Antonio Pérez Aponte

Punto de vista

Por Antonio Pérez Aponte
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Una revolución ilusoria

Todavía está por escribirse la historia de lo que realmente sucedió. De momento prevalece la percepción simple de que el pueblo fue el protagonista victorioso. ¿Pero quién se beneficia con la renuncia de Ricardo Rosselló? ¿Los empleados y jubilados públicos? ¿Los empresarios puertorriqueños y extranjeros? ¿Qué podría cambiar?

Ricardo Rosselló, quien comenzó su campaña electoral condescendiente con el gobierno federal y dispuesto a colaborar con la Junta de Supervisión Fiscal (JSF), dio un viraje político inevitable ante la crisis fiscal y las políticas recesionarias. A meses de gestión gubernamental, logró que coincidieran el Congreso, la política republicana de la administración Trump y la JSF contra su gobierno. Todos a una, como Fuenteovejuna, exigen la negociación y el pago de la deuda.

Tras el paso del huracán María llegaron los ojos escrutadores de las agencias federales. Desde entonces, Trump parece al tanto de la corrupción. Despotrica insensato: “la deuda no se pagará con los fondos de María”.

Y es que durante la gestión rosellista prevaleció el pulseo por el fantasma de la anexión, la negociación contenciosa de la deuda, el conflicto político e ideológico entre republicanos y demócratas, las investigaciones federales y la corrupción percibida como norma. Toda esta presión acumulada estalla como bomba, encendida por la mecha de un grupo gobernante insensible, arrogante y con la lengua suelta. Imagine usted la sorna sonrisa de los agentes federales cuando Raulito Maldonado sugiere el escándalo y su desenlace. Como si los federales no lo supieran.

Renunciado Rosselló por la presión popular, la gobernación apetece a varios prospectos anexionistas. No prevalecerá ninguno de sus allegados. ¿Será negociadamente impuesto algún republicano evidente para despejar cualquier duda de sumisa fidelidad puertorriqueña? ¿Negociará Rivera Shatz la fantasmagórica imagen senatorial por una gobernación de colaboración impoluta? Así quedaría allanado el camino para legitimar el pago de la deuda odiosa. Así se instalaría un gobierno más dócil y simpático al interés del Tío Sam.

Pero no. Celebremos el indudable éxito de esta primavera boricua de encargo extranjero. Así se proyecta la apariencia de una transición democrática ante la crisis de gobernanza. Y digo apariencia de transición democrática porque, aunque pareciera tratarse del daño autoinfligido de Rosselló y su camarilla (que en cierto sentido lo es), detrás está el golpe veraniego orquestado por interés estadounidense.

Si algo cambió, está por verse. Mientras, celebramos esta revolución ilusoria cuyo objetivo coincide con el antagónico interés del colonizador.


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