Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Un puño en la boca

El gobernador Ricardo Rosselló se abrió el pecho a lo Superman y sacó a pasear a otro que la mayoría no sabíamos que tenía por dentro. Después de más de un año encajando con diplomacia y sonrisa dócil las ofensas, los insultos y los desdenes de Donald Trump, el gobernador finalmente demostró que tiene sangre en las venas y dijo: “Si el abusador se acerca, le voy a dar un puño en la boca”.

Hay motivos fundados, claro, para sospechar de la estrategia y del momento. Poco acto político es espontáneo. Está ahí “el caso Carmen Yulín Cruz”, alcaldesa de San Juan, posible rival de Rosselló el año próximo, demostrando que atacar al presidente abre puertas en círculos de Estados Unidos, donde se desprecia con pasión (y demasiado a menudo con razón) a Trump.

Pero, para efectos de este análisis, suspendamos el cinismo y démosle el beneficio de la duda al gobernador. Actuemos bajo la premisa de que lo alcanzó el fuego de la indignación que hace tiempo siente buena parte de Puerto Rico (hay otra buena parte, bendito, que no tiene remedio) por la actitud consecuentemente de desprecio del presidente hacia la isla.

Olvidemos aquella imagen imborrable, desafortunada, hasta dolorosa, del gobernador haciéndose un sonriente selfie con Donald Trump, durante la visita de este a San Juan, en el mismo momento en que cientos de puertorriqueños morían por la falta de atención en los días después de la bestial embestida de María.

Creamos, por hoy, que Rosselló sabía lo que decía cuando en CNN, que se ve en todo Estados Unidos, expresó palabras de las que se puede interpretar que son una amenaza de violencia física contra Donald Trump. Creyéndolo sincero fue que alguna gente en Puerto Rico, al oír al gobernador, exclamó: “¡Bien merecido!”

Lo de Donald Trump contra Puerto Rico (y contra Rosselló) lleva tiempo. Días después del huracán, cuando vivíamos algunos de los días más duros de nuestra historia, en Estados Unidos la cosa era “business as usual” y Donald Trump se preguntaba en voz alta cuánto le costaría la reconstrucción de la isla. Cuando vino, nos trajo el desgraciado espectáculo de verlo tirándole papel toalla a gente ávida por su propio selfie, mientras muchos otros estaban a la intemperie, pasando hambre y sed o morían esperando un médico, víctimas de una infección tratable, en la oscuridad de una calurosa sala de hospital sin luz.

Trump dijo una vez que los puertorriqueños queríamos que se hiciera todo por nosotros. Ha hecho coro a comentaristas racistas que dicen que Puerto Rico tiene “el gobierno más corrupto bajo jurisdicción de Estados Unidos”, cosa demostrablemente falsa si miramos la historia, por ejemplo, de Illinois y Nueva York. Nos acusó de fabricar el número de muertos de María para perjudicarlo a él.

De un tiempo a esta parte, está tratando de recortar el flujo de la asistencia poshuracán, porque cree que lo engañamos usando el dinero para reactivar la economía, como si una cosa se pudiera separar de la otra.

A Rosselló, durante algún tiempo, lo sacaba en público solo para que lo elogiara. Pasó el 19 octubre de 2017. Rosselló había sido convocado a Casa Blanca, junto a José Carrión III, presidente de la Junta de Supervisión Fiscal, para hablarle de las reglas que regirían las asignaciones de emergencia a la isla. Trump lo llevó ante periodistas -sin Carrión- para que le agradeciera en público.

El 21 de junio del año pasado, Rosselló le planteó a Trump, de manera muy seria, su reclamo de estadidad. Trump respondió con un chiste sobre la cantidad de senadores republicanos que elegiría el estado de Puerto Rico, otros presentes en el encuentro rieron y pasaron así mismo, riendo, al próximo tema, sin prestarle más atención al reclamo Rosselló.

El viernes, el gobernador matizó su ofrecimiento de puño en la boca. Dijo que fue “una metáfora de cómo se siente el pueblo ante las injusticias”.

Vamos de nuevo a darle el beneficio de la duda. Es inevitable, entonces, la conclusión de que no es Donald Trump el único merecedor del metafórico puño en la boca.

Este no es, ni de lejos, el primer presidente de Estados Unidos que comete injusticias contra Puerto Rico. Es sí, el más burdo y poco sofisticado ser que haya ocupado la silla presidencial de ese país posiblemente en su historia. Por eso, es que dice en público (“¿cuánto costará la recuperación de Puerto Rico?”) cosas que otros dirían en privado. Pero el maltrato presidencial hacia Puerto Rico tiene una larga y espesa historia.

Estados Unidos ha tenido 21 presidentes desde que, bajo la incumbencia de William McKinley, nos invadió prometiendo una democracia que, hasta el día de hoy, 121 años y medio después, no ha llegado. Por el contrario, con argumentos raciales nos colocó en el régimen de inferioridad en el que aún estamos. Ninguno de esos presidentes ha mostrado conflicto moral alguno con tener a los millones que vivimos aquí bajo ese régimen de subordinación, privados de uno de los derechos humanos más fundamentales, que es a votar por quienes rigen sus destinos.

Uno de esos presidentes, Harry S. Truman, ante las ansias democráticas del pueblo puertorriqueño, que para entonces eran muchas, perpetró el engaño monumental de 1952. Todos los que han venido después han sabido de esa engaño sin conflicto alguno con la patraña. Por el contrario, consintieron en la persecución de los que no se tragaron el cuento.

Otro de esos presidentes, Bill Clinton, quien el otro día andaba por ahí posando de filántropo, aceptó eliminar la que en aquel tiempo era la principal estrategia de desarrollo económico de Puerto Rico, la sección 936, dejándonos sin nada a cambio. Eso dejó a decenas de miles sin empleos bien pagos y empujó a Puerto Rico hacia el precipicio económico del cual todavía no hemos podido salir.

Otro presidente, Barack Obama, firmó la ley Promesa, que acabó con el simulacro de democracia y, como una humillación particular e intencional, nos trajo la antidemocrática Junta Fiscal, que actúa bajo la premisa (tristemente compartida por mucha gente aquí) de que por alguna razón los boricuas somos inferiores a cualquier otro pueblo y no podemos manejar nuestros propios problemas.

Ese Obama, recordemos, prometió resolver el problema colonial en su primer término y terminó restregándonos en la cara cuán colonia somos. Dos George Bush exclamaron “statehood now!” y después se refocilaron con desfachatado deleite en la colonia culpable. Muchos otros han hecho promesas cuando están de campaña, que después quedan en nada.

Una que fue primera dama, secretaria de Estado y casi presidenta, Hillary Clinton, dijo en una reunión que se pretendía privada que si a ellos les daba la real gana podían remover al gobernador electo de aquí, cosa que, si vamos a ver, terminaron de alguna manera haciendo con Promesa.

Todos, en resumen, fueron felices con este status que nos obliga a depender al punto que casi todo el mundo aquí cree que la dependencia es la única forma de vida, ya que maniata nuestras posibilidades de desarrollo con sus mil leyes y políticas hechas para el beneficio de ellos.

Visto así, entonces, cabe la pregunta: ¿quién le ha dado puños, en la boca y en todos lados, a qué?

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