Robert Villanúa

Tribuna Invitada

Por Robert Villanúa
💬 0

Una oración por Notre-Dame

El mensaje de mi hermana en la grabadora suena como un disparo: ¡Notre-Dame está en llamas! Son las cuatro de la tarde. Imágenes perturbadoras brotan del televisor. La potencia del gigantesco incendio que devora la mítica catedral me deja aturdido: una escena de fin de mundo en plena Semana Santa.

Decir Notre-Dame es decir París, es decir Francia. Entre los brazos del río Sena se está quemando el corazón de la capital y del país. ¿Habrá víctimas? ¿Serán perdonados tantos tesoros inestimables? ¿Se quemará la corona de espinas de Cristo? ¿Se afectarán los 7,800 tubos de su célebre órgano? ¿Qué pasará con la bellísima arquitectura gótica que hace del monumento un patrimonio estético de la humanidad?

Alguien comenta que ya se esfumó la totalidad del armazón de madera, denominado “el bosque” por los 13,000 robles que sirvieron para su construcción. Cuatrocientos bomberos tratan de contener el siniestro, mientras miles de franceses y de turistas observan, afligidos e impotentes, con ese dolor espantoso que acompaña las catástrofes. Creyentes y no creyentes cantan, rezan y lloran en la plaza, frente a las torres del más famoso monumento religioso de Francia, visitado anualmente por más de 12 millones de personas.

Yo también me pongo a entonar, en la lengua occitana de mi infancia, los emotivos cánticos dedicados a María, la diosa mayor. Cuántas veces hemos recorrido esos alrededores a lo largo del Sena, muy cerca del animado barrio Saint-Michel. Viajes, rostros, voces resurgen en mi memoria...

Recuerdo cuando el maestro de escuela primaria recreaba el destino de Henri IV. El rey de mi región natal tuvo que casarse con Marguerite de Valois en el atrio de Notre-Dame, porque, siendo protestante, no estaba autorizado a entrar en el templo católico.

Recuerdo a Monsieur Aurian, mi profesor de literatura, contándonos cómo el poeta Paul Claudel entró en Notre-Dame el 25 de diciembre de 1886 y, ante la estatua de la Madona y el Niño, experimentó una intensa iluminación que lo llevó a abrazar la fe católica por el resto de su vida.

Notre-Dame no es solo una iglesia icónica. Es, sobre todo, una presencia entrañable, un cuerpo generoso, que nos ha acompañado y protegido en tantos momentos cruciales de nuestra historia.

Milagrosamente sobrevivió a los ardores de la Revolución Francesa y a la crueldad de la ocupación nazi. En ella se celebró, con un tedeum y un magnificat, el final de dos guerras mundiales. En ella también cobraron vida los inolvidables personajes de Víctor Hugo, el jorobado Quasimodo y la gitana Esmeralda. En ella entraron, el 2 de diciembre de 1804, Napoleón Bonaparte y Joséphine de Beauharnais para su consagración. El general corso no permitió que el papa actuara. Prefirió coronarse a sí mismo y coronar a su esposa, escena inmortalizada en el gigantesco cuadro de Jacques-Louis David expuesto en el museo del Louvre.

Se ha derrumbado la aguja de la Torre Central. Cómo no recordar la caída de las torres gemelas de Nueva York. Pero, esta vez, el desastre responde a la fatalidad del accidente. En 30 minutos, el fuego pulveriza 850 años de historia.

El presidente Emmanuel Macron formuló lo que todo el mundo quería oír: “Vamos a reconstruirla en cinco años, y será más bella que nunca”. Promesa creíble en un país tan persistente como Francia, donde el orgullo cultural está profundamente arraigado en el espíritu nacional.

Notre-Dame de París ha provocado nuestra admiración, acogido nuestro pasado, nuestro presente, nuestros muertos y nuestras plegarias. Hoy está herida. Pensando en mi querida madre recién fallecida, en mis maestros inspiradores y dedicados, en mi familia de ambos lados del Atlántico, apuesto a la resurrección gloriosa de ese símbolo amado del pueblo francés. ¡Qué sus campanas repiquen bajo el cielo de la Ciudad Luz por muchos siglos más!

Otras columnas de Robert Villanúa

💬Ver 0 comentarios