Noel Algarín Martínez
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Una vida nueva después de María


Te miro dormir mientras extiendes tus brazos como buscando abrazar una esperanza… Hay tanto que quisiera contarte, hijo... Tanto.

Decirte, por ejemplo, que posees el milagroso don de quitarme la vida y devolvérmela con solo una sonrisa. Contarte que muchas de estas palabras ya habían sido juntadas por mí antes de que nacieras, pero sentía la necesidad de rescatarlas para que un día lleguen a su destino final: tus ojos.

Expresarte que eres el resultado de un ejercicio de amor en medio de uno de los tiempos más tristes y convulsos de nuestra historia reciente.

Cuesta creer que ya pasó un año desde el azote del huracán María. Cuesta creer que en unas semanas se cumplirá un año desde que supe que vendrías.

Ese día de octubre de 2017 en que conocí de tu llegada costaba respirar el aire. María había arrasado con Puerto Rico hacía poquito más de un mes y no había muchas señales que apuntalaran la reconstrucción del país... al menos no en las semanas y meses siguientes.

Días antes había salido a hacer ejercicios. Partí corriendo desde Laguna del Condado hasta el Viejo San Juan, y luego de regreso al punto de origen por la avenida Ponce de León. A la altura de la panadería Imperial en Puerta de Tierra, sonó en el playlist que aportaba la banda sonora a mi carrera la canción “I am a river”, de Foo Fighters. De pronto, sin saber bien por qué, entré en un estado de elación. Aligeré el paso, corregí la forma y postura, y con la vista en el horizonte bajé por el costado del parque Luis Muñoz Rivera a toda prisa, impulsado por el punto climático de la canción en el que se conjuga un arreglo sinfónico con la distorsión de la guitarra. Luego la voz del cantante gritándome en cada zancada: “I!... I!... I am a river!” (“¡Yo!... ¡Yo!... ¡Yo soy un río!”).

Aquello debía ser una señal, hijo. La imagen del río discurriendo poderoso, sin detenerse un segundo y renovándose en el flujo de su corriente, se apoderó de mí. Los ojos se me hicieron agua en medio de aquel estado de excitación y emoción. Aunque en mi recorrido se avistaba un paisaje sombrío y desolador, con árboles y escombros tirados por todas partes, con estructuras destruidas o abandonadas a causa del huracán, una corazonada me decía que algo bueno estaba por venir. Al río, como a la vida, no lo para nadie. Pueden cambiar su curso, pero él encontrará por donde salir y reclamar su espacio.

La confirmación a mi corazonada apenas tardó unos días. En la mañana en que me enteré que llegarías también salí a correr para oxigenar mi cabeza y aflojar tensiones. A mi regreso a la casa, tu madre me esperaba con una foto de nuestra familia acompañada de una nota. Me dijo que había que seguir adelante, pues teníamos un proyecto de vida juntos. Nos abrazamos hermosamente, mientras sollozábamos en catarsis. Entre lágrimas, leí la nota como pude. Tras ver mi cara al terminar de leer, tu madre se percató que no había captado la parte más importante del mensaje y dio vuelta al marco con la foto familiar. Ahí estaba la prueba de embarazo colgando de un pedazo de cinta adhesiva. Leía: +.

Es un recurso muy explotado en el cine, pero podría jurar que como en las películas, el tiempo redujo su marcha y la vida comenzó a moverse en cámara lenta. En ese momento, hijo mío, el ruido calló pese al coro de plantas eléctricas a nuestro alrededor. Era como si tu mamá y yo nos hubiésemos quedado solos en el mundo. Faltaba electricidad, pero no luz. De pronto, lo que nos nublaba se fue disipando y tú, para entonces un diminuto embrión, pasabas de golpe al primer lugar de todas nuestras prioridades y preocupaciones.

En ese instante, entendí que eras tú el río que días antes se me anunció mientras corría y que se iba alargando en el vientre de tu madre.

Nueve meses después, puntualmente en el día de julio en que se proyectaba que llegaras, aquí estabas. Naciste tan hermoso que ni en sueños te pude imaginar. Ahora solo espero ayudarte a crecer fuerte y feliz hasta que encuentres tu cauce y discurras en libertad por la vida.

En el ínterin, vigilo tu sueño mientras vuelves a extender tus brazos como intentando abrazar el futuro, aunque lo desconozcas… Hace un año, tras el paso de María, yo dudaba del futuro. Pero si hoy el futuro tiene sentido y me transmite esperanza, es gracias a ti.

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