Rubén Rodríguez Delgado
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Uno de los momentos más memorables en el Hiram Bithorn

He sido una persona agraciada. Mi larga carrera en el periodismo deportivo me ha dado la oportunidad de ver y disfrutar el béisbol de todos los niveles. Pero lo acontecido el 1 de diciembre del 1993 siempre quedará grabado en el archivo de mi vida como profesional.

Al igual que las más de 20,000 personas que asistió al estadio Hiram Bithorn, tuve el honor de ver uno de los partidos mejor recordados por la afición beisbolera del país en su historia. No se trataba de un partido del Clásico Mundial —ese evento nació 13 años después— ni tampoco una confrontación en Series del Caribe. Mucho menos un partido de las Mayores.

Se trató de un choque inédito entre Cuba, entonces la máxima potencia del béisbol aficionado contra una novena profesional, en este caso los Senadores de San Juan.

Los cubanos eran el terror del béisbol a nivel mundial. Llevaban 100 triunfos seguidos en torneos avalados por la AIBA. Para esa época, los cubanos tenían una plantilla repleta de grandes jugadores. La mayoría hubiese hecho carrera en las Mayores. El solo hecho de poder ver a Omar Linares, Oreste Kindelán, Antonio Pacheco, y el mago Germán Mesa era suficiente para mí. Pero los quería ver en igualdad de condiciones. Contra un equipo profesional y qué mejor que los Senadores, mis grandes favoritos desde niño. Todo eso despertó un gran entusiasmo en mí. Aproveché mi carnet de periodista y me dirigí al estadio Hiram Bithorn, luego de cumplir mi labor con El Nuevo Día en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Ponce.

Cuba jugó de tú a tú con los Senadores, capitaneados por Carlos Baerga, Edgar y Carmelo Martínez y los noveles Carlos Delgado y Javier López. Y todavía insistía que Cuba no podría ante el talento de los Senadores, pero poco a poco esa percepción comenzó a cambiar. La preocupación en las gradas de los fanáticos boricuas iba en aumento y los nervios comenzaron hacer estragos en las uñas de algunos de los presentes Llegó la novena y Cuba asumió el mando 3-2. Tal parecía que los cubanos se saldrían con la suya una vez más. Pero Javy López tenía otros planes. Y aprovechando el pedazo de tubo (bate de aluminio usado en el aficionismo), el ponceño pegó uno de los batazos más memorables en la historia del béisbol puertorriqueño para darle la victoria a San Juan con un corredor en base. El Bithorn tembló y el rugir de los fanáticos se sintió en el expreso Las Américas.

Fue una noche emotiva y especial para los fanáticos boricuas. En mi caso particular, tuve la gran oportunidad de ver, en igualdad de condiciones y sin ventajas, la grandeza de la maquinaria cubana, para mí la mejor edición de su historia.

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