Eduardo Lalo

Isla en su tinta

Por Eduardo Lalo
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“Un saludo ponceño”

Seguir los medios de prensa puertorriqueños desde la distancia ofrece una perspectiva singular. Con suma frecuencia las noticias de las radioemisoras o los titulares de los periódicos expresan una concentración en lo inmediato que la distancia que permite la estadía temporal en otro país hace llamativa o, incluso, chocante.

Hace muchos años, cuando comenzaba mi adolescencia, el Canal 7 estaba en Ponce. Si no recuerdo mal, transmitía una serie de programas enlatados como cualquier otra televisora, pero hacia el mediodía presentaba uno de sus contados espacios de producción propia. Se trataba de un noticiero que tenía la particularidad de originarse y centrarse en Ponce y se transmitía desde lo que seguramente era el único estudio del canal. Se trataba más bien de una cabina con un micrófono voluminoso y una cruda iluminación cenital, dentro de cuyas paredes de material acústico apenas cabían una mesa y una silla. Al mediodía aparecía en la pantalla del televisor un hombre de cierta edad que lanzaba al éter “un saludo ponceño”. Con esta frase idiosincrática comenzaba y terminaba su emisión. La cámara que lo enfocaba era probablemente la única con la que contaba el canal y su movimiento, a la vez lento y uniforme, denotaba que era operada por un empleado mediante un control remoto.

En estos días en que trabajo lejos del país, al consultar ocasionalmente nuestros medios de comunicación, vinieron a mi mente los dos recuerdos que conservo del comunicador que diariamente regalaba al país “un saludo ponceño”. El primero es una noticia que una vez escuché. Un día el hombre en el estudio minúsculo informó al país que, en la Calle X de la Playa de Ponce, en casa de la familia Y, había caído un árbol en el patio. Imagino que independientemente de sus intenciones, el locutor era algo así como un personaje folklórico. Su voz grave, ceremoniosa y seria debía contrastar con la actualidad de pacotilla que leía ante la cámara mecánica cada mediodía. Sus noticias, como el estudio, eran tan diminutas e insignificantes que cualquiera se convertía fácilmente en una parodia.

El otro recuerdo del hombre que brindaba a diario “un saludo ponceño” está también asociado al humor. Un día, un empleado chistoso o despistado dejó al locutor solo ante la cámara luego de despedirse de la teleaudiencia con su frase acostumbrada. En el centro de la pantalla permaneció el hombre inmóvil y sin gestos, pero según pasaban los segundos la petrificación de su rostro se hacía insostenible. Primero no pudo evitar algunos parpadeos y luego su mirada escrutaba el cristal del estudio que debía estar detrás de la cámara. El hombre aguardó un tiempo que se hizo eterno con la seguridad de que cada segundo que pasaba aumentaba la profundidad del ridículo, pero aun así se mantuvo en su puesto.

Es imposible decir cuánto tiempo permaneció así, pero fue un rato mortalmente prolongado, quizá entre 40 y 60 segundos. Al final el hombre no pudo más y se levantó de la silla. Antes de salir de la pantalla, el micrófono recogió las únicas palabras fuera del libreto que probablemente le escuché: “No hay que hacerse el gracioso”.

En estas dos anécdotas hay algo que caracteriza y acaso contribuye a definir la vida social y política del país. Esta semana, en un reportaje de este diario, el gobernador declaró que mostró a “50 líderes comerciales de 22 países los beneficios geográficos y económicos que Puerto Rico ofrece… su creciente ecosistema de emprendedores y aceleradores, sus inmensas posibilidades agrícolas, los increíbles recursos educativos…” En el artículo se menciona apenas un puñado de países: República Dominicana, Barbados, Trinidad y Tobago y Brasil y salvo este último ninguno es precisamente una potencia comercial. Más adelante me entero de que se llegó a un acuerdo para realizar “competencias de drones… con estudiantes de un Programa de Internado” y que gracias al “Proyecto Mosquito” (sí, este es su nombre) se explorarán “colaboraciones para entrenar a carniceros”. Estas excelentes noticias sobre nuestro desarrollo económico no mencionan que, en el patio del Conservatorio de Música, sede del extraordinario cónclave, esa mañana se cayó un árbol.

Muchos en el país son como el locutor del noticiero ponceño: borrachos de la ceremoniosidad y las palabras vacías, de la corbata, el traje y la escolta; adeptos a espolvorear sus tartamudeantes discursos con “soluciones resilientes, costoefectivas e innovadoras” que es, justamente, lo que ellos no son porque no resuelven nada, son débiles, costosísimos e, independientemente de la edad, tan vetustos e histriónicos como el narrador ponceño.

Quizá Puerto Rico ha sido siempre un pueblo de predicadores y no me refiero solamente a los pastores que abundan y conspiran para influir cada día más en el gobierno. Legisladores, alcaldes, secretarios, gobernadores y sus casi infinitos adláteres, visten con la pasión ostentosa de los reverendos y como algunos de ellos predican lo que no viven con la sola intención de manipular a un pueblo cuyo desarrollo, bienestar y educación les importa menos que su posición y su narcisismo. Somos un país de palabras vacías, por eso con frecuencia nuestras noticias apenas poseen contenido y, ante su vacuidad hay que recurrir a reportar que en la Calle X de la Playa de Ponce se cayó un árbol o que en el Conservatorio de Música un montón de engabanados provistos de chóferes pactaron una competencia de drones y un programa de capacitación de carniceros. Solo les bastaba despedirse con “un saludo ponceño”. O acaso, como hiciera el empleado gracioso, que por un tiempo mortalmente largo los veamos en el mismo centro de la pantalla incapaces de decir algo que no sea una banalidad, una manipulación o una mentira.

Al igual que el locutor de Ponce hace años, nuestra clase política no produce verdaderas noticias y por eso desesperadamente recurre a las palabras y los gestos vacíos, a cualquier cosa que pueda convertir enuna consigna. Sin embargo, ninguna noticia reporta el nacimiento de un bosque y cada día nos enteramos de un árbol que los mismos políticos cortan. Cada día la catástrofe que ellos han provocado se esconde tras “un saludo ponceño”.

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