Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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Una torre que canta

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¡Ahí están los campanazos de nuevo! Esta vez no se te escaparán. Los buscas desorientado en la nueva casa. Por acá por este cuarto no es porque se alejan un poquito. Le vas a preguntar a Rafi pero no crees que le interese debido a que está muy ocupado con el garabato que pinta en la pared. Sales al pasillo y ahora sí que los sientes claros. ¡Corre! Es hacia allá, hacia el balcón. En tu búsqueda atolondrada ves a Abuela en la cocina, afanada con sus guisos olorosos. Los campanazos vienen de lejos. Como del cielo. La baranda del balcón te frena, te impide descubrir el misterio. ¡Ya! Se apagaron otra vez. Enmudeció la caja de música como en las pasadas ocasiones. ¡Qué malo! Habrá que esperar a los nuevos toques. Al menos ya sabes que por aquí es el camino. Mientras tanto ahí llega tu madre, fatigada por las escaleras de esta casa loca que no te acaba de gustar. Tan encerrada y alejada del mundo… del río, de los pájaros, de la gritería de los niños. ¡Qué caliente se te pone el pecho cuando piensas en esas cosas! Tu madre te ve y saca fuerzas para sonreír. Suelta los libros en la mesa del comedor y te abre los brazos. Corres hacia ella. Te abrazas a sus muslos. Ella se inclina para besarte la cabeza. Hunde la nariz en tu pelo y resopla. ¡Ah, qué rico! Mami es tan blandita y tan dulce. Te la comerías en pedacitos.

2

Cruzan la calle. Tu madre y su amiga no han parado de hablar. Tampoco Norita que dice cada tontería. Rafi, por su parte, le hala la falda a tu mamá para que pare en la heladería, pero ella se hace la sorda. En eso se escuchan los campanazos. A ti te salta el corazón. Comienzas a buscarlos con la mirada. Provienen de allá, pero ¿de dónde?

“Esa es la torre de la universidad”, te aclara Norita con aires de sabelotodo. “¿Y qué es eso? ¿La universidad?”.

“Esa es una escuela de gente grande. Ahí es donde estudian tu mamá y la mía”. Tú te quedas pensando, tratando de entender. “¿Y la torre?” No te gusta la forma en que Norita te mira ahora. “La torre es una cosa bien alta con un reloj bien grande que da campanazos cada hora”, te explica ella con una puntita de burla en los labios. La miras un poco avergonzado. “¿Tu mamá no te ha llevado a verla?”. Tú no contestas.

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El golpe seco del bombo te hace saltar del susto. Le agarras la mano a tu madre que se abre paso entre el gentío apostado en las aceras para ver el desfile de cadetes. Marchan parejos, con sus uniformes planchados y sus gorras bien puestas. Serios, tiesos, con las gotas de sudor bajándoles por los cachetes y la frente. Detrás vienen los músicos sonando sus instrumentos. Algunos de los presentes aplauden. Teresa te sonríe. Lo que se perdió Rafi, piensas. Pero tu mamá no quiso traerlo por lo inquieto que es. Ya pasaron todos. El público se dispersa. En eso rompen los campanazos. Fuertes y cercanos. El corazón te da en los dientes.

“La torre”, dice tumadre sin darle importancia.

“¡Yo quiero verla!”.

Caminan un trecho a toda prisa y ahí la tienes. Altísima y distinta a todas las cosas bellas que conoces. Con su imponente reloj-garganta y sus adornos delicados que te recuerdan a los angelitos de la iglesia.

“Bonita, ¿verdad?”, dice tu mamá. No contestas. No puedes.

“¡Vamos a subir!”, le pides a tu madre temblando de la emoción.

Entran a la planta baja.

“A esto se le llama la rotonda”, te indica tu mamá.

Tú observas la rueda metálica en el piso con letras y dibujos torcidos.

“¿Por qué le ponen esos tubos con la cadena?”

“Para que gente como Rafi no la pise”, responde tu madre de buen humor. “Vente… vamos”.

Tus palpitaciones aumentan a medida que suben por una escalera larga y angosta. Llegan al siguiente nivel y se detienen.

“¿Ves eso?”, te señala Teresa. “Ahí están las campanas”.

Tú las escuchas entre confundido y admirado. Lanzas los ojos a través del hueco oscuro pero no alcanzas a ver nada. Quizá aquello sean cuerdas. Tal vez lo otro sean pedazos de metal. Pero nada de eso tiene que ver con los campanazos misteriosos que te elevan.

“¿Eso… es todo?”, preguntas decepcionado.

“Sí. De ahí es que sale el sonido”.

“Aah...”

Meditas un poco. Tu madre te observa divertida.

“¿Qué tú esperabas encontrar? ¿Duendes y hadas?”.

Tú no contestas pero sabes que eso no puede ser todo.

“Las campanas… yo no las veo”.

“No se ven”.

“¿Y cómo hacemos para verlas?”

“No podemos”.

“¿Por qué no?”.

“Pues… porque no está permitido”.

Tú la miras en espera de una mejor respuesta.

“Vámonos que se me hace tarde”.

Bajan la escalinata y se alejan del edificio. Giras la cabeza para despedirte de la torre. En este instante se van posando en el balconcito del campanario un puñado de palomas. Ya se espantarán con los campanazos… y con el futuro que le espera a la universidad: la intromisión de los políticos, la presencia de la policía, la militarización del recinto, las marchas de protesta, las asambleas, los paros, las huelgas, la brutalidad policíaca, el incendio del edificio de la Reserva de Entrenamiento Militar (ROTC), las balas, las muertes, el caos, la represión, los burócratas corruptos, los edificios enfermos, el alza en el costo de la matrícula, el compadrazgo, las palas, la congelación de plazas, los contratos de servicio, los nombramientos fatulos, el traqueteo con las becas, los recortes abusivos, la Junta de Control Fiscal…

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