Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Un gobernador en un hoyo

Durante las últimas semanas, los residentes de Puerto Rico hemos visto a Ricardo Antonio Rosselló Nevares, casado, padre de dos, de 40 años recién cumplidos, undécimo gobernador del Estado Libre Asociado (ELA), caer en las profundidades en espiral de un hoyo insondable y perderse en la densa oscuridad. Ahora nos asomamos al hoyo y allá, en la distancia imposible, apenas se siente algo moviéndose; se oyen, si acaso, algunos ecos (“estoy indignado”, “pido perdón”, “no lo vuelvo a hacer”, “no voy a renunciar”). 

Las señales de vida son muy débiles. Nos preguntamos todos cómo el joven político podrá gobernar desde allá abajo. Dudamos de si tiene la capacidad de ascender de la honda fosa, recomponerse y dirigir. Si lo logra, será un milagro como nunca antes habíamos visto. 

En las febriles pasadas semanas, Rosselló ha perdido el apoyo de buena parte del país, de la Legislatura de su propio partido, de organismos de su colectividad, del Congreso de Estados Unidos de la Junta de Supervisión Fiscal, de medio mundo. Muchísima gente trabaja bajo la certeza de que Rosselló perdió la capacidad para gobernar, si es que alguna vez la tuvo. Se le siente atrincherado en La Fortaleza, desvinculado de la realidad sanguínea del país, rodeado de un grupo de colaboradores cada vez más pequeño y más joven. 

Se habla en voz alta hoy de posible renuncia, cosa que, con todo lo dados que somos aquí al drama y al paroxismo, rara vez pasa. Se vio obligado Rosselló, anoche, cuando llegó de Europa, donde vacacionaba, y de donde en principio no quería volver, a decir: “no voy a renunciar”. Nadie en un matrimonio feliz tiene que declarar “no me voy a divorciar”. Eso se da por sentado. Si lo dice, es que hay dudas. Y aquí las dudas, por todos los santos, seguro que las hay. 

Desde que en el 2008 el entonces gobernador Aníbal Acevedo Vilá fue acusado de cargos federales de los que eventualmente fue absuelto, no se hablaba en voz alta en Puerto Rico de posible renuncia de un primer ejecutivo del ELA. De esa magnitud, entonces, son los problemas de Ricardo Rosselló. Dios sabe que hemos tenido gobernantes malos de sobra. Ni en ese tétrico panorama nos habíamos visto obligados a plantearnos posibles renuncias de quien ocupara el primer puesto electivo del país.

Es que no se sabe, francamente, cómo Ricardo Rosselló va desenredarse de la tela de araña que hace semanas viene envolviéndolo, limitándole su radio de acción y demandándole toda su atención.

Son problemas de una gravedad inusitada. Esta semana, le arrestaron a las exjefas de dos agencias que entre ambas manejan cerca del 50% del presupuesto del ELA, Julia Keleher, anterior titular del Departamento de Educación y Ángela Ávila, que hasta hace menos de un mes dirigía la Administración de Seguros de Salud (Ases), que administra el plan de salud del gobierno. También le arrestaron al presidente de BDO, la principal firma consultora del gobierno, Fernando Scherrer, a Alberto Velázquez Piñol, consultor estrella de esta administración y a dos hermanas a las que Keleher presuntamente les arregló un contrato que no merecían. 

No bastó la acusación contra las jefas de dos agencias que tenían a su cargo dos de las iniciativas emblemas de esta administración, quienes presuntamente le arreglaban contratos a allegados al Partido Nuevo Progresista (PNP), sin que el gobernador, se nos dice, lo supiera. Es que también la acusación dice que en las agencias públicas cabilderos y contratistas bien conectados con este gobierno campean por sus respetos, obteniendo acceso a información confidencial y privilegiada de la que se aprovechaban para sus negocios privados. 

Eso estuvo denunciándose por meses en la prensa. El gobernador nunca le dio importancia. Las inspectorías de las agencias federales a las que se le daba el tumbe sí prestaron atención y de ahí los arrestos. Las acusaciones movieron al congresista con jurisdicción sobre Puerto Rico, el demócrata Raúl Grijalva, a tomar la inaudita determinación de pedirle la renuncia a Rosselló y a dirigentes republicanos a declarar que van a poner más trabas para la asistencia que Puerto Rico sigue necesitando para recuperarse del huracán María.

Después vino el chat, con su ramillete de burlas, vulgaridades, indecencias, misoginias e insultos dirigidos a partes iguales  a gente del PNP, a periodistas como este su servidor, a la Junta de Supervisión Fiscal, a la directora de ese organismo, Natalie Jaresko y hasta a Melissa Mark Viverito, expresidenta de la Asamblea Municipal de la Ciudad de Nueva York, a la que el gobernador dirigió el ataque verbal más bajo que jamás se le pueda hacer a una mujer. 

El jueves, el gobernador pidió un perdón genérico por lo que ya se sabe del chat y por lo que pueda saberse después, pero no ha habido gestos concretos hacia los ofendidos. Solo pidió disculpas cara a cara a los presidentes legislativos Thomas Rivera Schatz y Johnny Méndez (del primero se burlaba y al segundo le dirigió una vulgaridad que manda madre), pero no porque el gobernador los buscara para desagraviarlos, sino porque estos se le metieron en La Fortaleza tan pronto llegó de Europa el jueves. 

Se suman esos eventos de los pasados días a los de las pasadas semanas (el despido fulminante del secretario de Hacienda, la súbita y errática pesquisa policiaca al hijo de este, la comparecencia al Gran Jurado del secretario de la Gobernación y la revelación de que hay pesquisa federal también contra el subsecretario de la Gobernación Erik Rolón en su otro sombrero de titular de Corrección, entre otros eventos) y se entiende la analogía de un gobernador que cayó en un hoyo bien profundo.   

Y cuando se piensa en lo que hay en el horizonte (800 y pico de páginas que no se han filtrado todavía y de las que se dice que dejarán corto lo que ya se sabe; pesquisas en la otorgación de los multimillonarios contratos del plan de salud del gobierno, de la que se dice que se lleva a cabo en Nueva York y en la que se cree que está implicado Elías Sánchez, mega cabildero y personaje de la más estrecha confianza personal y política de Rosselló, más otras cosas que también palpitan por ahí) y se entiende por qué es que no se ve cómo Rosselló pueda salir de ese hoyo. 

Gobernar efectivamente requiere de credibilidad y de la capacidad de ejercer autoridad moral. Obliga a poseer las herramientas que permitan poner a distintas voluntades a moverse en la misma dirección. Necesita de apoyos dentro y fuera del partido propio. En el caso de Puerto Rico, requiere también de apoyos en el Congreso de Estados Unidos. Necesita de la confianza del público. 

Allá en la soledad de la húmeda caverna en la que está hoy encerrado, Ricardo Rosselló no cuenta ni con una sola de esas herramientas. Está maniatado. Sus acciones lo aislaron. No hay siquiera, y esto quizás es más grave aún, la esperanza de que pueda encontrar cómo levantarse sobre las turbulencias que agitan la vida puertorriqueña en estos días aciagos y gobernar como este país lo necesita. Lo que queda de este cuatrienio va a ser, pues, como tantas veces hemos vivido ya antes, más años perdidos.

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