Luce López Baralt

Con Acento Propio

Por Luce López Baralt
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Un ¡bravísimo! apesadumbrado para el maestro Maximiano Valdés

Ante todo, va un ¡bravísimo! para el maestro Maximiano Valdés, director titular de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico y director artístico del Festival Casals, por el tan merecido Doctorado Honoris Causa en Música que la Universidad de Puerto Rico, creciéndose a la altura de su antiguo prestigio, le acaba de otorgar. Valdés, chileno de origen y formado en Italia, es hoy un ciudadano del mundo que ha desarrollado una intensa carrera musical en Europa, Estados Unidos y Asia. Recipiente de prestigiosos premios internacionales, ha trabajado mano a mano con compositores de la talla de Leonard Bernstein y Krzysztof Penderecki y mi marido y yo somos testigos de la admiración con la que Yo Yo Ma, uno de los cellistas más célebres del mundo, ha encomiado su andadura musical.

Por confesión propia, el maestro Valdés asumió su destino puertorriqueño con un particular sentido de felicidad: hispanoamericano como nosotros, sabía que llegaba a una tierra hermana. De ahí que, cuando atemperó a los tiempos el repertorio del Festival Casals, privilegió decididamente el talento de nuestros músicos puertorriqueños. Y se hizo boricua de corazón: Carmen Acevedo Lucío da fe de que se ha consagrado “como uno de los directores más venerados en la historia de nuestra orquesta”. Lleva razón la consagrada coralista, pues cuando la catástrofe del huracán María, este maestro chileno con vocación puertorriqueña no dudó en llevar el solaz de la música a quienes lo habían perdido todo. Como puntualiza la decana de Humanidades Agnes Bosch, junto al obsequio enaltecedor del arte, Valdés y su orquesta llevaron medicamentos, alimentos y agua a los centros de refugio. Me atrevo a decir que después de Pablo Casals no hemos tenido otro director tan profundamente comprometido con esta isla y con su orquesta, a la que Valdés siempre llama con afecto paternal “mi” orquesta. Ciertamente es muy suya, porque nos la ha afinado de tal manera que ahora compite con las mejores del mundo. Muchas veces he escuchado en Europa el mismo repertorio que la orquesta había tocado bajo la batuta del maestro chileno para concluir que nuestra orquesta había tocado mejor. No hay que olvidar que, luego de interpretar el Concierto de Elgar en el Festival Casals, Yo Yo Ma se dirigiera al público que lo ovacionaba para proclamar a viva voz que había sido un honor tocar con la Sinfónica de Puerto Rico. No es de extrañar que el afamado chelista propusiera llevar nuestra orquesta a tocar en otros escenarios internacionales: esa es la medida exacta en la que respeta su altura profesional.

En la emocionante lección magistral con la que agradeció su doctorado honorífico, Maximiano Valdés reflexionó sobre la música como testigo de su tiempo. Recordó sus tempranos inicios, con las melodías sinagogales y los cantos gregorianos, los madrigales y las primeras óperas, las pasiones de Bach, dando paso a los nuevos tiempos históricos musicalizados por Beethoven; sin olvidar los románticos como Schumann y Wagner, el testimonio de la desintegración histórica de Gustav Mahler, las innovaciones de Schoenberg y de Stravinsky, las nostalgias de Tchaikovsky y Rachmaninov, hasta llegar a la intencionada apropiación de elementos folklóricos con la que Copland, Bernstein, Ginasterra y Villalobos comienzan a crear una identidad musical nacional en las Américas. Precisamente en esta nueva tendencia es que brillan para el maestro Valdés nuestros compositores: Campos Parsi, Amaury Veray, Quintón, Ernesto Cordero, entre tantos otros cuya música ha dirigido, comisionado y estrenado. Con razón comenta Marc Jean-Bernard que nuestro director titular no es un “guardián elitista del pasado cultural [...] sino un artista de la tradición viva”. Y de la tradición viva no solo occidental, sino puertorriqueña.

Tanto la Sinfónica como el Festival Casals y el Conservatorio de Música son parte integrante del patrimonio del pueblo de Puerto Rico. No constituyen una distracción extravagante para las élites, pues la música nos enaltece a todos como personas y como pueblo; nos civiliza, nos consuela y potencia lo mejor de nosotros. Nuestros músicos, por más, nos han hecho brillar en el mundo: las composiciones de Ernesto Cordero han sido interpretadas en Carnegie Hall, en Baden-Baden, en Rusia, en París y en Venezuela y han recibido altos elogios de los críticos del New York Times; mientras que Plácido Domingo ha prestado su voz al “Villancico Yaucano” de Amaury Veray. El Festival Casals y la Sinfónica han potenciado glorias puertorriqueñas como éstas, y apoyado no solo a nuestros compositores sino a nuestras masas corales, a nuestras nuevas voces y solistas, que marcan ya su paso por el mundo prestigiando su isla de origen.

