Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Un Puerto Rico en motora

“Mira a esos locos”, comentó el del asiento del pasajero a la joven conductora del auto que le pasó a gran velocidad a una Vespa en la cual iban dos hombres, por el Expreso Las Américas, en dirección sur. Horas después, cuando las noticias empezaron a desvelar el drama que había ocurrido en el evento del Ironman, los conductores del auto se percataron de que aquellos dos locos eran William Medina, el ciudadano que no dudó ni un segundo en vestirse de héroe, y el fisiatra Miguel Arroyo, que iba agarrado con su brazo derecho a la cintura de su salvador y con el dedo de la mano izquierda metido en el hueco que una bala le había producido, aferrado a su deseo de vivir.

La Vespa no sobrepasaba las 35 millas por hora, pero no perdía el foco de su destino final: Centro Médico. En los 10 kilómetros entre el lugar del accidente y la instalación médica, transcurrieron los momentos más intensos de la vida de estos dos hombres. El del frente, con el temor de que su pasajero se desmayara debido a la pérdida de sangre y se le cayera en medio del expreso, y el de atrás, viendo un película de su vida inconclusa, donde faltaban por celebrar los triunfos de sus hijos Gaby y Kikito; viajes románticos con Minnie, su esposa; pacientes por rehabilitar en su clínica; domingos para compartir en casa con los amigos de siempre, y, sobre todo, muchos otros eventos deportivos en los que quería seguir participando.

Medina, que es organizador de eventos deportivos, realizó exitosamente este que el Universo le puso en sus manos sin tiempo para planificar. Arroyo añadió la más importante medalla a su carrera como atleta, sobrevivir a un atentado en el que no perdió la vida por lo que muchos llaman un milagro. Ambos, sin darse cuenta, se convirtieron en solo minutos, a través de las redes sociales y los medios de comunicación, en símbolo de lo mejor de nuestro país, un país que lucha por su supervivencia, un país que en la adversidad es extraordinariamente solidario.

Lo vida se encarga de metaforizarse en los momentos en que, de otra forma, los seres humanos no parecemos entenderla. En un mundo donde el capitalismo feroz y la globalización se han llevado por el medio tantos pueblos sin recursos, nuestro país corre, desangrándose, por un expreso que conduce al precipicio. Tratamos de tapar nuestras heridas para evitar lo que desde hace tanto tiempo todos sabemos: sin cirugía radical la supervivencia es imposible. Aceptar la realidad es el primer paso para luego intentar cambiarla. Las medidas radicales, urgentes, valientes, son indispensables en momentos críticos.

Cuando William sintió las ráfagas de disparos, su instinto lo llevó a buscar protección, a tirarse al piso. Hacerse el que “aquí no está pasando nada y me voy a mantener ‘cool’” le hubiese costado la vida. Cuando levantó la cabeza vio a dos atletas heridos, un hombre y una mujer. El miedo tuvo que dar paso a la heroicidad, a analizar el entorno sin filtros, crudamente, y a tomar decisiones valientes. El tiro en el costado era prioritario al de la pierna, por lo tanto, debía ayudar al hombre. Las calles cerradas y el escenario de un asesinato imposibilitaban que llegara una ambulancia al lugar. Echó mano de la motorita, aunque esta no fue diseñada para correr en expresos, y menos con dos hombres encima de ella, y mucho menos si uno de ellos está herido. Antes de salir en la búsqueda de ayuda médica, cumplió con una petición del herido: “Llama a mi esposa y dile la verdad, no le ocultes nada, que ella sabrá bregar”.

Puerto Rico necesita que se nos diga toda la verdad, por más cruda que sea, que echemos mano de lo que tenemos, que nos atrevamos a tomar decisiones heroicas, y que aceptemos que se nos va la vida si no actuamos ahora.

Si lo hacemos, como lo hicieron William Medina y Miguel Arroyo, sobreviviremos, y de paso, nos ganaremos la admiración y la solidaridad de los demás pueblos del mundo.

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