Gustavo Vélez

Tribuna Invitada

Por Gustavo Vélez
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Una reconstrucción "Hecha en Puerto Rico"

A ocho meses del impacto del devastador huracán María, algunos indicadores económicos evidencian que la economía local ha comenzado un proceso de recuperación. Durante los primeros tres meses del 2018, la economía muestra signos de mejoría gradual apoyada por la inyección de cerca de $10,000 millones por parte de FEMA entre octubre de 2017 y abril de 2018.

En los primeros cuatro meses del 2018, la venta de cemento aumentó un 24% con respecto al mismo período del 2017. En el primer trimestre del 2018, la venta de autos aumentó 11% con respecto al 2017, y las principales industrias de consumo experimentan fuertes ventas, particularmente la industria de alimentos. Este sector, recibió $1,200 millones de fondos del Programa de Asistencia Nutricional (PAN).

Hemos planteado anteriormente y reiteramos, que la multimillonaria inyección de dinero federal para financiar la reconstrucción de la isla, creará un dinamismo de corto plazo que debe durar al menos 24 meses. También hemos sostenido, que el gobierno debe aprovechar esta inyección de recursos para mitigar los efectos de las reformas estructurales y la austeridad que impone el Plan Fiscal y la Ley Promesa.

Si caemos en la ficción de que esta recuperación será indefinida y nos recostamos en la comodidad del corto plazo, volveremos a recaer en una severa contracción en el 2020, que puede ser mortal para Puerto Rico. Para ese momento, no habrá Título III de Promesa, ni otras protecciones.

De esta forma, el gobierno y la Junta de Supervisión Fiscal, deben superar sus diferencias y comenzar a implementar a la mayor brevedad, las reformas que devolverán a la economía a la ruta del crecimiento luego del 2021.

Dentro de la adversidad que provocó el azote de “María” se han abierto varias ventanas de oportunidad que no existían antes de la catástrofe ciclónica. Luego de la larga depresión iniciada en el 2006, la inyección de ayudas multimillonarias puede servir para reactivar la economía de la mano de las empresas locales, lo cual puede aumentar el efecto multiplicador dentro del sistema.

En “arroz y habichuelas”, tenemos ante nosotros la gran oportunidad de maximizar el efecto económico del programa de reconstrucción de la isla, si en efecto se integra la mayor cantidad de empresas locales a este proceso.

Desde el punto de vista macroeconómico, mientras más participación tengan las empresas locales, en los procesos de reconstrucción de la isla, mayor es el impacto multiplicador en el resto de la economía. Me refiero al impacto de multiplicador sobre la producción, el empleo y el ingreso.

Mientras más empresas locales se contraten en los proyectos de recuperación, más capacidad de creación de nueva riqueza local se puede generar, lo cual puede servir como fundamento para una recuperación sostenida. En la dirección opuesta, mientras más participación tengan las empresas del exterior, más dinero se escapa del sistema económico local, hacia el país de origen de estas corporaciones.

Claramente, hay proyectos y trabajos que por su complejidad, no hay empresas locales preparadas para hacerlos, pero debe crearse una política pública que promueva la subcontratación de empresas nativas, para lograr los objetivos económicos anteriormente mencionados. Quiero dejar claramente establecido, que la integración de empresas locales debe tomar en cuenta, precios adecuados y niveles de calidad aceptables para las titánicas tareas de reconstrucción física de la isla.

En segundo lugar, los fondos aprobados son suficientes no solo para reconstruir a la isla, sino para encaminar nuevos modelo de planificación urbana y no volver a construir a lo loco. El conglomerado de la industria de la construcción, que colapsó luego de los excesos vividos a finales de la década del 90 y principios del nuevo siglo, tiene un nuevo respiro para hacer las cosas bien, y no caer en la trampa del desarrollismo sin controles, con la que cavaron su propia tumba.

También esperamos que la banca sea más rigurosa en su decisión de otorgación de financiamiento para evitar los errores que llevaron a la insolvencia de cuatro instituciones bancarias en el 2010 y 2015. El país y el gobierno federal, también esperan que el fantasma siempre presente de la corrupción, los amiguismos y la falta de transparencia, no estén presentes durante este histórico proceso de reconstrucción de Puerto Rico. Esa mala fama nos sigue pasando una dura factura en la capital federal, en el peor momento histórico. Creo que esto es una gran oportunidad para mejorar nuestra imagen haciendo las cosas bien.

Desde el inicio de la gran depresión local en el 2006, no se habían dado condiciones tan fértiles para superar el estancamiento productivo. La posibilidad de implementar reformas estructurales, sanear el gobierno y las finanzas públicas; restructurar la millonaria deuda con un marco jurídico al que no se tenía acceso; la inyección de $30,000 millones en ayudas federales para financiar la reconstrucción; y una economía norteamericana en pleno crecimiento y expansión.

No obstante, urge una nueva actitud de todos y un sentido de responsabilidad único hacia la actual coyuntura, particularmente de la clase política. En fin, necesitamos una cultura de gobernanza y madurez institucional, que dirija este proceso histórico de rehacer nuestra patria desde los escombros que nos dejó María.

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