Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Un barco al garete

Un año y pico antes de que al barco le tocara zarpar, se había desatado la terrible tormenta. El que siembra vientos, cosecha tempestades, ha dicho más de uno y aquí habíamos sembrado para cosechas que ni botándolas se acaban. El mar, los vientos, las olas, bramaban como bestias heridas. Aun así, el capitán, joven e inexperto, pero muy arrojado, decidió zarpar. Nos metíamos mar adentro agarrados de las barandas y persignándonos. Más pronto de lo que se podía imaginar, el barco estaba haciendo agua.

El capitán disponía un costoso arsenal de artificios, argucias y fullerías para entretener a los pasajeros, de manera que no se dieran cuenta de que había agua entrando a cubierta: un plebiscito aquí, una demanda allá, una fiesta más allá, clientelismo por delante, populismo por detrás, pelúa por delante y pelúa por detrás.

Eran, como se dice por ahí, “divertimentos”.

No obstante, seguía lloviendo y tronando. Los relámpagos, cada vez más frecuentes y más intensos, alumbraban lo que tanto se trataba de ocultar: crisis en el anillo palaciego más íntimo a causa de posibles ilegalidades cometidas en un chat, cientos de muertos que regresaron desde el más allá a reclamar que los contemos y no los olvidemos, el colapso operacional de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), el desmadre administrativo y operacional en el Departamento de Seguridad Pública, un papelón ayer, dos hoy y tres mañana, eso y más.

Más o menos así, se pueden describir los primeros veinte meses de la administración del gobernador Ricardo Rosselló, que esta semana, en lenguaje cifrado, reconoció al fin que las cosas no le estaban saliendo como quería, y envió señales de humo dando a entender que quiere cambiar de rumbo. Eso no es malo. Pasa en todos los gobiernos. Aquí, las sacudidas se vieron más temprano que en otros, pero hay que reconocer, manos arriba, que las circunstancias son muy distintas y mucho más complicadas que antes.

Nunca nadie había manejado el barco puertorriqueño en tan feroces aguas. Pedro Rosselló gastó a manos llenas cuando solo unos cuantos locos advertíamos que ya se podía atisbar la tormenta gestándose donde se juntan el cielo y el mar. Sila Calderón también sabía lo que nos esperaba, pero tenía la opción de dejarle el pastel al sucesor, y navegó por la orillita sin aspavientos hasta pasarle el timón al próximo. Le siguieron los cuatro años perdidos de gobierno dividido y la pesquisa federal de Aníbal Acevedo Vilá.

Luis Fortuño hizo aguaje de recoger velas al principio, pero, quedándole todavía margen para maniobrar, maniobró y cómo (metiéndole $17,828 millones a la tarjeta de crédito del gobierno). Alejandro García Padilla, que llegó con solo la nariz fuera del agua, estuvo desesperado tratando de sacar conejos del sombrero a ver si podía, como los anteriores, sobrevivir hasta las elecciones, pero en el verano de 2015 la realidad se le agarró de las piernas. Tuvo que alzar las manos, declarar “the debt is not payable”, y el resto es historia.

Baja el telón, sube el telón y aparece en escena el capitán Ricardo Rosselló, que llega con la cuenta de banco en negativo, con una Junta de Supervisión Fiscal que le dibujó un cuarto chiquitito para que se entretenga ahí dentro, lo cual lo tiene claustrofóbico y, para colmo, con un huracán que destasaja al país antes de que pudiera siquiera cumpla su primer año en el cargo.

Estipulado, entonces, que lo tiraron a gobernar como a quien tiran a nadar con un bloque amarrado a una pierna, habría que estipular también que algunas acciones u omisiones suyas han empeorado el panorama. La lista es larga, como dice el anuncio, pero entre los principales desaciertos están la inestabilidad en que ha mantenido durante estos 20 meses a la AEE, el empecinamiento en no reconocer que mucho más de 64 murieron a consecuencia de María, el caso Whitefish y el desmadre en el Departamento de Seguridad Pública, más unas cuantas misceláneas que el país no puede olvidar, aunque a veces quisiera.

Tenían estos meses al país con la incómoda sensación de que íbamos al garete, esa expresión tan puertorriqueña que viene de la jerga de la navegación para referirse a un barco que va a la deriva. Nos preguntamos, más de una vez, ¿dónde está el piloto? Demasiado a menudo, cuando al gobernador le planteaban algunos de estos problemas, respondía con un “yo no sabía”.

Fue, por un tiempo, el elefante en el salón (o en el barco), al que todos veían, pero del que nadie hablaba. Pero después la gente, incluso del mismo Partido Nuevo Progresista (PNP), le perdió el temor a hablarlo: muchas de las dificultades tenían raíz en la falta de experiencia de Ricardo Rosselló, quien antes de ser gobernador solo había trabajado como asistente en laboratorios y unos cuantos semestres como profesor universitario.

Al llegar a La Fortaleza, además, se rodeó de gente de perfil similar. Más de uno no ha dado pie con bola, pero el gobernador ha demostrado una extraña alergia a deshacerse de gente que no sirve. Los que han salido lo han hecho cuando ya no queda más remedio, como los implicados en la trama del chat.

Lo que pasó esta semana fue la admisión tácita, porque la imagen es lo primordial para este gobierno, de que hacía falta un golpe de timón.

Para las tareas críticas, al gobernador le encanta buscar gente de afuera, con resumés que impresionen. Esta vez, para la secretaría de la Gobernación, que es algo así como sus ojos, sus oídos, su mano derecha y ocasionalmente hasta su voz, escogió a Raúl Maldonado Gautier, hijo de un lechero de Cataño, que hizo toda su educación en la Universidad de Puerto Rico (UPR), que puede ser muy penepé, pero no se formó en las entrañas del partido y que, además de canas, que es lo que se le ha señalado, tiene también calle, que quizás es más importante.

Tiene fama de ser lo que se conoce como un “smooth operator”, de los que manda y va. Se dice que es muy eficiente. Lo respeta gente de todos los partidos y los que no tienen partido, también. Hubo en el país disimulados suspiros de alivio: al fin, percolaba por ahí, hay alguien en el primer anillo palaciego que ha visto mundo. Maldonado dice que él sí se va a atrever a decirle al gobernador, con las maneras apropiadas, por supuesto: “mire, compai, eso es un disparate, dele reversa”.

El gobierno de Puerto Rico tiene más enredos que la cabeza de Medusa. Es más hondo que el mar y más ancho que un desierto. En cada recodo del camino, hay agazapado alguien, espada en mano, intentando que nada cambie. Legiones han muerto (simbólicamente) en el intento de hacerlo cambiar. Ese minotauro, esa bestia peluda de patas de caballo, torso de buey, cabeza de dragón y aliento de fuego, se ha tragado vivo a más de uno, a más de cien.

¿Será Raúl Maldonado Gautier el próximo? Ya veremos.

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