Hemos tardado muchas décadas en hacernos de este patrimonio artístico de primera. Soy testigo de la larga historia del Festival porque de niña asistí a su estreno en 1957, y vi cómo revolucionó nuestra vida musical para siempre. En los ensayos de aquellos conciertos de antaño veíamos practicar a don Pablo junto a Arthur Rubinstein y Claudio Arrau, y a unos jovencísimos Itzhak Perlman y Zubin Mehta acudir de emergencia como artistas sustitutos ante el reclamo prestigioso del maestro Casals, ya tan nuestro. La Sinfónica estaba por aquel entonces constituida casi en su totalidad por músicos norteamericanos, con la honrosa excepción de los hermanos Figueroa, pero fui viendo con alegría cómo, con el paso de los años, se fue convirtiendo en totalmente puertorriqueña. Y bajo la batuta del maestro Valdés, terminó siendo una orquesta de primera. Puerto Rico ha llegado al fin a su rotunda madurez musical. Es un ejemplo artístico para el mundo y su Festival anual constituye un imán poderoso que atrae el turismo internacional. Cada temporada nuestra pequeña isla se convierte en un país inmenso, civilizado, prestigioso y abierto al mundo. Por haber sido parte de esta historia y haberla exaltado, ¡bravísimo!, maestro Valdés.

Pero se trata hoy de un¡bravísimo! apesadumbrado. Puerto Rico está a punto de perder el Festival e incluso su orquesta, pues hasta los salarios de sus esforzados músicos peligran. El gobierno y la Junta de Control Fiscal, que han confrontado nuestra crisis económica con notable torpeza, han ido eliminando paulatinamente las mejores expresiones culturales puertorriqueñas. Le han negado los fondos recurrentes a la UPR, al Conservatorio de Música, a las Academias y demás instituciones que son parte de un país civilizado. La legislatura ha secado los fondos de la Corporación de las Artes Musicales y con ello va a dar al traste de un plumazo con el Festival, que ya está programado para marzo pero que carece de los fondos para poder llevarse a cabo. Imaginemos la humillación de tener que cancelar la invitación de artistas de prestigio a última hora. Generaciones de complejísima preparación musical están a punto de volatilizarse en humo. Puerto Rico se mutila a sí mismo sin piedad, pierde su brillo, se aísla, se empequeñece, se trivializa, ultraja sus mejores inventos colectivos y destruye su propio patrimonio cultural. Es desalentador ver que hechos tan graves sucedan ante la indiferencia de las autoridades gubernamentales y de la Legislatura, que prefieren subvencionar a sus cabilderos fantasmas y levantar monumentos dudosos, como la estatua incompleta de Cristo, que yace irreverentemente a la intemperie; o como la descomunal estatua de Cristóbal Colón, cuyo timón anacrónico delata la pobreza artística del escultor ruso a quien se la comisionaron a costa de los contribuyentes.

El maestro Valdés se ha echado sobre sus hombros la defensa de las instituciones musicales puertorriqueñas ante estas autoridades silentes. No le ha sido fácil. Movidas por el plan de homologar a Puerto Rico con Estados Unidos, el gobierno y la Junta de Supervisión Fiscal han cortado la subvención de la orquesta y del Festival, que los gobiernos anteriores le otorgaban siguiendo la mejor tradición de los países europeos e hispanoamericanos, que reconocen la importante función que las universidades y las instituciones artísticas tienen para un pueblo. Las autoridades pretenden que, en imitación de la fórmula anglosajona de Estados Unidos, sean las organizaciones filantrópicas o privadas las que sustenten el arte. Pero Puerto Rico (desgraciadamente, hay que admitirlo) no tiene esa tradición filantrópica de otras latitudes y menos aun cuenta con una burguesía billonaria como la norteamericana para ayudar a mantener viva la tradición artística del país. Por más, el gobierno y la Junta no nos han dado el tiempo necesario para buscar una fórmula público-privada que poco a poco garantice la continuidad del Festival y de su orquesta antes de que se interrumpa su curso. Si eliminamos estas instituciones ahora, resucitarlas será improbable.

Acaso nosotros mismos tengamos que subsanar la irresponsabilidad de nuestro gobierno en quiebra: me consta que hay personas e instituciones dispuestas a colaborar económicamente con tal de salvar nuestra orquesta y nuestro Festival. Intentemos hacerlo antes que anochezca.

Y secundemos el alto ejemplo de la UPR, que otorgó al maestro Valdés un doctorado que lo marca como nuestro para siempre. Me emociona pensar que su investidura se llevó a cabo en el mismo teatro donde Casals fundara el Festival y la Orquesta Sinfónica. Era tanta nuestra gratitud a don Pablo que hace mucho le dimos allí algo que ni siquiera teníamos: una ciudadanía puertorriqueña. Si la tuviera, yo también se la daría hoy mismo al maestro Valdés. Puesta a soñar, no solo lo hubiera hecho doctor honorífico, sino claustral de facto, porque me consta que si se pudiera quedar entre nosotros sería para formar músicos puertorriqueños de auténtico calibre. No me pasó desapercibido que Valdés dedicara su grado doctoral a nuestra amada orquesta. Tan suya.

No sé qué destino nos aguarda. Pero, antes que anochezca, ¡bravísimo, maestro!

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