Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Un país que sueña en tiempos turbulentos

Soñando nos es dado ejercitar gratis nuestra aptitud para la locura

(Julio Cortázar)

                 Maletín en mano, con abrigo de invierno, aunque todavía no terminaba el otoño, el industrial puertorriqueño camina risueño por las aceras de Washington D.C. Va celebrando el éxito de su reunión con un ayudante del principal congresista de la delegación republicana. Nunca nos han fallado, pensaba. Estoy seguro de que no dejará de pasar el día de hoy sin transmitirle a su jefe la urgencia de atender el asunto de Puerto Rico en la legislación contributiva federal. El congresista actuará tal y como nos tiene acostumbrados.

Ya en la cama del hotel, se sentía tranquilo pensando en los muchos años que el gobierno estadounidense llevaba considerando a Puerto Rico y a su gente. Siempre pendiente a nuestras necesidades, como buen padre de familia, en ocasiones aun en contra de sus propios intereses. Cuando no fue así, no lo hizo por olvido o mala intención, sino porque sabía que, aunque no lo entendiéramos en ese momento, su decisión era la mejor para la Isla. No solamente son piadosos, se dijo el industrial, sino que su conducta validaba el poder de la piedad. Por lo tanto, se acostó tranquilo.

Sin embargo, despertó de repente. El frío no era el del acondicionador de aire del hotel de Washington, era la brisa fría de diciembre en su casa en las montañas de Aguas Buenas. Se dio cuenta de que aquella historia sobre una relación piadosa y benevolente, y sus caminatas por Washington DC, eran solo un sueño maravilloso.

Llevaba 28 años trabajando como gerente general de una fábrica de fármacos en Puerto Rico. Sufrió en carne propia la derogación de la Sección 936, cuando sus operaciones se redujeron a la mitad. Le incomodaba que el tratamiento contributivo de su empresa dependiera tanto de un Congreso ajeno al nuestro. Nunca había visitado el Congreso federal, y nunca lo haría, les decía a sus amigos.

Los pasados meses habían sido muy duros. En poco tiempo, una serie de eventos en la capital federal habían golpeado a Puerto Rico, moviéndolo al punto de reconocer un panorama diferente en su relación con los Estados Unidos.

La imposición de la Junta de Control Fiscal se llevó al traste la poca autonomía fiscal que se tenía. La decisión en el caso Sánchez Valle, nos recordó que más allá de la Constitución de Puerto Rico, avalada por su gente, la fuente máxima del poder en la Isla emana de Washington. En la vista oral de dicho caso, el representante del Gobierno federal indicó que este tenía la autoridad para derogar la Constitución local. Finalmente, el caso de Puerto Rico vs. Franklin California, declaró inconstitucional la ley de quiebra criolla y nos dejó fuera de la Ley de Quiebra federal.

Ahora, el industrial seguía con escepticismo el intento por lograr que el Congreso federal nos eximiera del cantazo a las manufactureras extranjeras, convencido de que, como de costumbre, los congresistas nos ayudarían solo si ganaban algo al hacerlo.

Y así fue. Buscó en las noticias y, al enterarse del desenlace, se dio cuenta de que ya no hay espacio ni para soñar, pues la realidad es otra: la de la promesa rota, la de los cuatro jinetes del apocalipsis cabalgando por nuestra tierra, vitoreando un mensaje que no queremos aceptar. Nos habían entretenido con promesas, para finalmente no excluir a Puerto Rico de los nuevos impuestos federales. Tendría que reunir a los empleados para explicarles todo eso.

Concluyó que no era que los Estados Unidos no nos quisieran, no es cuestión de quererse. Tampoco que nos estuvieran allanando el camino para la separación. Era peor que eso, y es que no harán nada nunca por nosotros a menos que beneficie sus intereses.

Esa noche, al acostarse, se propuso retomar su sueño maravilloso en Washington, aunque sabía que un sueño interrumpido nunca se puede continuar.

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