Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Un financiero y el cierre de las escuelas

Como último asunto en la agenda, el Director de Finanzas le presentó a la Junta de Directores, lo que en su opinión era una idea genial, que revolucionaría la empresa. Esta, una empresa de servicios, con un presupuesto de $2,500 millones, se dedica a proveer servicios a su clientela a través de alrededor de 1,000 sucursales. En los pasados años, había visto reducirse significativamente su clientela y se espera que esa tendencia continúe en el futuro.

Antes de empezar, el Presidente de la Junta le dice: “Recuerde que todo lo que venga a sugerirnos tiene que ahorrarnos dinero o hacernos más eficientes, y si son las dos, mejor”.

El Financiero, haciéndosele la boca agua, soltó su propuesta:

“Propongo cerrar una tercera parte de las sucursales y eventualmente cerrar la mitad de ellas”. A renglón seguido, añadió: “Esto nos debe ahorrar la friolera de $15 a 30 millones anuales”.

El Presidente de inmediato preguntó por qué los ahorros eran tan pequeños, ni siquiera un 2% del presupuesto de la empresa. El Financiero le recordó que, en la estructura de gastos del negocio, alrededor del 60% era nómina, y que no se iban a despedir empleados; además indicó que el otro gasto más importante es el de los edificios. Al respecto aclaró que este gasto no se reduciría mucho, porque, por un lado, alrededor de la mitad de las sucursales ya estaban saldas, y en la otra mitad, había que seguir pagando la renta, porque había unos préstamos que se habían hecho para ese fin.

Rascándose la cabeza otro Director dijo:

“Pues me imagino que, si no nos ahorramos mucho, por lo menos podremos rentar o vender todas esas sucursales que se quedaran vacías, generando así ingresos adicionales”.

El Financiero respondió, que con lo mal que estaba la economía, muy pocas de esas facilidades podrían venderse o alquilarse, y que la mayoría se convertirían en edificios abandonados.

Sin dejar de rascarse, el Director volvió al ataque:

“¿Pues entonces me imagino que tenemos un estudio que diga que el cierre de las sucursales tendrá un efecto brutalmente positivo en la eficiencia y el servicio que le damos a los clientes?”.

El Financiero indicó que no podía poner la mano en la candela en ese tema, ya que la organización tenía fama de ser poco efectiva logrando que cambios estructurales impactaran el servicio al cliente.

Antes de la próxima pregunta, el Financiero defendiéndose por adelantado indicó:

“La lógica es la siguiente: tenemos las mismas sucursales que cuando teníamos 600 mil clientes. Hoy tenemos 300 mil clientes; por lo tanto, nos sobran sucursales”.

Cansado de preguntar, el Director dijo:

“¿Cuál usted estima que sea el efecto de los cierres en el grado de satisfacción de nuestros clientes? “.

Sonriendo el Financiero dijo:

“De eso no se preocupe, somos el proveedor más barato, nuestra clientela no tiene otra opción que seguircon nosotros”. El Director contesto sarcasticamente:” así que podemos darnos el lujo de maltratar a nuestros clientes”. Sonriente al sentir que su mensaje había llegado, el Financiero dijo: “Así mismito”.

Otro Director, un maestro retirado que se había mantenido en silencio, tomó la palabra y dijo: “Señor Financiero, su lógica aristotélica le tendió una trampa porque en sus premisas está contenida su conclusión. Usted usa una lógica simplona para concluir que ‘nos sobran sucursales’. No he escuchado en el día de hoy una buena razón que justifique este cambio. Si no hay ahorros, ni aumento en eficiencia, y lo que se provocará será incomodidad, problemas de acceso y edificios abandonados, por qué la prisa en cerrar sucursales; ¿por qué no hacerlo poco a poco mientras se van vaciando?”. O aquí hay algo que no nos han dicho…”.

Esta es la historia de nuestras escuelas, plasmada en el contexto de un servicio provisto por la empresa privada. Ni aún mirando la educación como si fuera un negocio, donde el objetivo siempre es maximizar las ganancias, se justificaría el cierre de tantas escuelas.

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