Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Ante una audiencia delirante, que la premiaba con aplausos cada dos palabras, o a lo sumo tres (algo que ni en su casa), la senadora Elizabeth Warren hizo acopio de la misma cháchara hueca, insustancial y metropolitana, que han soltado todos los congresistas que han venido para ganarse votos de la diáspora o hacer “fundraisers”.

¿Por qué la invitaron? ¿Quién le pagó pasaje y estadía? ¿Para qué rendirle pleitesía a una mujer que, sabiendo que promete lo que no va a cumplir, busca la rendida admiración de los que se acercaron, trémulos, a conocerla?

Dijo la señora Warren que el respeto a Puerto Rico debe empezar atendiendo el tema del status. A partir de ahí dio rienda suelta a la cantinela colonial que nos tenemos aprendida de memoria.

“Apoyaré la decisión de la gente de Puerto Rico, pero tienen que ponerse de acuerdo en la pregunta. Si no es así, será una consulta sin apoyo de nadie”.

Los aplausos cerrados no la dejaban terminar, parece que ninguno allí había oído palabras tan originales y determinantes.

La culpa no es de ella, por supuesto, es de una mentalidad muy suigéneris que, de un tiempo a esta parte y por culpa del efecto Trump, ha llevado a un sector bastante variopinto del partidismo local a derretirse por los congresistas demócratas.

Como la senadora Warren quiere ser presidenta de los Estados Unidos, ya prometió que impulsará legislación que garantice para los residentes de la isla los mismos beneficios de quienes viven en los 50 estados. ¿Quiere decir que impulsará la estadidad? No sé, nadie le preguntó. Pero el Teatro Tapia se vino abajo con gritos y aplausos, y esos alaridos de “Yeah yeah”, que a saber quién los soltaba.

Se echó en falta, entonces, una voz que se alzara y le dijera a la senadora que algunos de los presentes —se supone que decenas de ellos— no pretendían la igualdad con los 50 estados, sino la soberanía, que es la igualdad con el resto de los países del mundo.

Warren expresó su interés de que los “American citizens” de Puerto Rico sean tratados de la misma manera que los “American citizens” de los estados. Esto, delante de personas que han sostenido repetidamente que no se sienten como ciudadanos americanos que viven en Puerto Rico, sino como ciudadanos puertorriqueños. Nadie contradijo a la senadora, ni la tocó con el pétalo del menor reclamo.

Así las cosas, y como las comparecencias de esta índole suelen ser empalagosas —las ovaciones son como de algodón de azúcar—, tampoco nadie le preguntó por la incomodidad que causó la senadora entre líderes de las tribus nativas de los Estados Unidos, cuando hace un par de meses se autoproclamó miembro de una de ellas, y para demostrarlo sacó una prueba de ADN donde parece que hay algún ancestro de otro ancestro de un tatarabuelo, que era nativoamericano. Claro, enseguida salió el secretario de Estado de la Nación Cheroqui, para decir que consideraba ofensivo que Warren estuviera presumiendo de formarparte de una minoría, cuando esa pertenencia va más allá de tener un ancestro lejano.

El presidente Trump, en su estilo grosero, aprovechó para llamarla “Pocahontas”. La senadora le contestó de manera enérgica, y como esa bronca se ha ido calentando, Warren dedicó, a mi juicio, demasiado tiempo al tema de su presidente. Es lo fácil.

En definitiva, no tendría nada de particular que a Puerto Rico venga una senadora americana, y ofrezca una charla o participe en un conversatorio, si se trata de una persona que no exhibe esa condescendencia histriónica, ni nos trata de pasar gato por liebre. El columnista Benjamín Torres Gotay se refirió al “resbalón” de Warren por la ambigüedad de sus posturas. En efecto, ella resbaló, pero peor lo hicieron los que estuvieron oyéndola en el Teatro Tapia, inmersos en un encantamiento agradecido que es fruto de la idea de que hay una metrópoli buena y una mala. La buena es la de Bernie Sanders, que no sabe lo que son las leyes de cabotaje, ni lo sabrá por lo que le conviene, y la de esta señora Warren, que dijo que “hay que ponerse de acuerdo en la pregunta”. Cuando más tarde pasaron el micrófono entre los asistentes, alguien debió pararse y pedirle a la senadora que ofreciera un ejemplo de pregunta.

Apuesto a que la congresista hubiera contestado que no le pueden preguntar a ella por la pregunta, porque nos la tenemos que preguntar nosotros. Ante tanta nitidez, se hubiera acabado rápido el evento, y cada cual se habría ido a dormir, no sin antes consultar con la almohada qué se pone entre los signos de interrogación.

Me dicen que algunos de los que acudieron al evento se sintieron conminados a apoyar la actividad por cuestión de las alianzas, los contratos, la amistad, y “por ser Vos quien sois”, pero sabían de sobra lo que iban a oír: frases hechas, golpes de pecho, y recuento de las últimas tropelías del gran jefe Caballo Loco.

Esto es solo el principio. Trump, que representa a la metrópoli mala, todavía tiene que dar mucho de sí. La fila de candidatos que van a pasar por estas tierras se está coordinando con agenda y todo. No muy cerca uno del otro, porque es terrible para la gente eso de que le digan tan seguido que se ponga de acuerdo en “la pregunta”.

Sé que uno por allá gritó: “Ah, ¿pero era una pregunta?”

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