Ibrahim Pérez

Tribuna Invitada

Por Ibrahim Pérez
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Un modelo de salud en retroceso

Commonwealth Fund (CF) es una centenaria fundación privada estadounidense enfocada en promover la optimización en desempeño de los sistemas de salud. CF ha publicado seis informes investigativos en las pasadas dos décadas en los que compara el sistema de salud de Estados Unidos con el de 10 países ricos (Reino Unido, Suiza, Holanda, Francia, Australia, Nueva Zelanda, Noruega, Suecia, Canadá, Alemania). Estados Unidos está en la última posición en cada informe: 2004, 2006, 2007, 2010, 2014 y 2017, a pesar de ser el país que más gasta en salud ($3.2 millones de millones al año), 20% más por persona que Suiza, el segundo lugar.

El informe www.commonwealthfund.org/interactives/2017/july/mirror-mirror/ evaluó 72 indicadores en cinco categorías: acceso, eficiencia administrativa, equidad, procesos y resultados. El modelo fragmentado y burocrático estadounidense no fue competitivo frente a los modelos de los 10 países con sistemas universales más coordinados, integrados y costo-efectivos.

Estados Unidos estuvo entre los mejores 10 países en expectativa de vida en la primera mitad del siglo 20. Pero comenzó a resbalar para 1960 (16) hasta retroceder a la posición 32 (79.3 años) en 2015, cuando 29 países superaban los 80 años en expectativa de vida. Frente a sus pares ricos, Estados Unidos registra alta prevalencia de enfermedades crónicas, alta tasa de muertes por condiciones prevenibles y una inaceptable mortalidad infantil.

Puerto Rico evolucionó de la posición mundial 60 en expectativa de vida en 1940 a la 14 en 1970 bajo el sistema Arbona. En 1974 abandonamos ese exitoso modelo, negando su expansión a todos los puertorriqueños. Abrazamos el segmentado y costoso modelo curativo estadounidense desarrollado tras la Segunda Guerra Mundial. Entregamos la salud a las aseguradoras. Lo hemos pagado caro.

Estados Unidos y Puerto Rico apenas llegan a los 80 años en expectativa de vida. Muchos países nos han pasado por el lado. A los estadounidenses parece no importarles si cambian o reforman su enfermizo modelo, o si Mississippi sale del eterno sótano en salud entre los estados. Tampoco parece importarles lo que cueste y cuánto déficit provoque. Pero a Puerto Rico tiene que importarle porque ese modelo de salud que los puertorriqueños tanto hemos glorificado ha sido inefectivo para mejorar la salud de los más necesitados. Su costo insostenible nos obliga a mendigar continuamente ante el Congreso en busca de dinero que principalmente beneficia a las aseguradoras.

En seis ocasiones consecutivas entre 2004 y 2017, Estados Unidos ha sido el país con peor salud entre los países más ricos. Esos hechos son alarmantes. Su mensaje, contundente. El modelo de salud estadounidense no cumple su misión salubrista: no es el mejor ejemplo. Aunque extraordinario en enfermedad, es inferior en mantener saludable a su población. No hay justificación para seguir perpetuando ese fracasado modelo ni para seguir soñando que con más fondos y parchos lo salvarán.

La fórmula ganadora comprobada es un sistema universal de salud, más inclusivo, equitativo, barato y con mejores resultados, exitoso en sobre 40 países, la mayoría capitalistas y democráticos. Tenemos la zapata para ensamblar un sistema universal en el que nadie quede excluido, protejamos a los más vulnerables, nos ajustemos a los recursos que tenemos como país pobre, y concentremos los esfuerzos en promoción de la salud y prevención.

Un sistema universal es la única opción que cumple con la tripleta de estándares salubristas clásicos: cubrir a toda la población, mejorar su salud, y controlar costos.

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