finalmente, la Gran Recesión del 2008 y la crisis de la zona euro, reflejó un aumento en la desigualdad y la implementación de políticas de austeridad, dejando gran parte de la ciudadanía postrada ante las fuerzas del mercado.

Ante esta crisis, las fuerzas ultraderechistas resonaron con discursos xenofóbicos, simbolismos religiosos y nacionalistas para retar a las fuerzas del estatus quo, que parecían desmantelar el estado benefactor por exigencias de los mercados, en detrimento de la gente. Los partidos de extrema derecha aprovechan esta situación para esgrimir un discurso mesiánico demostrando que, en tiempos de crisis, el análisis y conciencia política se hace más urgente.

En las próximas elecciones regionales se vislumbra una mayor participación, por el impacto que podría tener una nueva mayoría euroescéptica en el parlamento de la región. El panorama presenta varias alternativas: 1) las fuerzas del estatus quo, ligadas a la austeridad, concentradas en los partidos de centro (neoliberales); 2) las fuerzas nacionalistas ultraderechistas, que profesan un discurso anti-institucional y xenófobo; 3) las fuerzas progresistas que proponen eliminar la austeridad y activar reformas urgentes a nivel social, político y ambiental. Un ejemplo de esta última es el programa adoptado por la coalición gobernante en Portugal, que podría ser un modelo a nivel regional.

Estas divisiones no son nuevas en el viejo continente. Las analogías con el nacionalismo antes de la Primera Guerra Mundial (voto a favor de la acción bélica) y el ascenso del fascismo (después de la Gran Depresión) advierten sobre la incomprensión de las causas del conflicto. El resultado no debe ser tan abrupto, pero habrá que ver las repercusiones o la nueva configuración de poder y el impacto en las instituciones, las cuales sin duda repercuten ante las necesidades globales contemporáneas: la crisis de la desigualdad y ambiental que enfrentamos.

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