Paul E. González

Buscapié

Por Paul E. González
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Un millennial en tiempos de María

Por la ventana entra la aurora de la mañana. Son las 6:30 am y despierto sudado, con el cántico de los gallos en la ventana. Ya hace días que no me levanto escuchando la alarma del teléfono celular ni al ritmo de Bruno Mars.

Permanezco acostado unos minutos reflexionando sobre la agenda de este nuevo día, y solo hay tres cosas por hacer: buscar agua, comida y gasolina. Atrás quedan los correos electrónicos, los estatus en Facebook, las propuestas, la universidad y las reuniones del trabajo. Ahora, los días consisten en simplemente sobrevivir.

Luego de asearme y bañarme con cubos de agua de lluvia, voy directo a la cocina a preparar el café. Esa bebida energizante que "estartea" las mañanas de nuestra rutina de 9 a 5. Solamente que en ésta ocasión, el café no lo prepara un barista en un "coffee shop" local utilizando café artesanal y una preciosa máquina espresso italiana, sino que se hierve agua en la hornilla de gas y se alista la greca para beberse un chorrito puya.

Son apenas las 8:00 am y siento que he hecho tanto, pero a la misma vez nada. Todavía no me he conectado en el ciberespacio para ver que hacen las amistades o enterarme de los temas de moda. Asimismo, los correos electrónicos se continúan acumulando y las tareas por completar continúan incompletas en la nube. Me pregunto, ¿el mundo se habrá dado cuenta?

En la desconexión me he vuelto a conectar con las cosas que realmente son importantes en la vida. En nuestro afán del día a día a veces las dejamos a un lado y nos sumergimos tanto en lo rutinario que nos olvidamos de lo básico.Maslow tenía razón.

Todavía no es mitad de la mañana y toca preparar la casa para el día que apenas comienza. Del patio subimos los candungos de agua para los baños, el fregadero y los quehaceres. A su vez, los envases vacíos los preparamos para rellenarlos cuando vuelva a llover. Acto seguido, delineamos las estrategias de almuerzo y cena con la poca variedad de ingredientes que restan en la alacena. He aquí cuandomás creativos y eficientes tenemos que ser para que rindan los alimentos, porque no sabemos cuánto tiempo esto vaya a durar.

Las gotas de sudor comienzan a recorrer todo el cuerpo. Sin luz, el televisor no transmite ningún canal y el internet es un mero recuerdo del pasado. Sólo la radio continúa su interrumpida transmisión en vivo, siendo la voz principal que nos mantiene conectados con el resto del país.

A varios días del huracán María, ya no extraño leer las publicaciones digitales, verificar los correos electrónicos, husmear la vida de las amistades en las redes sociales,seguir las estadísticas de los equipos deportivos, ver los programas del FoodNetwork o continuar viendo una serie nueva en Netflix. Ahora solo importa: tener agua potable, comida suficiente y un poco de gasolina. María nos quitó los aparatos electrónicos y nos devolvió una vida simplemente simple.

En estos tiempos, la idea del pasadía familiar se transformó por completo, en vez de ir a dominguear para al centro de la isla, ahora se trata de pasar 6-7 horas en las filas de las gasolineras, bancos o el supermercados. Allí hay música, venden agua fría, te enteras de los chismes pueblerinos, se discuten los temas de la actualidad, ves amigos que nos veías desde la escuela superior y se intercambian métodos de sobrevivencia entre todos. Ya que no podemos "Googlear", tenemos que confiar en que la información que nos dio un extraño en la calle es cierta.

De regreso a la casa, vemos como la paleta de colores de los alrededores cambió de colores vividos a colores de tristeza, reflejando así el dolor de un pueblo que con mucho esfuerzo se comienza a levantar. Se ven las puertas abiertas de algunos comerciantes que intentan ganarse el pesito diario para sustentar a su familia. También se observa la desesperación por comunicarse con los seres queridos -en y fuera del país-, la falta de efectivo y la necesidad de volver al empleo para tener seguridad financiera. El pueblo necesita respuestas que no podemos buscar en Wikipedia y suministros que nos podemos pedir por Amazon.

La luz del día comienza a llegar a su final, y con ella, los quehaceres diurnos se tornan en nocturnos. En agenda queda muy poco por hacer cuando no tenemos luz. Luego de recalentar unos frascos de comida enlatada –que no vimos la receta por YouTube- y dejar la cocina limpia, preparamos las velas al son de la Luna llena.

Entonces, la noche estrellada se convierte en una tertulia vecinal que une a la comunidad, como pasaba en los tiempos antes de los celulares inteligentes. Entre chistes, historias y los cuentos del día pasan las horas lentamente. A pesar de que el día comenzó a tempranas horas de la mañana, queda tiempo para jugar juegos de mesa con la familia. Las noches de Netflix se des-evolucionaron y nos hicieron desempolvar el entretenimiento análogo de la niñez.

Al final de la noche, nos acostamos contemplando la oscuridad y nos ponemos a reflexionar nuevamente. En esa ocasión no podemos hacer otra cosa que estar agradecidos con todo nuestro entorno, por lo mucho o poco que tenemos. A pesar de las vicisitudes que estamos pasando y de lo trabajoso que es no estar con las comodidades acostumbradas, tenemos lluvia que nos da agua, el sol y la luna que iluminan nuestras días, sangre bombeando por nuestros cuerpos y, sobretodo, una oportunidad única para desconectarnos de nuestra realidad y reaprender a vivir como en mejores tiempos.

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