Sila María Calderón

Tribuna Invitada

Por Sila María Calderón
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Una renuncia anhelada

La ansiada renuncia de Ricardo Rosselló, aunque dilatada, es un profundo respiro para el pueblo puertorriqueño. Un pueblo extenuado y abatido que añora volver a la normalidad de su vida diaria. Un pueblo que, olvidándose de divisiones políticas, supo darse a respetar en un clamor multitudinario y pacífico que dio la vuelta al mundo. Un pueblo que se cansó de patrañas, vejámenes y mentiras. Un pueblo que proyectó mundialmente ejemplo en el ejercicio de la expresión libre y democrática.

Ciertamente, en los últimos días, hemos demostrado civismo intachable y fuerza moral para orgullo nuestro y de las generaciones por venir.

Sin la cubierta de los cuartos oscuros de los chats, los puertorriqueños y las puertorriqueñas lanzamos la voz a los cielos con nuestra verdad y con nuestro reclamo. Hombres, mujeres con sus niños, ancianos, y más aún, jóvenes, jóvenes por doquier... Todos, sin escondernos de nadie, gritamos, cantamos, bailamos, reímos y hasta lloramos. Con todas nuestras energías, vociferamos a los cuatro vientos: ¡Queremos respeto! ¡Queremos gobierno limpio! ¡Queremos paz! ¡Fuera los que nos denigran!

Resta ahora que la secretaria de Justicia, actual sucesora constitucional, asuma el control de una administración desarticulada y desmoralizada con rapidez y sagacidad. Es menester llenar las vacantes de gobierno con gran cuidado, haciendo lo imposible por formar un nuevo gobierno cuyo fin sea el servicio desinteresado, el bien común y el respeto. Y, de esta forma, se retome otra vez el curso certero de la gobernanza confiable de los asuntos públicos en nuestro país.

Todos los llamados “cabilderos”, que hasta ahora han saqueado las arcas públicas con influencias indebidas, deben ser desterrados para siempre. Este nuevo gobierno debe ser uno de ley y orden, de pulcritud en el otorgamiento de contratos y de salvaguardas formales instituidas en todas nuestras agencias. Debe ser poblado por dirigentes inteligentes, conocedores de sus respectivas materias y experimentados en la ciencia, o el arte, de gobernar.

En fin, debe trazarse una línea clara e intransitable entre lo que es público y lo que es privado, entre lo que es gobierno y lo que es política.

Nos toca a todos ponernos a la orden en la titánica y complicada tarea de echar a caminar otra vez nuestra administración pública. Propongo que los componentes del sector privado, de las organizaciones sin fines de lucro y de los organismos públicos lleven a cabo un trabajo conjunto de colaboración con el nuevo gobernante en la forma más desinteresada posible. El trabajo por delante es arduo, pero se puede realizar si continuamos unidos, anteponiendo nuestro país a todo.

Igualmente, este es un momento de reflexión profunda. Lo que ha sucedido requiere análisis cuidadoso de modo que no nos encontremos nunca más en una situación tan triste como la presente. La cualificación de los candidatos a nuestra más importante posición política tiene que ser estricta. Entre otros, es preciso examinar con prudencia el trasfondo personal de los aspirantes a la gobernación, sus capacidades administrativas, sus características individuales y sus ejecutorias previas.

Sin embargo, ahora tenemos una responsabilidad inmediata. Seamos generosos, seamos pacientes, enfrentemos los retos por delante con renovados bríos. Pensemos en nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Seamos puertorriqueños primero. Todo lo demás es secundario. No se trata de partidos, ni de ideologías, y mucho menos de posicionamientos electorales. Se trata de nuestro desarrollo y estabilidad económica y social. Se trata de atender a los miles que aún esperan después del desastre del huracán María. Se trata de darle un gobierno efectivo y de excelencia a Puerto Rico.

Si lo hacemos de esta forma, se continuará poniendo en alto el nombre de Puerto Rico y de nuestra democracia, tal como se ha hecho en las últimas semanas.

Quitémonos el luto. Falta mucho por hacer. Vamos hacia el frente con fuerza, con la cabeza en alto, con las manos limpias, la mirada fija en el futuro y toda nuestra fe puesta en Dios y en nosotros mismos.

¡Que viva nuestro pequeño gran país!

¡Adelante, Puerto Rico!

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