Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Un hombre bueno

Un hombre bueno, con toda la riqueza que la palabra implica de atención a los demás, de solicitud por sus necesidades y de una presencia dispuesta siempre a la ayuda: eso fue John Talbot, sacerdote jesuita.

No se hacía notar, pero estuvo atento al talante de su momento y de su entorno, especialmente dentro de una orden —la Compañía de Jesús— y de una iglesia —la Católica— que sufrieron grandes transformaciones en el siglo pasado. Tuvo claro siempre que el trabajo pastoral era el centro de su misión sacerdotal. (No puedo evitar una anécdota: cuando unos “hackeadores” usaron mi nombre para pedir dinero entre mis contactos cibernéticos, aduciendo que estaba extraviada —sin documentos ni fondos— en Inglaterra, él me mandó un mensaje en que me decía que, siendo sacerdote, no tenía dinero, pero que se había comunicado con la tesorería del colegio San Ignacio para que me socorrieran.)

Oriundo de Nueva York, de padres irlandeses de clase trabajadora, me contó en una ocasión que su juventud transcurrió en un West Side de Manhattan anterior al que apareció en la célebre película que dramatizaba la historia del barrio. La vida de aquella comunidad se centraba en la parroquia y su escuela.

Todo cambiaría con la llegada de cientos de miles de puertorriqueños que —a diferencia de los irlandeses y los italianos de migraciones anteriores— no se trasladaban con sus sacerdotes. Fue entonces cuando unos cuantos visionarios —entre ellos Monseñor Ivan Illich— pusieron en práctica la inculturación, significando con ello que para evangelizar había que asumir la cultura —el idioma y las costumbres— de aquellos a quienes se dirigía el ministerio.

Ya jesuita, Talbot —que había aprendido español e insistía en hablarlo— vino a Puerto Rico en 1961. La Compañía de Jesús había regresado a la Isla en 1945 tras casi un siglo de ausencia, estableciendo una casa de ejercicios espirituales, Manresa, en Aibonito y —unos años después— un colegio, San Ignacio.

La Isla pasó a ser parte de la provincia de Nueva York, de donde habían llegado ya algunos jesuitas norteamericanos, como Edward Berbusse y Marshall Winkler.

El padre Talbot estuvo en Manresa, luego en el Centro Universitario Católico de la UPR en Río Piedras, donde los jesuitas iniciaron una obra pastoral que aún subsiste. En los años cincuenta y sesenta esa obra propició un brote extraordinario de espiritualidad en aquel centro docente: varios profesores prominentes entraron a órdenes religiosas. El Colegio Universitario de Cayey (CUC) fue el ámbito de acción del beato Charlie Rodríguez, quien podría llegar a ser el primer santo boricua reconocido por la Iglesia.

Talbot fue superior de los jesuitas durante algunos años y estuvo también —brevemente— en una parroquia en Comerío y más tarde en Barrio Obrero. En todos los lugares y puestos hizo manifiesto su compromiso con la fe y la justicia. Su muerte —a diferencia de otras— deja una estela de esperanza, una sensación de alegría y gratitud por su persona.

En este tiempo próximo a la Pascua de Resurrección, su vida de entrega incondicional al pueblo que hizo suyo nos habla de la fe en una realidad superior a la dada por la naturaleza. Y su disposición continua de ayuda a quien necesitara apoyo, consejo, solidaridad o cooperación convirtió en realidad patente el amor sin reservas de Cristo.

La vida y la muerte de John Talbot, jesuita americano, puertorriqueño por los años que vivió entre nosotros, hombre justo y bueno, nos conminan a la alegría. Dio testimonio de un mundo mejor instalado entre nosotros aquí y ahora por la redención y muestra de la vida abundante que nos aguarda cuando termine nuestro tiempo en esta tierra.

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