Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Un fantasma en la ópera

Un murmullo colectivo recorrió la sala Antonio Paoli cuando salió la diva. Alta, delgada, de caminar majestuoso, arrastraba con elegancia la cola de su hermoso vestido blanco. María Callas nos hechizó con su presencia a más de 40 años de su muerte. El público prorrumpió en aplausos estruendosos.

No era, sin embargo, la Callas quien estaba allí; era un espejismo, una sombra, su imagen captada en un holograma. Pero tan real era esa imagen, tan naturales sus gestos y poses, tan gentiles sus saludos al público agradeciendo los aplausos, que la ilusión se reafirmaba. Estábamos ante un juego de espejos, una especie de laberinto perceptual que se asemejaba -en esencia- al de la película de Orson Welles, “The Lady from Shanghai”, que multiplicaba la imagen de Rita Hayworth. ¿A quién veíamos? ¿A la Callas saludando, indicándole al director de orquesta -ese sí muy real- que comenzara, o a una imagen especular que repetía gestos de hace medio siglo? El efecto era desconcertante. Estaba y no estaba; era ella y no lo era; la veíamos sin verla de veras. Pero la escuchamos todos; en eso no hubo duda posible. Su voz -sublime- se adueñó de la sala.

La tecnología ha llegado al último reducto de los escenarios. Hace más de un siglo la figura humana y sus acciones se reproducen mecánicamente en la fotografía, el cine, la TV. La sala de conciertos, sin embargo, con sus músicos y solistas, con sus convenciones -saludos y aplausos puntuales- con la expectación de los públicos, consagrado todo por siglos de continuidad en la forma, conservaba gran parte del “aura” cultista de que hablara Benjamin en su famoso ensayo “El arte en la era de la reproducción mecánica”. Esa “legitimidad” de lo singular, de lo limitado al tiempo y espacio actuales, queda ya en entredicho. Una cita de Paul Valéry en el epígrafe del ensayo de Benjamin dice, en parte, así: “En todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del conocimiento y la fuerza modernos. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son, desde hace veinte años, lo que han venido siendo desde siempre. Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción misma del arte.”

La capacidad de reproducir no ya un concierto sino la presencia de una persona, multiplicando su imagen cuantas veces lo permita la tecnología y en una variedad de circunstancias (incluyendo su interacción con quienes actúan en vivo, como la Orquesta Sinfónica en este caso), altera la idea misma de lo que es un solista. El holograma, que la mayoría de nosotros solo habíamos visto en películas de -justamente- “ciencia ficción” (la princesa Leia hablando hologramáticamente con R2-D2 en “La guerra de las galaxias”), podría presagiar cambios significativos.

El holograma de Callas parecía captar su alma misma, no yaen imágenes quietas (como una fotografía), ni en otras de acción (como en una filmación), sino en la reproducción exacta de los gestos y reacciones personales que definieron a la cantante en vida cuando se enfrentaba al público. Reproducía su presencia escénica.

La experiencia fue, a la vez, sublime y extraña. Oímos cantar a María Callas y la vimos interactuar incluso con el director de orquesta. A 41 años de su muerte, nos cautivó con su voz y su gracia, pero -sobre todo- nos situó ante una nueva frontera de esa intersección siempre cambiante entre el arte y la tecnología.

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