Ana Teresa Toro

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Por Ana Teresa Toro
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Un luto colectivo

A veces hay que escribir con dolor. Con rabia. Con urgencia. Hoy es una de esas veces. Y hay que hacerlo sin excusas. Sin temor. Con mente y corazón abiertos. Aunque caiga el aluvión de lodo y nos entierre hasta las palabras. 

El estudio dice que son 4,645 muertos. No es la primera investigación que arroja números similares. Los periodistas del país llevan meses advirtiendo la injusticia que representa el mantener una cifra oficial en 64. Y el gobierno tiene la cara de preguntarnos, como lo han hecho con sus acciones: ¿qué tanto les importa un número? ¿Por qué ese interés en saber cuántos fueron?

Tiene una que tragar gordo, respirar y gritar. Sí, porque hay momentos en los que lo que corresponde es gritar: PORQUE CADA VIDA IMPORTA. Puñ… Esta vez, el improperio no viene al caso de una celebración, responde al dolor que todos tenemos encima desde ese 20 de septiembre. Ese grito viene desde el estómago, del mismo lugar donde todos tenemos una piedra apretándonos la entraña desde ese día, una roca muy parecida a las que se lanzan en las protestas. Lo simbólico duele tanto cuando es literal. 

Cada vida importa, porque la dignidad de vivir no se completa sin la dignidad de morir. Porque jamás vamos a superar lo que nos pasó, si no entendemos exactamente qué nos pasó. Porque hubo quienes murieron entre el viento y el horror, pero son muchos, muchísimos más, los que murieron como resultado del desastre administrativo a nivel federal y local. Nos hemos cansado de decir que la naturaleza hace el fenómeno atmosférico, pero la tragedia, esa la ejecutan los errores humanos y la ineptitud, los sistemas políticos fracasados, el diseño de un país que nunca ha podido serlo del todo. El servilismo a un gobierno colonial que nos escupió en la cara y nos lanzó el papel secante para que nos limpiáramos el rostro. 

Lo sé. Escribo con coraje. Pero es tiempo de ello. Tampoco hay que ser insensata. Estoy segura de que nadie —o quiero pensar— que nadie en el gobierno se levantó por la mañana a pensar en cómo agravar la tragedia que ocurría y sigue ocurriendo para muchos en la isla hasta el día de hoy. Pero hace falta un ejercicio de honestidad personal e intelectual en el país con relación a muchas cosas, pero sobre todo, con relación a lo que ha significado este huracán. Ver claramente los fracasos, comenzar a enmendarlos y aprender de ellos. Así ganarían mucho más que nuestro respeto, ganarían la posibilidad de no repetir el incontable número de errores, actos cuestionables, y negación a la verdad que hemos visto desfilar en los pasados meses. Y si nada de eso es suficiente, ganarían la posibilidad de salvar vidas que es lo que de verdad importa. 

Leo el estudio y lo confirmo. Este era el luto que estábamos sintiendo. La capa caída con la que nos movíamos por la ciudad. La bandera negra adolorida. El otro día escribía sobre el miedo a desaparecer, y me doy cuenta de que era eso, intentaba escribir sobre lo mucho que nos morimos todos cuando nos morimos tantos. Y fue imposible porque la muerte es un silencio absoluto. Malditos los que nos mienten.  

El desasosiego que sentimos días, semanas, meses después no era una cosa íntima, era ese luto colectivo que no nos han dejado llorar en paz. Malditos los que nos impiden despertar. 

Periodistas puertorriqueños lo dijeron, lo probaron, salieron a la calle, visitaron funerarias, morgues, entrevistaron gente y gente. Y se negaron a admitirlo. La verdad en sus rostros y su respuesta, más silencio. Otra muerte encima de la muerte. Malditos los que nos siguen enterrando en el silencio. 

Hoy lo dice un estudio de Harvard y su respuesta: más silencio, más imprecisión, más siembra de dudas. Ahora cuestionan hasta el método científico, o el procedimiento más exacto para trabajar con demografía, cuando lo que deberíamos preguntarnos es ¿por qué todos los métodos que tenemos nos han fallado? ¿Por qué no atender con la urgencia que amerita este luto colectivo del cual ninguno aquí o allá ha sanado? Por quitarnos nos quieren quitar hasta la dignidad de asumir nuestros muertos. Malditos.

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