Xiomara Feliberty Casiano.
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Un verano en Nueva Inglaterra

Comienza julio en Nueva Inglaterra y las personas se permiten ciertos permisos dramáticos en su su trama cotidiana. Los recién llegados a la región nos sorprendemos ante el cambio de estado de ánimo.

Los amigos acuerdan encontrarse en alguna playa con un nombre tuercelenguas, como Pawtuckaway o Chapoquoit. En el caso de la primera, la sorpresa será doble cuando, luego de conducir por dos horas, el vehículo se adentra a una zona montañosa, vestida por monumentales pinos y, en su interior reservado, aparece la llamada playa.

Debo confesar que la primera vez que la visité me produjo cierto desconcierto. Tuve que recurrir a diccionarios para explicarle a mi cerebro que la idea de playa es a veces un lago rodeado de bañistas que hacen “cookouts”, en vez de “barbecues”. La angustia se minimiza cuando los amigos sacan el pollo asado y la mesita de dominó.

Nueva Inglaterra también tiene su versión de playa a “lo Hampton”. La imagen y la sensación de playa se conecta con la arena fina y el sonido de las olas. Esta playa no tiene palmeras ni arbustos para colgar una hamaca. Podríamos hacer un ejercicio de imaginación y sería algo como “camina zigzagueando”, “evade a los jugadores con frisbees” o “aún no entiendo cuál es el fun de lanzar un plato plástico a un zafacón” (el nombre del juego, creo, es Kan Jam).

Cuando enfocas la mirada te percatas que el horizonte es limitado. Cielo y mar no se abrazan. El agua golpea con mil alfileres. En una región con 98 días soleados, el mar es un recuerdo de los inviernos helados.

La idea del mar se traslada como un encuentro transoceánico. No hay cuerpos de agua ni arenas ni cielos ni estrellas que sustituyan la experiencia de respirar y caminar en la patria.

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