Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Una ofensiva necesaria

Los puertorriqueños sabemos defendernos, pero no contraatacar. Resistimos pero no nos afirmamos. Durante 118 años hemos resistido, de cara al imperio más poderoso sobre la faz de la tierra, los intentos hechos para cambiar nuestra lengua, nuestras costumbres y nuestras formas de sociabilidad. Resistimos a un temprano régimen militar; a las huestes de maestros que intentaron educarnos en el “American way of life”; a veinte gobernadores estadounidenses, muchos de ellos ignorantes y prejuiciados. Incluso hemos resistido a los intentos hechos por gobernantes y alcaldes criollos de asimilarnos a la trágala a la sociedad americana.

La resistencia no basta. El acto de replegarse sobre sí, erigiendo barreras defensivas, limita las capacidades de una sociedad. Los habitantes de las ciudades sitiadas morían heroicamente si el cerco se estrechaba, pero morían.

A estas alturas, aunque la trayectoria de una resistencia centenaria mayormente pasiva nos ha permitido sobrevivir como puertorriqueños y no como estadounidenses residentes en el Caribe, es hora de evaluar cómo encarar el futuro inmediato, que pinta muy poco halagüeño. Hemos sentido los zarpazos de un imperio que, si bien nos permitió jugar a ser autónomos durante más de medio siglo, nunca cedió, en derecho, ni un ápice de su poder sobre nosotros. Nos engañamos –nos engañaron- con un espejismo. Concentramos en lo de gobierno “propio” para lo que nos convenía y –como hubo prosperidad y los políticos que la administraban no querían desestabilizarla- obviamos lo mediatizada de esa autonomía.

Las máscaras han ido cayendo y los disimulos cediendo. ¿Qué hay detrás del ELA si nos miramos al espejo de nuestra realidad actual? Hay una Isla caribeña básicamente pobre que ha estado viviendo mucho más allá de sus recursos gracias a un patrón nefasto de endeudamientos sucesivos y a una economía artificialmente sostenida (absurdo que pensáramos estar a la par con la nación más rica del mundo). Vemos una Isla que no cuenta ya dentro de los diseños políticos estadounidenses (la raíz de nuestra prosperidad estuvo en que sí contó en tiempos de guerra, tanto la caliente como la fría) y que ahora es una espina en su costado. La vemos cada vez más dependiente de dádivas, orientada hacia un solo mercado, incapaz de implementar un desarrollo económico proporcional a su tamaño y deseosa de seguir jugando con millones ajenos. Estamos malacostumbrados: los poderosos exigen cada vez más prebendas y privilegios, mientras que a los pobres se les niega sistemáticamente la ventaja más básica, la que podría salvaguardarlos de una vida deprimida: una buena educación. Vemos, finalmente, una Isla inerme ante reglamentaciones y restricciones impuestas desde afuera que le impiden tomar en sus manos –aunque sea a la desesperada- las riendas de su futuro, labrándose un camino económico viable.

Tan crítico es el momento que, despiertos ya del sueño cómodo que nos cegó a nuestras condiciones reales, no queda sino un recurso: contraatacar con la verdad. Es necesario que el mundo sepa –especialmente los Estados Unidos- nuestra situación; imprescindible crear consciencia de las circunstancias que obstaculizan nuestro desarrollo. Tenemos que mostrar la verdadera cara del colonialismo contemporáneo insertándonos en toda institución, internacional o no, con influencia sobre la política pública estadounidense. Debemos inundar los medios de comunicación, las redes sociales, los foros académicos con escritos lúcidos, balanceados, analíticos. Desechando -¡por Dios!- todo partidismo, toda porfía interna, los profesionales puertorriqueños -¡tantos formados en grandes universidades!- tienen que levantar sus voces con razones y no peticiones, exponiendo ante el mundo la situación puertorriqueña.

Los Estados Unidos en su totalidad –incluyendo el Congreso- necesitan entender a cabalidad la condición colonial de Puerto Rico, que está resultando insostenible no solo para nosotros sino incluso para ellos. Entre otras consideraciones, empaña su proyección de defensores mundiales de la “libertad”. Tapar el cielo con dinero no es ya una alternativa.

No podemos permitir que los políticos se encarguen de esa ofensiva pacífica; ellos son producto de nuestra humillante condición colonial. Hay quienes ya están haciendo su parte: el juez Torruella, por ejemplo, y el Centro para la Nueva Economía. Más voces deben afirmar, explicar, romper el cerco de silencio cómplice que nos mantiene a la defensiva. No vale resistir aislados; tenemos que revelar la cara desagradable del colonialismo desmaquillado que impide la participación de los gobernados en la toma de decisiones y en las medidas capaces de viabilizar el futuro de un país pequeño.

Quizás entonces, y solo entonces, podamos vislumbrar en el horizonte alguna solución para nuestro predicamento.

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