Fernando Moreno Orama

Tribuna Invitada

Por Fernando Moreno Orama
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Una nueva generación de juristas en Puerto Rico

Con frecuencia se repite que en Puerto Rico hay muchos abogados y que las escuelas de derecho no deberían graduar tantos juristas para ejercer en un campo que ya está saturado.

Sin embargo, quienes corean ese estribillo pierden de perspectiva la importancia de los abogados en nuestro ordenamiento constitucional.

La labor básica de cualquier jurista es resolver problemas. Pero más importante aún, es que esos problemas se resuelvan pacíficamente y bajo los parámetros de equidad y justicia que el sistema provee. Es por ello que las sociedades democráticas necesitan de personas capacitadas para resolver asuntos que van desde lo más personal, como una adopción, un divorcio o una herencia; hasta problemas que afectan la vida en comunidad como las violaciones a los derechos civiles, el cumplimiento con leyes que protejan el ambiente y los recursos naturales o que se garanticen los mejores métodos de educación para nuestra juventud, independientemente de las necesidades de aprendizaje que puedan tener.

Los abogados que salen de las escuelas de derecho del país cargan con la responsabilidad de que nuestras instituciones públicas y privadas puedan cumplir con sus objetivos y alcanzar su máximo potencial dentro del marco jurídico que las dirige. De igual manera, les corresponde a los togados de todas las generaciones luchar por la justa resolución de los problemas de sus clientes sin importar cuán grandes o pequeños puedan parecer. Por décadas hemos creado y recreado sistemas complejos que requieren la pericia de operadores capacitados para que los casos puedan llegar a una solución final y en estos tiempos esa realidad es todavía más tangible.

El acceso a la justicia solo se logra si todos los componentes del sistema están presentes y preparados. El rol de las escuelas de derecho, por tanto, no es solo instruir a las nuevas generaciones de juristas, sino aportar a la sociedad mediante la investigación jurídica, la educación continua y la búsqueda incansable de la verdad. En fin, lejos estamos de aquella utópica propuesta de Shakespeare de crear un mundo sin abogados, sino más bien esforzarnos en crear un mundo con juristas verdaderamente conscientes de las responsabilidades que su título hermana.

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