Eduardo Villanueva

Punto de vista

Por Eduardo Villanueva
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Un pueblo que se entrega con libertad

Nuestro pueblo sufre uno de los peores momentos de su historia.  Aún no se recupera de los estragos de María, ni en infraestructura, ni en cosecha agrícola, ni en producción de bienes y servicios. Miles de personas viven con techos bajo toldos y la pobreza es su realidad, casi fatalidad irreducta. Luego, el terremoto; la tierra tiembla y hace temblar. Ya se había predicho y casi nadie se preparó para ello. Miles de casas y edificios colapsaron o se dañaron, de manera tal vez irreversible. Madres con jóvenes y niños viviendo en carpas, lejos de la escuela o en escuelas reabiertas prematuramente, tienen los ojos cansados y anegados en llanto.

    Comienzan clases para unos pocos, para unos que casi se ven obligados a estar bajo riesgo de inspecciones superficiales y algo comerciales. Algunos alcaldes y varios padres responsables contratan sus propios ingenieros para asegurarse que el Departamento de Educación y los intereses comerciales, no vayan de la mano. Otros padres, También responsables, pero con menos recursos, con alcaldes timoratos o fatalistas, bajo la premisa de que es lo que hay, y tenemos que asumir el riesgo de comenzar clases; sufren la incertidumbre de educar en escuelas que no son seguras. Algunos dirigentes en el ejecutivo, en Senado y Cámara, no hacen frenos y contrapesos, actúan como un equipo de demolición que uniforma al pobre, para que se adecúe a la fuerza centrípeta de la masa.

Mientras, federalizan la mediocridad y el discrimen. El presidente Trump, el aparato federal, impone síndicos en la Policía, en Educación, en la administración de fondos para desastres, para energía eléctrica y para reconstrucción. Políticos mediocres y sumisos, lo aplauden e inician investigaciones para ver en qué se usaron fondos federales que, si alguien los utilizó mal, aunque sea minoría, servirá para justificar el discrimen contra nosotros. 

Nos castigan, no acaban de enviar los fondos a que tenemos derecho y que ya están asignados. Se retienen esos fondos, que son de vida o muerte, para asegurar la dignidad de los seres humanos que los necesitan. Se nos discrimina por el capricho y antojo de un presidente republicano y un equipo que lo apoya, incluyendo a la comisionada residente del silencio y de la complicidad. Los que se supone que nos representen y nos defiendan, se convierten en símbolos personeros de la máxima enajenación del dolor de su pueblo.

La organización comunitaria, la generosidad de sectores cívicos, religiosos, grupos de interés, líderes creativos y generosos, han sacado la cara por los menesterosos y lo han hecho bajo el manto digno de la discreción y el silencio. Un río de manos izquierdas ha dado, sin que las manos derechas lo sepan. Enfermeros(as), médicos, maestros, psicólogos, han estado bajo una lluvia de estrellas, ayudando, dando, negando tiempo a la familia y enfrentando la rabia de las réplicas que todavía amenazan a los que viven en el suroeste, para que esa humanidad no decaiga y se salve. 

Esos seres con alforjas llenas de generosidad y valor personal son los heraldos de la libertad. Son los que enseñan que tenemos nación, que tenemos cultura de generosidad, que dando nos llenamos de fuerza, de valor y de entrega para resistir y vencer. A ese pueblo, dolorido y digno, nos debemos.

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