Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Una nueva Divina Comedia

Allá por la Edad Media, cuando los artistas, religiosos y otros hombres de poca o mucha fe pregonaban los monstruos que le esperaban a los pecadores en el más allá, surgió la obra clásica, La Divina Comedia. Divina por su corte religioso, comedia por su final feliz. 

En esta gran epopeya, el poeta Dante Alighieri, su autor, evoca el simbolismo del número tres, fundamentado en la Santísima Trinidad, y nos lleva de paseo a tres destinos del más allá: el Paraíso, el Purgatorio y el Infierno. Paseo lleno de simbolismos para unos, y descripción real de estos tres niveles para otros. 

Similar paseo es el que este país ha tenido que soportar en las pasadas semanas, vinculado a la tragedia de nuestras instituciones de justicia. Paseo que nos lleva por un camino descendente cada vez más oscuro y peligroso. Una “epopeya” que ya es imposible que tenga un final feliz.

Secuencia encadenada de eventos que de igual forma evoca la magia del número tres, pues son tres planos o niveles donde esta batalla campal se pelea. En la superficie del primer plano se encuentran tres “diosas” de la justicia: la Secretaria de Justicia, la presidenta del FEI, y la directora de la Oficina de Ética Gubernamental. Allí, estas tres figuras, como miembros de una familia disfuncional, intercambian flechazos de oro envenenado, en una guerra de dos contra una.

Si continuamos descendiendo por el sinuoso camino circular de los misterios políticos, llegamos a otro nivel aún más oscuro. En este hay tres figuras sentadas en sus tronos. Dos de ellos, Rivera Schatz y el Gobernador mueven sus fichas como maestros del ajedrez; mientras sentada en otro trono, con un mar que la separa de los demás, está la Comisionada Residente. A lo lejos, ella contempla y disfruta del espectáculo, esperando a ver quién sobrevive. 

En el último nivel, cuando ya pensábamos que el trágico viaje descendente había terminado, nos encontramos de nuevo con el mágico o trágico número tres. Allí, sentados como esperando un milagro que no sucederá, se encuentran nuestras instituciones y sus beneficiarios, nuestra gente, y nuestro futuro. 

El gran perdedor en esta gran intriga son nuestras instituciones, esos mecanismos de orden social y cooperación que gobiernan el comportamiento de los individuos que componen una sociedad.  Mecanismos que datan de cuando el hombre empezó a caminar erguido y cuya permanencia provee un grado de certeza, continuidad y confianza a los miembros del clan.  El problema con ellas es que de tanto estar ahí, nos acostumbramos y las damos por sentado, desvalorizándolas en el camino.

Si alguna institución tiene raíces profundas en la historia del hombre es esa que tiene que ver con la seguridad y la justicia entre los miembros del grupo, clan o sociedad.  Esa es precisamente la gran víctima de esta intriga de palacio que vemos día a día como se desdobla frente a nosotros.

La reconstrucción de nuestro país no solo se compone de la reparación de postes, alumbrado, estructuras y hoyos en la carretera.  También tiene que incluir la reconstrucción y revalorización de muchas de nuestras instituciones que han perdido su lustre y que provoca como dice el refrán popular, que la gente “ya no crea ni en la luz eléctrica”.

Esta reconstrucción no necesita de fondos federales ni de contratistas de aquí o del extranjero, solo requiere de voluntad y de tener la conciencia del impacto de nuestros actos en esos mecanismos tan valiosos de orden social.  Que el pueblo recobre esa confianza requerirá tiempo, esfuerzo y consistencia, pero eventualmente aportará a devolverle la esperanza de un futuro mejor a todos los que componemos esta sociedad.

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