Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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Un desastre natural siempre acecha

El país y el gobierno amanecen hoy a la expectativa del impacto que pueda tener un desastre natural sobre una población que ya está en estado de emergencia.

Sea Irma o cualquier otro fenómeno, vivir en el Caribe y en medio de un cambio climático irrefutable nos hace vulnerables y proclives al desasosiego.

Sobre todo, comenzamos a especular cuán preparado y cómo responderá el gobierno.

La respuesta de un gobernante a un desastre natural es determinante y todos los ojos se posan sobre él. Por insensible que parezca, hay estrategas políticos que reciben los anuncios de huracán como una oportunidad de reivindicar la imagen de su líder y se preparan como si se tratara de un evento electoral.

La fragilidad de la infraestructura del país —particularmente la energética— presagia grandes dificultades en caso de un desastre natural que difícilmente mitigue campaña alguna de compasión y empatía. De hecho, el pronóstico de cualquier evento climático en estos momentos incluye que precipite los planes de privatización de la Autoridad de Energía Eléctrica.

No hay cinismo en este análisis. Quiero que amanezcamos hoy a la noticia de que Irma ha desaparecido de nuestro radar. Pero no puedo dejar de pensar en la cantidad de encamados que dependen de máquinas impulsadas por energía eléctrica para sobrevivir y la cantidad de pobres que viven precariamente en zonas inundables.

En la calle se discute livianamente la llegada de un desastre al mismo nivel estúpido del anuncio de un ron. La gente apuesta al cortavientos o la capa de agua, las botas y la gorra con la que aparecerá el gobernante en las pantalla de televisión.

Venimos de las imágenes de Texas que tan desfavorables le han sido al maltrecho presidente estadounidense. Los medios de comunicación se han dedicado a comparar las fotos de Trump en gorra blanca y cortavientos negro enarbolando solito la bandera de Texas, con la de pasados presidentes. Particularmente con la foto de Obama abrazado al gobernador republicano de New Jersey Chris Christie cuando el huracán Sandy en el 2012. Todos los analistas coincidieron entonces que esas imágenes le dieron la ventaja a Obama sobre Mitt Romney para su reelección apenas un mes después.

El mejor deseo es que el gobernador electo se luzca como líder de todos los puertorriqueños evitando politizar cualquier desastre natural, Irma o no Irma.

El reto es inmenso.

Apenas el jueves, tras una hilera de apagones selectivos en todo el país, se anunció el adelanto de los planes de privatización de la AEE. Presto el viernes, el director de la agencia Ricardo Ramos admitió que la vulnerabilidad del sistema eléctrico es grande y no permite augurios.

“Si viene un huracán categoría 4 o 5, olvídese de Energía Eléctrica, aquí la prioridad debe ser salvar vidas”.

Nada más cierto. El sistema de salud de Puerto Rico está en crisis y un huracán puede significar la muerte para muchos que tienen su salud comprometida.

Más de cuatrocientas mil personas viven en zonas inundables.

Muchas de nuestras carreteras y puentes están en estado precario y pueden colapsar a la menor provocación dejando incomunicadas a comunidades enteras.

Si para el gobernante es un reto, para el país lo es más todavía. No hay forma de recibir un huracán de alta categoría con tranquilidad. Podemos prepararnos individualmente en lo básico: limpiar los alrededores de la casa y almacenar agua y comida para varios días a sabiendas de que cualquier evento nos puede dejar sin servicios esenciales por semanas.

Pero lo que realmente nos corresponde es aceitar la solidaridad. Desde hoy mismo debemos reconocer nuestros vecindarios y determinar quiénes en ellos son los más vulnerables para estar prestos a ayudar cuando sea necesario.

Ser los primeros en despolitizar nuestra vulnerabilidad como país para enfrentarnos juntos a lo impredecible.

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